Las orfandades de Umbral

Dentro de pocos días, el próximo lunes, se cumple el décimo aniversario de la muerte de Francisco Umbral. Umbral fue un personaje famoso, un rostro conocido, con sus gafas de montura gruesa, su bufanda, su media melena, incluso un escritor televisivo cuando las televisiones han prestado escasa atención a la literatura. Un rostro de escritor conocido cuando la mayoría de escritores son anónimos; otra cuestión es que la mayoría no leyesen sus libros. Mi aversión por el personajismo, más aún por un famoseo que a menudo encubra mediocridad y arribismo, hizo que me alejase del personaje Umbral.

Cuando él ya no estaba, me fui acercando a sus libros, a sus escritos, descubriendo su obra, esa escritura con un estilo lírico y barroco, la complejidad que posee una obra difícil de emparentar con escuelas o corrientes, incluso que en ocasiones traspasa los géneros. Cómo él mismo escribió: “Casi todos los escritores estorban a su obra, están delante de ella, echan su sombra de sombrones encima de la prosa”. Así: “Quizá la literatura sea eso. Desaparecer de la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído”.

La obra de Umbral es como un río que fluye y va parando en diversos puertos. Uno tiene la sensación que al abrir uno de sus libros hay algo que viene de atrás, pidiendo paso para ir hacia adelante. Una escritura continua que habla desde un yo lírico. Y ese modo poético (poesía de la prosa) se hace más hondo, más íntimo, también más doloroso en dos de sus libros clave: El hijo de Greta Garbo y Mortal y rosa. No sé si cumbre literaria, pero sí que tienen algo de síntesis, que va a además de lo vital a lo literario.

“La madre es un enigma, tanto que descifrar yo no sabía”. Y en busca de descifrar ese enigma, el niño Umbral (Francisquillo), va viajando por las páginas del libro El hijo de Greta Garbo. El propio título del libro es un juego, pues en un libro anterior, Los helechos arborescentes, plantea la fantasía de que la propia Greta Garbo habiendo visto una supuesta foto de la madre de Umbral, decide parecerse a ella y no al revés.

Así Ana María Pérez Martínez se convierte en una Garbo idealizada por la infancia. Más que autobiografía, es reconstrucción del yo, de un yo que va descubriendo lo que hay alrededor de la madre: “Madre enferma en oficina triste, calles con nieve y barro, una guerra perdida, un muerto en el armario”. Una mujer culta que transmite su sensibilidad y conocimientos al hijo, procedente de una familia burguesa pero que su alineamiento con el bando perdedor de la guerra la convierten en una excluida en una posguerra asfixiante: “La ciudad no amaba a mi madre”.

La infancia y la barbarie son los lugares preferentes de la memoria. A las dos la contempla el niño que será escritor, que ya entonces se está forjando. Un niño que va percibiendo que habita en un territorio hostil, que cosas como la literatura y la música, son los únicos paraísos posibles donde vivir al lado de la madre: “Mi vida había sido una circunferencia con una madre en el centro”. Y el germen del escritor va descubriendo que el tiempo es más devastador con los que están, como ellos, en los exilios interiores: “Cuando descubre que el mundo puede no ser su mundo, que lo que había creído su reino natural del barquillo es propiedad de otros, empieza el niño a tener conciencia de desalojado: estamos de prestado en nuestra casa”.

El tiempo proustiano es enfermedad que devora la figura materna, manchas de mora (tuberculosis) sobre las blancas prendas maternas. Rememorar la infancia es como salir de la caverna platónica para contemplar lo eterno e inmutable: “Un día inicié el trabajo detectivesco –de un detectivismo sentimental– de ir reconstruyendo a mi madre por las pequeñas cosas, por los rostros más delgados, por los detalles últimos”. Y la muerte en este caso se convierte en una función fisiológica, en una necesidad de construir el propio ser ante el mundo, convertir al recuerdo en algo carnal e inmutable, que se pueda tocar y sentir: “Nacimiento inverso, ella está en mí como yo estuve en ella. Estoy embarazado de madre”.

Y del embarazo de madre, Umbral pasa al embarazo de hijo en Mortal y rosa. De un cuerpo materno lleno de biografía, biografía triste, el Umbral ya adulto, ya escritor, se llena de un cuerpo sin biografía. El libro se iba a titular Estoy oyendo crecer a mi hijo, porque al principio lo que palpitaba era vida, vida creciendo, que la enfermedad, otra vez, fue tiñendo de muerte, así se convirtió en Mortal y rosa. Nuevamente la devastación del tiempo (el futuro es un asesino que dijo Leonard Cohen), ésta vez aún más a destiempo, pues si ejecutó a la madre siendo todavía joven, al niño no le deja ni ser adolescente; la tumba se llena de biografía blanca. Del hijo como trascendencia: “Mi hijo ha nacido de mí para vivir todo lo que ya no pueda vivir yo,” para ir a lo anómalo: “En noches de ahogo, al pie de mi hijo enfermo, velando su navegación agónica hacia la muerte”. Y el diario íntimo, como él mismo lo domina, se convierte en dolor (“soy en único cadáver que ha escrito un libro”). Se llega a hacer patético, de un patetismo ilustrado, lleno de citas y referencias, pensamientos, que no logra evitar lo esencial: “He conocido la única verdad posible: la vida y muerte de mi hijo, y sin embargo, estoy optando por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre”.

Así el niño que se refugiaba en el escritor que sería para reconstruir a la madre, se muestra escéptico, distante con el mundo que no puede cambiar, guerrillero sin guerrilla, ni siquiera el autor subido a la cima del reconocimiento: “Todo éxito es agresivo. La gloria es un homicidio, la forma es una violencia, la popularidad una agresión”. ¿Qué distancia existe de la persona al personaje cuando caen los revestimientos? El dolor individual hace aún más gris el mundo que le rodea. Incluso llega a manifestar un deseo lacerante, autodestructivo, aunque sin abandonar la lírica: “Hay que beber a morro el dolor. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente, bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce del mundo”.

En los dos libros (y en la mayoría de él) Francisco Umbral huye de la trama para diluirla en la escritura continua, construir memoria, dibujar un cuadro del ambiente, crear atmósferas, sobre la fotografía de lo acontecido: “Tener un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, más allá de todas las riadas de la vida”. Y sobre esos seres muertos, amados en su intemporalidad, alojados en la imaginación, sobre su orfandad, Umbral construyó una literatura sublime, de lo mejor de su obra.

Pedro Antonio Curto es escritor.

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