Las palomas de la rue d´Ulm (2)

En el distrito Quinto, que concentra la tradición de los saberes universitarios parisinos en torno a la vieja Sorbona, hay una calle discreta, ni corta ni larga, que parte de un lugar tan simbólico e intimidante como el Panteón (de Hombres Ilustres) y acaba cuatro o cinco manzanas más allá. Es la rue d ´ Ulm. Decir rue d ´ Ulm para cualquier posgraduado significa muchas cosas. Cultura de la investigación, poder administrativo, puerta de entrada a la ciencia con mayúscula. Pasados todos los edificios, tan prestigiosos y emblemáticos como necesitados de una rehabilitación urgente, y hacia el fondo de la calle, se encuentran unas dependencias de la Escuela Normal Superior, o algo así; no me fijé. Allí, a la izquierda, está un pequeño parque al que se puede acceder tras pasar una conserjería de control que no controla nada.

En este conato de parque, apenas un jardín mal cuidado donde no acaban de conseguir que el césped arraigue, y donde algunos tilos y unas cuantas moreras limitan la siempre desagradable contemplación de las ventanas de las casas vecinas, hay una hilera de bancos, ni muy limpios ni muy cómodos. Ahí mismo, sentado, solo y con las voces lejanas de tres jóvenes actores que ensayan, al fondo, entre los árboles, alguna obra antigua que de tanto repetir me acaba sonando a Anouilh o Giraudoux en alguna de sus evocaciones de los clásicos, me encontré acompañado de palomas. Un puñado, no más de una decena a mi alrededor con absoluto desprecio hacia todo, incluso hacia un mirlo, chulo como varón en celo, que no llegaba a alterar su parsimonia.

Nunca se me había ocurrido pensar en las palomas. ¿Qué ha ocurrido con estos animales hermosos, elegantes, amables, padres ejemplares que cuidan a sus retoños sin diferencia de sexo ni de grado, privilegiados de la vista, y más veloces y seguros que cualquier servicio de mensajería? Algo tiene que haber pasado para que decir paloma o pichón, que era antaño una sugerencia de felicidades, se haya transformado en ese odio sordo de los ciudadanos a unos pájaros impasibles a los que no se sabe si la historia – sí, la historia, ¿acaso no es historia el tiempo que pasó sin apenas darnos cuenta?-ha convertido en enemigos del género humano. Ratas urbanas, para algunos, depredadores de la arquitectura para otros. Obsesión de alcaldes y mala conciencia de partidos con representación en los ayuntamientos que no osan exterminarlas por no romper el consenso social de lo políticamente correcto.

¿Qué pasó con las palomas? No creo que exista ningún símbolo tan rotundo y benigno como la paloma. No sólo en La Biblia sino en el arte y en la vida. Los mensajes del Dios implacable, cuando se vuelve conciliador y amable, llegan en forma de paloma. El collar de la paloma,la excelsitud de la poesía arábigo-andaluza. Zurbarán y las palomas. Toda la canción latinoamericana, de México a Chile, está habitada por palomas portadoras de cartas enamoradas. Joan Manuel Serrat las evoca en una elegía redonda. Hay bandadas de palomas que asumen la radicalidad y la transforman. Los poetas exiliados de la República. Chicho Sánchez Ferlosio. Una paloma se inventa Picasso contra la guerra de Corea, y su eficacia es tal que deviene icono. Una paloma, la misma que antaño fue Espíritu Santo, se transforma en la Paz por antonomasia del Congreso de Estocolmo. La del Espíritu Santo, que venía avalada por siglos de catolicismo, luego siguió representando todo lo contrario. Nicolás Guillén el cubano se hartó de metáforas colombófilas. No me negarán que resulta fascinante la historia de la paloma como gran parábola que traspasa las épocas y supera las ideologías. El pensamiento como paloma.

