Las orejas del lobo

Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAIS, 27/01/05)

En nuestro beatífico contexto de “grandes esperanzas” dickensianas y buen rollito generalizado, ¿será asumible o al menos mínimamente digna de consideración una intempestiva nota de alarma? A mi juicio, la dieron el pasado sábado los desaforados intolerantes que cargaron contra el ministro José Bono y la europarlamentaria socialista Rosa Díez en la manifestación de Madrid convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Está meridianamente claro que el radicalismo obtuso de ese grupo, fuera más o menos numeroso, no expresaba ninguna santa cólera, sino sólo el pataleo intransigente de quienes siempre están deseando rebasar y pervertir los cauces de expresión democráticos en nombre de las supuestas urgencias incontenibles del pueblo ultrajado. Su proceder hubiera sido inadmisible en cualquier caso, contra cualquier representante democráticamente elegido, pero fue aún más disparatado por dirigirse contra personalidades del partido gobernante que siempre se han destacado inequívocamente -y a menudo padeciendo serias incomodidades con unos y otros a causa de ello- por su apoyo sin regateos a las víctimas del terrorismo y por la firmeza inequívoca de su respuesta contra éste.

No se trata de un acontecimiento insólito o inédito, por desgracia. Algunos miembros de ¡Basta Ya! lo experimentamos en nuestra propia carne cuando quisimos participar hace un par de años en la manifestación contra ETA convocada en Bilbao por el Gobierno vasco (en la que se agredió como a “asesinos” a víctimas del terrorismo etarra y también a Joseba Pagaza, que sería asesinado dos meses después) y se ha visto más recientemente en las infaustas jornadas que siguieron al atentado islamista del 11-M, tanto en los ataques a miembros del Gobierno como en el acoso a las sedes del partido entonces mayoritario. Hubo en todos esos casos intransigentes oportunistas o simples mentecatos que prefirieron desviar la protesta de los auténticos criminales hacia un ajuste de cuentas sectario con adversarios democráticos, utilizando procedimientos que a todas luces iban más allá de la legítima exigencia de responsabilidades políticas mejor o peor fundadas.

No cabe sino condenar los sucesos del sábado, como han hecho con firmeza los convocantes de la manifestación y numerosas personalidades públicas presentes en ella. Pero, una vez formulada esta condena, es preciso examinar los posibles malentendidos o errores que han servido de coartada a esos injustificables alborotadores. Es posible que elementos “ultras” se hayan aprovechado de la convocatoria para dar rienda suelta a su agresividad. Pero es evidente que estos descerebrados son sumamente minoritarios y sólo pueden llegar a formar masa crítica aprovechando el descontento de gente decente que poco o nada tiene que ver realmente con sus planteamientos. Y aquí viene el interrogante que debe interesarnos: ¿cómo se ha llegado a la situación de que muchas víctimas del terrorismo y muchas personas preocupadas por él, así como por los fervores separatistas que real o supuestamente amenazan nuestro Estado de derecho, puedan llegar a ver en el Gobierno de la nación y en el partido socialista insensibilidad ante su causa o manipulación culpable de ella? Habrá entre esa gente votantes del PP, convencidos de que su opción política gestionaría mejor el problema, pero ello por sí solo no justifica la exasperada hostilidad que han llegado a acumular contra los representantes del centroizquierda en el Gobierno, en los medios de comunicación, contra los cineastas, etcétera. Sin duda, habrá quien les azuce desde tribunas políticas o periodísticas, pero algo debe estar haciéndose mal en otras áreas para que se presten oídos a las peores soflamas.

