Las octogenarias de Purón

Acaba de empezar el otoño, el sueño de los que creen que hermosea la naturaleza. Los otoños son pintores, le ponen colores a los paisajes para que no nos demos cuenta de que su auténtico papel es el de ejercer de barberos. Le van quitando barbas y bigotes a los árboles que pueden y los tapan de colores. Adoro los otoños, y a los barberos, pero reconozco que la leyenda francesa del siglo XIX hizo mucho mal a los simples. Un otoño en la Toscana hay que saber apreciarlo, no todo el mundo tiene sensibilidad para el otoño. Las primaveras, confesémoslo, sirven para todo, hasta en los eriales de la Castilla eterna si usted amanece con el sol y echa a caminar por entre las eras, se dará cuenta de que parecen jardines. Espere cinco horas y se convertirán en desiertos.

Me gusta soñar con los otoños de vistas espectaculares, donde prometí no volver más, porque los gozos no se repiten, apenas se imitan. Durante muchos años soñé con vivir en lugares altos, de no fácil acceso, lo cual representaba muchas dificultades para quien no sabe conducir, ni siquiera una bicicleta. Y donde por demás las comunicaciones se limitan a como tú te las montes, porque los autobuses son aleatorios y circunstanciales, y el clima no favorece las opciones.

Las octogenarias de PurónSi usted toma la carretera nacional entre Llanes y Unquera, en el Cantábrico, encontrará un modesto cartel que dice “Purón, 5 km”. Déjese llevar, está entrando en uno de los lugares más bellos de una naturaleza que apenas pisa la gente y que le puede deparar sorpresas. Nada de magia, sencillamente una humanidad que ha sobrevivido a duras penas el flagelo de la guerra, del aislamiento, del silencio y, sobre todo, sobre todo, de la soledad.

Para llegar a Purón, una docena de casas, hay que recorrer los cinco kilómetros de una carretera que es lo más parecido al callejón de la muerte. Va bordeando el río Purón, discreto, modestísimo en su cauce, pero limpio y sonoro. Hace muchos años era donde yo llevaba a merendar a mis hijos con el sencillo sistema de poner un palito que traspasara el chorizo y un pequeño fuego que lo calentara. Ningún temor de incendio. Encender en un humedal es tarea de pacientes rascadores de piedra de épocas muy antiguas.

Aquello se acabó, el río siguió siendo el mismo y nosotros nos fuimos haciendo mayores sin chorizos a la estaca. Ahora se hace cosa más civilizada, tal que charlar con octogenarias que soportan desde siempre los rigores de unos inviernos de nieve por la cintura y una vida tranquila a la que se han ido adaptando como monjes antiguos. Preparan la llegada de los tiempos duros con la alegría de los momentos soleados. La autosuficiencia. Matar un cerdo, acumular maíz, hacer embutido, acumular frutas en compota, mallar la sidra… Y sobre todo, cuidar mucho el gallinero. Casa sin huevos y sin patatas está llamada a solicitar ayuda vecinal.

Purón carece de referencias a lo grande. Le basta con el recuerdo siempre presente de una casa hermosa, Vista Alegre, que domina el valle, construida en los años treinta y que se quedó tal como la dejó la guerra y la posguerra, pero que ahí queda como un monumento a lo que pudo ser la civilización de gentes educadas y tranquilas que no pudieron volver temiendo por su vida.

He tenido el privilegio de conversar con las octogenarias supervivientes. Confesémoslo, los varones octogenarios son torpes y grandilocuentes, ya sea en Purón o en Gandía. Ellas han trabajado, dentro y fuera de casa, tuvieron que cuidar de sí mismas, montar su manera de sobrevivir, sus juegos –¡qué importante es el parchís durante el implacable invierno!–, saben cocinar y sobre todo administrar una despensa. Saben cuándo se mata el cerdo y cómo se distribuyen sus partes. Los hombres en general no saben nada. Los criaron para que se casaran y trabajar el campo, pero desconocen todo, fuera de los árboles, las siembras, los vinos y los orujos fermentados. Y cuando llegan a octogenarios buscan ansiosos alguna de aquellas mujeres que conocieron y, todo sea dicho, no les dieron demasiada importancia porque ellos habían hecho dinero en América e inversiones en España. Pero están solos en sus casonas y no saben ni hacerse la comida, ni planchar, ni mantener enhiesto el pabellón de su pasado que creyeron que iba a ser eterno. Al final acaban con acuerdos sórdidos con mucamas que asean los días que les quedan.

