Las nuevas-viejas amenazas a la libertad económica

En nuestro nuevo libro, Choose Economic Freedom, George P. Shultz y yo apelamos a la clara evidencia histórica –y a las sabias palabras del economista y premio Nobel Milton Friedman- para demostrar por qué la buena economía conduce a buena política y buenos resultados, mientras que la mala economía conduce a mala política y malos resultados. Pero también reconocemos que alcanzar la libertad económica es difícil: siempre debemos estar atentos a nuevos obstáculos.

Muchos de esos obstáculos son simplemente argumentos que rechazan las ideas que sustentan la libertad económica –estado de derecho, políticas predecibles, dependencia de los mercados, atención a los incentivos y limitaciones al gobierno-. Si una idea no parece funcionar, se la debe reemplazar. En consecuencia, se dice que debería reemplazarse el estado de derecho por acciones gubernamentales arbitrarias, que la previsibilidad de las políticas está sobrevaluada, que los decretos administrativos pueden reemplazar a los precios de mercado, que los incentivos en realidad no importan y que el gobierno no tiene por qué estar restringido.

Estos obstáculos eran comunes en los años 1950 y 1960, cuando el socialismo crecía en todas partes. Muchos intentaron frenar la tendencia y muchos lo lograron. Pero los mismos obstáculos hoy vuelven a aparecer. Por ejemplo, se vuelve a apelar a cosas como las licencias ocupacionales, las restricciones a la fijación de salarios y precios o las intervenciones del gobierno tanto en el comercio y las finanzas nacionales como internacionales.

Inclusive Business Roundtable está interviniendo, al anunciar en agosto pasado que las corporaciones estadounidenses comparten “un compromiso fundamental con todas nuestras partes interesadas”, incluidos los clientes, los empleados, los proveedores, las comunidades y, últimos en la lista, los accionistas. Esto marca una diferencia significativa respecto de la declaración del grupo de 1997, que decía que “la obligación primordial de la gestión y de las juntas de directores es con los accionistas; los intereses de otras partes interesadas son relevantes como un derivado de la obligación con los accionistas”. Es más, como aquel comunicado anterior hacía bien en señalar, la idea de que una junta corporativa “de alguna manera deba equilibrar los intereses de los accionistas frente a los intereses de otras partes interesadas” es simplemente “impracticable”.

Luego de la caída de la Unión Soviética, los estudios de caso del mundo real que mostraban los perjuicios de una excesiva intervención gubernamental y planificación central se olvidaron. Ya no hay discusiones sobre cómo los planes impuestos centralmente podrían llevar a una planta de producción soviética a completar su objetivo produciendo un clavo de 500 libras en lugar de 500 clavos de una libra. Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, es comprensible que los estudiantes de grado de hoy no estén familiarizados con los riesgos de desviarse de los principios de mercado.

Es por ese motivo que necesitamos enseñar historia. Lo que se dijo en el pasado suele ser la mejor respuesta a los reclamos renovados a favor del socialismo. En su introducción a la Quincuagésima Edición Aniversario de Camino de servidumbre de Friedrich Hayek, Friedman señaló que el libro era “una lectura esencial para todos los que estuvieran seriamente interesados en la política en el sentido más amplio y menos partidario, un libro cuyo mensaje central es atemporal, aplicable a una amplia variedad de situaciones concretas. En varios sentidos, es aún más relevante para los Estados Unidos hoy de lo que fue cuando causó sensación con su publicación original en 1944”.

En 2020, el libro es aún más relevante. Su mensaje clave es que los beneficios de los precios determinados por el mercado y de los incentivos que ofrecen superan ampliamente cualquier otra cosa que pudiera venir de la planificación central y de los precios administrados por el gobierno. En su ensayo de 1945 “El uso del conocimiento en la sociedad”, Hayek explicaba que el problema de optimizar el uso de los recursos disponibles en una economía “se puede explicar mejor en términos matemáticos: …las tasas marginales de sustitución entre dos bienes o factores deben ser iguales en todos sus diferentes usos”. Pero se apresuró a agregar que “éste decididamente no es el problema económico que enfrenta la sociedad”, porque “los ‘datos’ a partir de los cuales se origina el cálculo económico no son nunca para toda la sociedad ‘dados’ a una sola mente que pueda deducir sus consecuencias y nunca, tampoco, pueden así ser dados”.

Hoy en día, los estudiantes a veces me preguntan por qué tienen que estudiar economía de mercado. Con la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, ¿los gobiernos pronto no podrán asignar personas para los mejores empleos y asegurarse de que todos reciban lo que quieren? La vieja respuesta de Hayek a ese tipo de pregunta sigue siendo la mejor.

No es la primera vez que el sistema político norteamericano ha avanzado a los tumbos hacia expansiones masivas del poder y del gasto del gobierno. En 1994, Friedman, en un artículo del New York Times titulado “Una vez más: por qué el socialismo no funcionará”, lamentaba que “el grueso de la comunidad intelectual casi automáticamente favorece cualquier expansión del poder del gobierno mientras se lo promocione como una manera de proteger a los individuos de las grandes corporaciones malas, aliviar la pobreza, proteger el medio ambiente y promover la ‘igualdad’. Los intelectuales pueden haber aprendido la letra, pero todavía no tienen la melodía”.

Afortunadamente, sigue habiendo muchas maneras de expandir la libertad económica y protegerla de las injerencias renovadas. El punto a recordar es que los programas de gobierno tienen costos, así como beneficios. No hay sólo una falla de mercado sino también una falla del gobierno. Y también hay remedios privados para las externalidades económicas. Pero si los mercados han de funcionar, y si ha de alcanzarse una eficiencia y una libertad económica, el estado de derecho tiene que ocupar un lugar central, con reglas claras de política monetaria y fiscal en vigencia.

Es más, una abundancia de datos nuevos ahora nos puede ayudar a demostrar los beneficios de la libertad económica en términos más amplios. El Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation, Libertad Económica del Mundo del Fraser Institute y los rankings Doing Business del Banco Mundial se publican anualmente. En conjunto, estos informes muestran que los buenos y malos resultados económicos en los países se corresponden fuertemente con las buenas y malas políticas. Las historias detrás de los datos son fascinantes, y nos pueden contar qué funciona y qué no.

Pero aun si derribamos todos los argumentos en contra de la libertad económica, sigue habiendo obstáculos para su concreción. Avanzar requiere que pongamos en práctica las ideas de la libertad económica. De lo contrario, como dijo Friedman en su introducción de 1994 del libro de Hayek, “es un tanto exagerado decir que predicamos individualismo y capitalismo competitivo y practicamos socialismo”. Para hacer las cosas bien, la gente debe tener en claro los principios, explicarlos, pelear por ellos y decidir cuándo comprometerse con ellos y cuánto.

John B. Taylor is Professor of Economics at Stanford University and Senior Fellow at Stanford’s Hoover Institution. His most recent book (with George P. Shultz) is Choose Economic Freedom.

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