Las palabras de Ratzinger

Por Pilar Rahola, periodista (EL PERIÓDICO, 17/09/06):

Defender a Ratzinger. Extraña situación para alguien que, como yo, difiere decenas de pueblos de su concepción del mundo. Y no solo porque él habita en la gramática de lo intangible y yo soy una impenitente ciudadana del racionalismo, sino porque cuando actúa en lo terrenal, sus ideas sociales están en mis antípodas. No me gusta el Vaticano ni por su sexismo ni por su homofobia, y su actitud en el tercer mundo, contraria a la anticoncepción, es irresponsable. (Este diario recoge hoy, en el CUADERNO DEL DOMINGO, las posiciones contrarias a Darwin que Ratzinger plantea, y ello es un ejemplo más de la confrontación ideológica que muchos tenemos con su pensamiento).
La espiritualidad de este papa me conmueve casi tanto como su densa cultura, pero su mundo y mi mundo palpitan en mundos distintos. Sin embargo, y parafraseando la famosa frase, daría lo que fuera porque Ratzinger pudiera defender sus ideas contrarias a las mías; esa es la raíz de la libertad, su hondo compromiso: garantizar el crisol. Y es el crisol de ideas, el derecho a pensar más allá de los miedos y las amenazas, lo que está resultando frontalmente atacado en estos tiempos.

HABLAMOS de Ratzinger, pero hablamos también de Theo van Gogh, de Salman Rushdie, de los dibujantes de cómics daneses, de Ayan Hirsi Alli, del escritor Naguib Mahfuz, cuya reciente muerte nos recordó el calvario que sufrió en manos de la intolerancia. Todos ellos fueron responsables de la lesa culpa de opinar más allá de la comodidad, quizá más allá de la corriente y más allá de la prudencia. Y todos dejaron por el camino mucha piel, violentados, amenazados, incluso asesinados.
¿Es Ratzinger lo mismo que Rushdie? ¿Se parece a la provocación soez danesa? ¿Tiene algo que ver con la denuncia de Van Gogh? Todos tienen que ver con lo mismo, se atrevieron a opinar críticamente sobre el islam y padecieron las consecuencias.
Por lo pronto, Benedicto XVI ya ha pedido perdón en un acto de genuflexión pública que extrañamente se da en el Vaticano. ¿Lo ha hecho por convicción o ha sido obligado por la histeria desatada en el islam? La evidencia de la respuesta ahorra texto. Ell mundo ha amanecido de nuevo con manifestaciones a cara de perro, con iglesias quemadas, con parlamentos pidiendo explicaciones y con los gurús del islam exigiendo penitencia.
Y todo ello ha pasado porque Benedicto XVI ha dicho que la yihad es contraria a Dios, y que la violencia no es compatible con la religión. Es decir, tiene a medio mundo musulmán sublevado por haber sido coherente con el catecismo. Un hombre de Dios asegura que, en nombre de Dios, no se puede matar. Y tiene que pedir perdón.
Ratzinger dirige una religión que tuvo su yihad en las cruzadas, y que también, en nombre de la religión, defendió todo tipo de violencias. El cristianismo es el principal responsable de la locura del antisemitismo, pero también es cierto que muchas son las reflexiones críticas del propio cristianismo, y que el Nostra Aetate supuso una frontera definitiva con el pasado. Y lo es aún más su adscripción a los valores democráticos de las sociedades en las que vive.
Sea como sea, Ratzinger podría haber partido de la propia culpa cristiana para aterrizar en la inequívoca culpa islámica, y podría haber usado textos históricos menos antipáticos como ejemplo, pero nada de lo dicho justifica la violencia callejera y tabernaria que están generando sus palabras. El tema no es lo que ha dicho Ratzinger, sobre todo porque, matices aparte, lo suyo es de un sentido común inapelable. El tema es la falta absoluta de cultura democrática que ahoga al islam y que nos ahoga a todos.

HAY UN islam de paz, pero también hay un islam de guerra, y de la misma forma que en nombre de Alá se conjuga el verbo amar, hoy, en nombre de Alá, también se conjuga el verbo matar. Miles de muertos, desde Nueva York hasta Atocha, desde Beslan hasta Bombay, lo avalan. Y lo más trágico no es que el islam integrista esté secuestrando la imagen de todo el mundo musulmán. Lo más trágico es que el mundo musulmán pacífico no se manifiesta, no critica, no se rebela, sino que calla.
Los pocos Mahfuz y Rushdie que levantan la voz viven un calvario. Una comunidad diversa y heterodoxa como la islámica no puede ser reducida a la imagen simplista y malvada que el fundamentalismo intenta dar. Pero, para ello, es necesario que surjan los Ratzinger y que el islamismo diga que la yihad es contraria a Dios.
Vivimos en una trágica inversión de valores: las voces surgen, histéricas y amenazadoras, para violentar a los críticos. Miles de personas vociferan en las calles porque un papa ha hablado contra la violencia. ¿Dónde están esos miles cuando, en nombre de su dios, se masacran ciudadanos en trenes, autobuses y aviones? Hay un islam que está enfermo y, por desgracia, es el que impone su voz. Ese islam silencia hoy a Ratzinger y ayer lo hizo con otros. Las disculpas del Papa no son un éxito de la prudencia; son una derrota de la razón. Un quiebro –otro– de la libertad.