“El problema de los varones octogenarios, dicen no sin sarcasmo las veteranas de Purón, es que ellos necesitan enfermeras o chachas, y nosotras ya nos hemos construido la vida. Se criaron nuestros hijos, murieron nuestros maridos, y sobrevivimos a lo peor, que es la soledad. Y sobre todo a no incordiar a los demás con nuestras neuras. Cada una tiene la suya y la desparrama cuando puede. Pero los hombres no saben que cualquier relación de ancianidad debe respetar, primero, la distancia y luego la libertad de haber trabajado para poder gozar de la dignidad que disfrutamos. Vivo mi vida encerrada en este hermoso pueblo y cuando quiero veo a mis hijos o a mis nietos, y no tengo que pedirle permiso a nadie. Se acabó. A todos nos queda poco tiempo, seríamos bobas si lo perdiéramos”.

Purón, apenas unas casas en pendiente peligrosa, y cuando toca con lluvias y nieves, tiene para mí como una pedagogía de la vida. Allí se enseña a vivir. En la sierra de Cuera, frente al mar, puedes hacer un pequeño esfuerzo, cruzar la borda y pasar a Alles, lugar legendario donde se contemplan ya los Picos de Europa y ese fondo mítico del valle del Cares.

Durante décadas soñé con vivir en Alles y siempre el destino me lo tumbó. Pero a Alles siempre se puede subir porque hay carretera, pero a Purón hay que jugársela. Toda esa golfería que fue capaz de construirse carreteras para sus casas o negocios –el PSOE venció en la escala de la corrupción asturiana– jamás pensaría que era menester ampliar cinco kilómetros de carretera para una docena de electores y dos o tres octogenarias que les vieron trepar y los desprecian.

Un lugar tan grande en belleza y tan pequeño en espacio pero que tiene el privilegio de disfrutar de tres ríos, el padre Purón, el hermano Barbalín, el de las truchas “que ni siquiera necesitaban loncha de tocino”, y por último el secreto Cárcoba, como una cascada donde el que se metía aseguraban que salía blanco, blanco de agua, de nieve de montaña, de espasmo ante aquella frescura que aún recuerdan los veteranos. El Cárcoba que te hacía blanco, allí donde todos eran oscuros de sol, sudor y trabajo.

Ahora aseguran que quedan tres niños a los que llevan en taxi a la escuela por la carretera del peligro; no es suficiente para tener futuro. Me sorprendió que octogenarias o no, todos fueran gente hospitalaria y sonriente. ¿Quién se va a acercar a Purón con malas intenciones? Y que dedicaran más tiempo a mirar el paisaje que a la televisión, que tuvieran sus lugares a modo de museos laicos: un molino hermoso, una casa de película que llaman Vista Alegre y que tiene un guión de amor, de política, de exilio y de derrota.

Ya sé que a determinadas edades y costumbres decirle a alguien que deje el vehículo en la carretera general y se adentre durante cinco kilómetros por una carretera diseñada por un suicida puede parecer una provocación. Se equivocan. Unas mochilitas, un buen vino –agua no la encontrarán mejor–, tortillas, queso y una manzana, y seguir hasta allí y esperar que las octogenarias Carmina, excelente cronista local ya sin periódico, o Vicenta, con su hermosa gargantilla de oro mexicano con mariposa en el centro, o la alegre Esperanza, la sabia mexicana que hace maravillas con las variantes lingüísticas que nosotros, los gachupines, hemos perdimos.

No hay peligro. No se llenará de turistas nunca. Ocurrirá como con la cascada de Cárcoba, siempre sacará a los que se introducen en ella blancos de frío y limpieza, pero satisfechos. Por eso deberían hacer excursiones selectas bajo el lema: “La alegría de vivir, en Purón, hace octogenarias”.

Gregorio Morán

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