Para los niños de mi época, la paloma tenía variantes siempre luminosas. Los fétidos palomares de los paisanos no lograban superar la satisfacción de los pichones de las abuelas. Mi abuela Josefa, que era mala como un rayo y cuya perversidad manifiesta sólo quedaba neutralizada por su talento gastronómico, guisaba unos pichones que Proust hubiera evocado más allá de esa vulgaridad de pasteleros que son las magdalenas. Íbamos a verlos, atados por las patas, debajo de la mesa de la cocina, donde permanecían alimentados y emborrachados con esmero, a la espera del momento trascendental del degüello y desplumado. Imagino el gesto de pavor de la dama asténica y el vegetariano militante. Somos una sociedad tan perversa, que consideramos intolerable matar a un animal para comérnoslo, pero nos importa una higa el hambre del fracasado.

Cuando se estrenaba un traje, ya fuera de niño o adolescente, era obligado caminar hasta el parque y hacerse una foto con palomas. Podría seguir con la veta colombófila hasta incorporar la evidencia de las fiestas – el recibimiento de una autoridad, ya fuera obispo o gobernador civil, se hacía siempre con suelta de palomas-.Y resulta que esto se acabó, la paloma se ha convertido en un nombre sin representación física. O lo que es aún más inaudito, un nombre que nosotros utilizamos hasta la saciedad y un animal condenado al exterminio. Y es lógico, nada que reprochar fuera de la reflexión. Pero si en algo nos deberíamos distinguir es en encontrar la razón que ha hecho posible ese tránsito. De la paloma blanca de cualquier cantante que se precie a la rata urbana que destroza los espacios urbanos.

La parábola de la paloma quizá resume mejor que otras cosas las paradojas en los que estamos metidos. Yo no puedo defender la paloma en una sociedad urbana cargada de gastos, tropelías, enfermedades, suciedad y mafia – la imagen inquietante de Marlon Brando dando de comer a las palomas en La ley del silencio de Elia Kazan. No me acuerdo muy bien de las palomas de El padrino,pero seguro que las hay. Nada se improvisa. Por eso deberíamos reflexionar sobre la piedad. Exterminar a la paloma sin esa pizca de benevolencia por lo que ella ha hecho o simbolizado para nosotros. Nada que ver con lo políticamente correcto, sólo piedad. Y la piedad consiste, gracias a nuestra vieja cultura derrumbada, en esos instantes que rodean al crimen, al desastre, o a la matanza, esos momentos inenarrables que se graban en el disco duro de la memoria, cuando contemplamos al animal-paloma mientras zurea, sin prestarnos atención, a lo suyo, gratificándonos con la compañía sin exigencias de los animales no agresivos.

¿Qué pasó con la paloma? Fue tantas cosas con nosotros, y tan importantes, y ahora resulta que no nos sirve, que hace feo, que ensucia, que debemos exterminarla porque las plazas duras – esa violación anal de la ciudadanía por los arquitectos; pornografía desvergonzada para alcaldes-no admiten más mierda que la de perros y borrachos. Y es cierto, no se puede convivir con bandadas de palomas convertidas en grupos de extorsión a los que las viejecitas que no tienen tele, ni perro que las guarde, entregan sus arroces y sus migas, no creo que para otra cosa que no sea la de joder al mando.

Si dicen que no debes dar de comer a las palomas, es señal de que a los que mandan sólo les gustan las torcaces. Cuando veo a la abuelita tímida, con su bolsa de basuras comestibles, alimentándolas a escondidas, siempre he pensado que en otra época, y tras una muy leve formación ideológica, esa abuela, resentida, humillada, con mayores dosis de valor y la imprescindible carga técnica, volaría la plaza donde los tontos foráneos extienden la mano, con maíz tostado, para que les abreven las palomas.

No sé si es parábola o chiste pero la trayectoria de las palomas y las de determinadas clases sociales, convocadas a ser la sal y la imagen de la tierra, podrían ser similares. ¿Acaso los periodistas no fuimos los narradores de la ciudadanía y pasamos a convertirnos en algo que algunos no dudarían en tildar de roedores urbanos, palomos cojos? Quizá haya que liquidarlas y dejar unas cuantas, para eso del equilibrio ecológico, pero si hay algo cierto es que se acabó el tiempo de palomas. Llegaron los cuervos y demás especies subsidiarias.

Por Gregorio Morán.

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