Las plegarias de esperanza y la misión de Aznar

Por Henry Kamen, historiador, autor del libro Imperio: la forja de España como potencia mundial (EL MUNDO, 21/03/03):

Mientras las fuerzas aliadas de Occidente penetran en el corazón de Irak, el momento de la verdad del que Bush habla, evidentemente, ha llegado. ¿Pero cómo le afecta a España esta verdad? Ya que España se ha convertido en el centro de la atención, con el resto del mundo preguntándose qué está haciendo esta pequeña nación al lado de las superpotencias, a uno le habría gustado un debate satisfactorio sobre los asuntos del país. Es cierto que la mayoría de los periodistas y columnistas de los principales periódicos han analizado e informado con la máxima honestidad y responsabilidad.Pero, a mi modo de ver, los partidos políticos y el público en general han fracasado en la tarea.

Desde el principio, una oposición política impotente, incapaz de dar paso alguno en contra de un Gobierno mayoritario en las Cortes, ha intentado beneficiarse de la calle y del gusto por las manifestaciones multitudinarias como un argumento contra la guerra. Después de perder en condiciones humillantes el debate en las Cortes, al líder socialista no le quedaba más alternativa que declarar que contaba con el apoyo de la gente en la calle.Sin embargo, sólo un populista que no reconoce que el poder reside en el proceso electivo más que en la demagogia, podía permitirse caer en tal fatal error. La calle es un aliado inseguro, un día puede proclamar una cosa y al día siguiente exactamente lo contrario; puede ser manipulado y utilizado; nunca es un barómetro de la opinión pública porque muchos de los que se manifiestan a menudo no saben de qué protestan; y sobre todo la calle es un espejismo estadístico, en donde algunos ven 100.000 personas, otros ven 1.000.000. Un político democrático serio no debe cimentar su carrera sobre la calle, y si así lo hace es el momento de buscar otro líder que sea capaz de examinar la realidad política y las responsabilidades del poder. Si esta crisis va a afectar a la política española, con más razón afectará la credibilidad de la dirección del partido de la oposición.

La actuación del partido del Gobierno no ha sido menos decepcionante.No es mi intención repetir lo que ya todos saben, que muchos miembros del partido no están contentos con la política de Aznar y el modo en que se ha manejado. ¿Pero cómo iba a reaccionar el partido? ¿O cómo se esperaba que iban a reaccionar los diplomáticos del Estado español? En la práctica, se espera que los diplomáticos obedezcan las órdenes y tienen plena razón al hacerlo, aún cuando discrepen. Pero retrospectivamente quizás ha sido un error aparentar unidad en los diputados del partido. Ahogar las críticas es, como cualquier ahogo, poco sano. Habría sido posible criticar a los líderes del Gobierno y aun así votar con el Gobierno. En lugar de eso, los líderes han preferido pedir el voto de lealtad.Debemos compararlo, en cambio, con lo que el partido laborista británico ha osado hacer. Hace pocos días en una votación en el Parlamento, muchos miembros laboristas se permitieron criticar e incluso votar en contra de su propio Gobierno. La angustia en Londres sigue, pero por lo menos prevaleció la honestidad, y la vida política permanece sana en la tierra de las nieblas.Aquí, en España, es la niebla la que prevalece en política.

En este triste escenario de reacción contra la guerra, la opinión pública no emerge como un héroe. Ha habido miles de personas que cumpliendo con la responsabilidad cívica han hecho oír sus voces, en la calle, en la prensa, en la televisión, para protestar en contra del recurso una vez más a la solución de una guerra.Naciones Unidas fue establecida, así lo esperaban sus fundadores, con el propósito de hacer la guerra imposible para siempre. Sin embargo, he aquí que hemos desbordado de nuevo los límites de otro conflicto. Mi voz se une a las de los miles que han protestado.Desgraciadamente, con demasiada frecuencia las protestas han sido manipuladas para servir a los fines de aquéllos que tenían otros objetivos. Me acuerdo de un periodista que escribía que había aguardado más de 20 años para ver demostraciones. Lo que quería decir era que finalmente podía reanudar su carrera de protestas contra el dictador Franco.