Veamos, como ejemplo, lo que pudo vivir un donostiarra cualquiera la semana pasada. Digamos que la persona en cuestión es un señor o una señora que ha sufrido personalmente los efectos de la intimidación terrorista y, por tanto, busca amparo en las opciones políticas constitucionalistas. En la víspera de la fiesta del patrón de la ciudad, el Tambor de Oro le fue concedido al cocinero Martín Berasategui, que sin duda ha de merecerlo: en la entrega apareció el mismísimo lehendakari Ibarretxe, que comentó cuánto debía haber sufrido el galardonado al ser interrogado por el juez sobre unos supuestos pagos a ETA. El interesado comentó que a él y a otros de su gremio -todos presentes en la ocasión- se les envidia, probablemente porque hacen las cosas bien. Sin duda hay cosas que hacen de rechupete, pensó el señor o señora del que hablo, aunque quizá no todas en campos alejados de la gastronomía. Pero, en fin, suspiro y adelante… Hasta que le den un Tambor de Oro a Cristina Cuesta, por ejemplo, habrá aún que esperar un poco. Esa noche, el donostiarra o la donostiarra de mi cuento se resigna a ver la izada de la bandera que inicia las fiestas patronales por televisión. Le gustaría asistir en persona, pero no soporta tener que compartir la plaza de la Constitución con carteles a favor de ETA, pancartas pidiendo amnistía para los presos, y este año una especialmente grande reivindicando al conocido serial-killer De Juana Chaos, que sufre mucho porque no le dejan salir de la cárcel para cometer nuevas travesuras. El o la protagonista de mi historia ya sabe que es inútil protestar por tales apologías del terrorismo: no se puede, por lo visto, más que mirar hacia otro lado y tener la fiesta en paz.

El sábado por la mañana, ella o él acude al acto que en el Kursaal se celebra en recuerdo de Gregorio Ordóñez, teniente de alcalde donostiarra asesinado hace 10 años. La sala está atiborrada de gente, muchos se quedan fuera: asiste el núcleo duro del constitucionalismo guipuzcoano, los que no han desfallecido en los tiempos peores. Como es natural, la mayoría de los oradores son del PP, al que también pertenecía Gregorio (aunque en sus intervenciones siempre hablan de los dos partidos constitucionales y sus víctimas). Lo que ya no es natural es que, fuera de Maite Pagazaurtundua y de tres o cuatro concejales más, no haya dirigentes socialistas en el acto. No está el alcalde Odón Elorza, que aparece en el excelente cortometraje de Antxón Urrusolo llevando el féretro de Ordóñez, pero que 10 años después…; y tampoco está el delegado del Gobierno, Paulino Luesma, ni por supuesto Patxi López, Egiguren, etcétera. Es curioso, piensa nuestro él o nuestra ella: en la sala hay muchos votantes socialistas, pero no están aquellos a quienes votan, es decir, que sólo hay votantes socialistas huérfanos. Con cierta sensación de abandono (quizá estas ausencias sectarias se deban a cálculos electorales, pero hay un tipo de ganado que no se vende en ninguna feria), nuestro vasco o vasca -como dice el Jefe- decide irse al cine para despejarse un poco.En el que tiene más cerca de su casa ponen una película española protagonizada por un joven actor militante, que estuvo en el País Vasco hace unos meses interpretando una obra teatral sobre la boda de la hija de Aznar (el tema más urgente y peligroso de tratar en Euskadi, ya se sabe). Aprovechó la visita para hacer unas declaraciones a Gara comentando lo intolerable del comportamiento de PP y PSOE en la lucha antiterrorista, la ilegalización de Batasuna, cierre de Egunkaria, etcétera. Aunque el tenor de sus reflexiones demostraba un encefalograma más bien plano, que podía mover a la caridad benévola, él o ella le han cogido tirria y no quieren ver ya su película. Prefiere irse a casa, donde pone la televisión y se encuentra con las imágenes de la manifestación de Madrid, las agresiones a Bono, etcétera.

“Mal asunto”, piensa mi donostiarra. Y alarmante. Recuerda que el otro día dos bárbaros dieron una paliza en una calle de San Sebastián a un militante de la izquierda abertzale y el movimiento gay. Ahora, lo de Rosa Díez y Bono. En fin, los que consideran indiscriminadamente fachas a la mitad de la población que no piensa como ellos deberían empezar a rezar porque aquí no aparezca un Le Pen o un Haider que aglutine a los más brutos de la clase con temas como la reforma de los estatutos autonómicos (la canción de las autonomías el día de mañana: “Antes muertas que sencillas, digo que sencillamente españolas”), las víctimas de ETA, la inmigración y yo que sé más. Empezamos a verle las orejas al lobo. Es decir, se las ven casi todos menos quienes gritan sin cesar “¡al lobo, al lobo!”. En ese momento, las reflexiones de él o de ella se interrumpen, porque aparece Llamazares en la pantalla explicando que las víctimas llevan dos legislaturas manipuladas. Y ella o él apagan el televisor, porque a un cristiano o cristiana se le puede exigir todo menos que aguante al líder de Izquierda Unida hablando de progresismo.