Las pequeñas humillaciones

Me acabo de quedar con una frase de una de esas que los chavales llaman pelicompresas, historias de amor, con una pizca de acción, unas gotas de melo, chico guapo, chica guapa y final agrifeliz. Ah, dirigidas a las mujeres -de ahí la calificación higiénica- de cualquier edad, necesiten o no los aditamentos mencionados.

La frase: "¿Te imaginas las pequeñas y continuas humillaciones?". Creo que puedo hacer un esfuerzo, pero ahora le toca a usted, lector de este periódico, que, según nuestro target, será un hombre, o una mujer, español de nacimiento o desde hace muchos años, con una cierta formación académica, o al menos con una autoformación suficiente; con un sueldo estable, aunque últimamente esté en cierto riesgo, o bien con una pensión asegurada por un par de lados. O bien, con unas grandes esperanzas en el talento que uno, una, tiene, aunque de momento sea mileurista. Y lee EL PAÍS por Internet.

Les doy algunos datos, sólo para ayudar a la imaginación. Todo ficción, por supuesto. El bache de la crisis acaba de tocar fondo. Jo, las dos pesetas que había se acaban de esfumar. Nunca has vivido con avión privado, vaya, pero hace un año que no te compras unos zapatos. Ni un traje. Hay media docena de restaurantes que no pisas desde que entraron los nacionales: vamos, que desde que pasó lo que pasó, te estás apretando el cinturón. Y te acaban de devolver el recibo de la tarjeta de crédito, por segunda vez, y el del Canal +, y menos mal que te han pagado el de la luz y el del teléfono, a ver qué haces sin el ADSL.

No es que la situación sea desesperada, porque hay un montón de proyectos en marcha. Reunión aquí -por cierto, qué estupendo está el metro de Madrid, y la línea de autobuses, que hasta ahora creías que sólo recorría la Castellana-, reunión allá, ¿comemos?, verás, no voy a poder, tengo un compromiso, quizá la semana que viene. Ya empezamos.

El móvil. Vocecita latinoamericana infaliblemente, pregunta por ti. Ale. Será la secretaria nueva de... No. Es la voz de tu conciencia. Es el recibo de la tarjeta de crédito. Mire, no le puedo atender ahora... Estoy en una reunión... ¿Que quién era?, nada, ya sabes, que te quieren vender un móvil nuevo, con esto de la crisis, yo la verdad que con el mío... Sigamos.

Y claro que seguimos. A las 8.30 de la mañana, que te pillan en pijama, fumando el primero de la mañana porque no tienes que fichar. A esas horas, taco, qué vas a hacer para contener el bajón de azúcar. Taco. A las tres de la tarde, cuando estás comiendo, pero crees que es tu madre o Fulanítez, que te llama por fin para lo del proyecto. A las 9.30 de la noche, cuando te acabas de poner un whiskito y las zapatillas, orden inverso, a ver si te relajas y le das una vuelta a la presentación de mañana. Y mañana, en plena reunión, con lo mal que queda eso, maldita sea.

No te obstines en no atenderlo: sábado, domingo, fiesta de guardar, horas de comidas, descanso nocturno, el sueño de los que no tienen, ay, horario. Bueno, a una hora normal -también llama a las horas normales- le atiendes. Acuerdas. El lunes me llega... pasen el recibo... Una pesadilla menos. Pues no. La máquina automática de llamadas sigue funcionando, aunque el maldito recibo haya sido pagado, aunque te haya caído el del mes en curso y el del otro pendiente y te hayan dejado la cuenta temblando. Así que a las 8.30, a las 11, a las 15, a las 17... a las 22... ¿Me estoy volviendo loco?

Mira, te dice tu marido, o tu mujer, que para el caso es lo mismo: ha llegado la invitación de Perenganítez. Pues qué raro, dices distraídamente. Si desde que empezó esto, no ha dado señales de vida... Bueno, dice tu mujer conciliadora. Pero iremos, ¿no? El caso es que tendría que ir a la pelu, y que así, de medio vestir, tendría que ponerme... y todo el mundo me lo ha visto... Pero a ti ¿qué te importa?, dices en plan estupendo. Tu personalidad... Y claro, de ir a cenar después, nada. Otro compromiso. Anterior.

No has llegado todavía a no poder ir al mercado, que se paga cash. Bueno, ahora todo se paga cash, porque las tarjetas están bloqueadas, temporalmente, claro. Sólo hasta que salga ese proyecto, ese, en fin, eso. Total que llamas a Fulanítez. Encantador. Lo del tema, ya sabes, con esto de la crisis, lo estamos pensando, dame un par de semanas. Veré qué puedo hacer. Ah, ¿y por qué no me mandas tu currículum?

Rosa Pereda, escritora y periodista.