Un político aragonés entrado en años empleaba palabras soeces en las Cortes para recordarles a los diputados que él había ido en contra de Franco, y por tanto en contra de la guerra. En una manifestación en Madrid, un actor acusaba al gobierno de comportarse igual que Franco. Como observador desde la línea de banda, me pregunto: «¿Están estas personas seriamente en contra de la guerra o desean solamente resucitar el fantasma de Franco?». ¿Se pueden tomar en serio estas protestas? Hace unos días estuve en la Biblioteca Nacional de Madrid, y pude observar cómo la gente tranquilamente firmaba una petición en contra de la guerra. Los autores del texto de la petición declaraban que José María Aznar era culpable de la muerte de un millón de niños iraquíes. ¿Y podemos tomarnos en serio al grupo de elegantes actrices españolas, que posando para una fotografía en la prensa, declaraban que irían a Bagdad como escudos humanos? Que yo sepa, ninguna de ellas está en Bagdad de momento. ¿Eran símbolo de los muchos profesionales e intelectuales desorientados que han visto un modo fácil de hacer publicidad en un mar de insatisfacciones humanas? Ninguno de ellos en realidad ha hecho nada para avanzar la causa, y solamente han ayudado a desacreditar el saludable movimiento de la paz.

Hay un hombre en el ojo del huracán. Está en una posición inestable, pero también es el único al que podemos tomar seriamente. Tal vez esté del todo desacertado (y personalmente creo que ha seguido una lógica equivocada) pero es el que merece respeto. Como Jordi Pujol escribía hace unos días: «En todo este tema, Aznar es uno de los más sinceros. No tiene petróleo que defender y no puede desempeñar un papel en la zona de Irak. Sin embargo, y a caballo de un hecho casual -ser ahora miembro del Consejo de Seguridad- ha tomado una postura muy radical.” Ha optado por un eje europeo centrado en los dos grandes imperios históricos, los de España y Gran Bretaña, y al hacer esto ha ofendido el orgullo de Francia.Su postura ha sido analizada muchas veces, y éste no es lugar para repetir el proceso. Uno se pregunta, sin embargo, por qué después de tanta pasión España ha elegido finalmente un papel militar tan pequeño. Este puede ser, por supuesto, un modo equivocado de mirar el tema. Lo cierto es que Aznar ha logrado cambiar la naturaleza de la Alianza Atlántica, sobre la que Churchill y Roosevelt edificaron la defensa de la democracia occidental.Al hacer entrar a España en la alianza, Aznar ha conseguido un éxito notable.

La perspectiva a la que nos encaramos es, sin lugar a dudas, terrible. El despliegue del poder de la máquina militar estadounidense puede alcanzar una rápida resolución. Pero no obtendrá ninguna solución a menos que la Administración Bush se dé cuenta de que una buena parte de su política exterior en Oriente Próximo debe cambiar si Estados Unidos, por vez primera en su historia, planta la bandera del águila en suelo árabe. Las otras potencias occidentales que clavaron su bandera, los británicos y los franceses, dejaron un desorden político que ha creado miseria para generaciones de árabes, cristianos y judíos en la zona. Muy poca gente acogerá una presencia norteamericana ahora, porque creen que será negativa.Soy lo bastante optimista para pensar que esto no es inevitable.

Estados Unidos es la nación que ha modernizado el universo. Ha enriquecido el mundo desde el punto de vista cultural y científico.Ha producido casi todos los grandes avances de la investigación moderna en medicina. También ha producido grandes armas de destrucción.Dos tercios de la población estadounidense apoyan actualmente el papel de su país. Queda por ver si la guerra y sus consecuencias ofrecerán las respuestas que el público norteamericano aceptará.Hay muchas importantes y terroríficas preguntas que quedan por responder. No sería exagerado comparar Estados Unidos con el protagonista principal de la obra de Esquilo, Prometeo. Prometeo era un Titán, uno de la mítica raza de los gigantes, que trajo vida y fuego a la raza humana. Pero habiendo ofendido a los dioses éstos enviaron a la familia de Prometeo una bella joven, Pandora, poseedora de una caja de secretos. La caja, como la intervención de Estados Unidos en Irak, prometía soluciones. Pero al abrirla, dejó escapar todas las enfermedades que desde entonces afligen a la raza humana. La historia tenía todos los ingredientes de la tragedia griega. Sin embargo, la caja de Pandora guardaba un secreto. En su fondo todavía quedaba Esperanza, que podía mitigar los problemas de la raza humana.

Casualmente este artículo termina con el mismo mensaje que el del columnista del Times de Londres de la fecha en que escribo, y sus palabras me pueden servir muy bien. «Esperanza ruega ahora por una victoria rápida, Esperanza ruega para que no haya bombardeos innecesarios. Esperanza suplica una rápida reconstrucción de Irak, Esperanza cree en Estados Unidos como fuerza para bien en este mundo. Esperanza desea que esta guerra nos sirva para algo bueno».

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