Las nuevas ropas del príncipe heredero

En junio, Arabia Saudita, Bahréin, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Libia, Maldivas y Yemen cortaron relaciones diplomáticas y económicas con Qatar. Esta crisis del Golfo terminará, de un modo u otro. Pero todavía está por verse que sea en un modo favorable a su principal instigador, el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salmán (MBS).

Una solución extrema, pero improbable, sería un cambio de régimen por la vía militar, por el que el emir de Qatar, jeque Tamim bin Hamad Al Thani, fuera sustituido con un miembro de la familia Al Thani más influenciable. Una posibilidad más cercana es que Qatar deje de ser refugio de unos pocos miembros de la Hermandad Musulmana y de Hamás, y prometa disimuladamente poner freno a Al Jazeera, la red de televisión financiada por el estado qatarí, que transmite en toda la región.

Con la segunda hipótesis, los diplomáticos de Kuwait y Omán que median en la disputa se mostrarían como pacificadores, y MBS como estadista. Los gobiernos occidentales preocupados por el precio del petróleo y el futuro de la base aérea estadounidense de Al Udeid en Qatar dormirían más tranquilos, al menos hasta la próxima crisis del Golfo. Una crisis que tal vez no esté tan lejos, si MBS sigue con sus políticas impetuosas y Qatar no deja de usar su riqueza petrolera para tratar de subir de liga en la política regional.

La reciente disputa entre Arabia Saudita y Qatar no puede verse como ejemplo de la “trampa de Tucídides”: aquella situación en que una potencia dominante en ejercicio se enfrenta a un rival cuyo poder se va acercando al suyo. En Arabia Saudita viven unos 32 millones de personas, de las que un tercio son trabajadores extranjeros; en Qatar viven apenas 2,6 millones, de los que 90% son extranjeros.

El verdadero quid de esta cuestión es que el gobierno árabe y sunita de Arabia Saudita está casi paranoicamente convencido de que Irán (predominantemente shiita y no árabe) está tratando de conseguir estatus de superpotencia en Medio Oriente, y de que Qatar lo ayuda (pese a que los líderes qataríes pertenecen a la rama wahabita del Islam, igual que la dirigencia saudita).

Las sospechas de Riad, por cierto, no son del todo infundadas. Después de la Revolución Iraní en 1979, el ayatolá Ruhollah Khomeini promovió la revolución en todo el mundo musulmán. Una generación después, Irán tiene presencia en Irak, Líbano, Siria y en Yemen (donde ayuda a los rebeldes hutíes a obstaculizar la irreflexiva incursión ordenada por MBS). Y ante el bloqueo saudita a Qatar, Irán acudió a su rescate, con la provisión de alimentos y dando permiso a Qatar Airways para usar su espacio aéreo.

Cabe preguntarse si MBS interpreta bien las realidades políticas y económicas. ¿No será que, investido de poder inédito como hijo favorito del rey Salmán, está queriendo abarcar más de lo que puede apretar?

MBS es ministro de defensa de Arabia Saudita desde enero de 2015. Pero la guerra de los sauditas en Yemen, que ya lleva dos años, se tornó un desastre humanitario, agravado por el bloqueo naval que provocó una hambruna generalizada y 500 000 casos de cólera.

En tanto, en la guerra civil siria, los sauditas (y los qataríes) han dado apoyo a varios grupos islamistas indeseables, pero todavía no consiguieron derribar el régimen del presidente Bashar Al Assad. En el equilibrio regional de poder, la alianza contra Assad patrocinada por Arabia Saudita (con apoyo aéreo de Estados Unidos) empequeñece en comparación con la que el régimen alahuita (y por tanto shiita) de Assad hizo con Irán y Rusia.

MBS enfrenta desafíos todavía mayores en casa. Como petroestado mundial par excellence, hace tiempo que Arabia Saudita apacigua a su población a fuerza de subvenciones, al tiempo que minimiza los cambios sociales, para mantener la lealtad de la jerarquía clerical wahabita. Pero mientras el precio del petróleo se mantenga relativamente bajo, Riad no podrá seguir confiando en su política tradicional de comprarse amigos y sobornar enemigos.

En descargo de MBS, hay que decir que reconoce la necesidad de que haya cambios. Las reservas financieras sauditas están menguando, y la población más joven (que se multiplicó por cuatro en los últimos treinta años) quiere más libertades, y necesitará empleo fuera del sector petrolero. En respuesta a estas inquietudes, MBS ideó la “Visión 2030”, un plan audaz, pero no necesariamente realista, para diversificar la economía, privatizar parte de la empresa nacional petrolera Aramco y expandir el sector privado. Además, parece que el príncipe tiene un plan para crear centros de turismo hedonista a la altura de los de Dubai.

Dados los problemas externos y las murmuraciones internas (el meteórico ascenso del príncipe disgustó a varios miembros de la familia real saudita), ahora MBS debe demostrar que tiene madurez y experiencia para conducir. Y puede que obtenga ayuda de la fuente menos pensada. A fines de julio, MBS recibió a Muqtada Al Sadr, líder de la milicia iraquí shiita más poderosa, en su primera visita a Arabia Saudita desde 2006. Y antes de eso este mismo año, el primer ministro iraquí Haider Al Abadi también visitó Arabia Saudita, poco después de las giras a Bagdad de los ministros sauditas de asuntos exteriores y energía.

Estos viajes (primeras visitas bilaterales de esa naturaleza en décadas) sugieren que Irak y Arabia Saudita tal vez estén forjando una nueva relación mutuamente beneficiosa. Un vínculo más estrecho con Riad serviría a la dirigencia iraquí para liberarse de la intromisión iraní en sus decisiones, aprovechar la influencia saudita sobre las tribus sunitas iraquíes y obtener inversiones de Arabia Saudita para la reconstrucción de Mosul tras su recuperación de manos de Estado Islámico (ISIS).

A Arabia Saudita, por su parte, la beneficia que Irak venza a ISIS, enemigo jurado de la Casa de Saud, y que la ayude a aquietar el disenso shiita en la provincia saudita oriental, rica en petróleo. Además, MBS podría presentarse como un pensador estratégico capaz de tender puentes sobre viejas divisorias del mundo árabe y limitar la influencia iraní en la región.

Sin embargo, quedan muchos interrogantes. No está claro cuándo terminará la desastrosa operación en Yemen, o si Irán y Turquía seguirán aliviándole el bloqueo a Qatar. Y está por verse que Qatar ceda a las demandas de Arabia Saudita y los otros estados del Golfo (especialmente el pedido de cerrar Al Jazeera).

En cualquier caso, nada de esto parece inminente, así que el príncipe heredero tendrá que aprender a contener la impetuosidad de sus 31 años. Como dice un proverbio árabe, la paciencia es la clave de la felicidad.

John Andrews, a former editor and foreign correspondent for The Economist, is the author of The World in Conflict: Understanding the World’s Troublespots. Traducción: Esteban Flamini.

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