Las posibilidades de Trump

"Si los británicos pueden votar por el Brexit, los estadounidenses pueden elegir a Donald Trump". Lo dicen muchas personas serias dentro y fuera de Estados Unidos. Es una comparación que tiene muchos puntos débiles, pero, aunque es poco probable que el Brexit empuje a los norteamericanos a declarar la guerra a su élite política y que el populismo haga presidente a Trump, de lo que no cabe duda es de que creará serios obstáculos para la presidenta Hillary Clinton.

En primer lugar, hay que señalar las diferencias demográficas entre el Reino Unido y Estados Unidos. Los británicos partidarios del Brexit son, sobre todo, blancos, de clase trabajadora, que están asustados por la inmigración, inquietos por las consecuencias de la globalización en sus perspectivas de trabajo y furiosos con unos políticos a los que parece no importarles. Estados Unidos, en cambio, es un país mucho más mezclado. Alrededor del 94% de los que votaron en el referéndum británico eran blancos. En Estados Unidos, el porcentaje de votantes blancos está más próximo al 70% y, según las encuestas, la ventaja de Trump entre los que tienen menos formación no basta para compensar su desventaja entre los más formados y las minorías raciales.

La proporción de residentes en Gran Bretaña nacidos en el extranjero se ha duplicado en menos de 20 años. En Estados Unidos, ha crecido de forma gradual desde hace más de 150 años, por lo que la angustia contra los inmigrantes no tiene la misma dimensión. Además, el referéndum del Brexit hizo a los votantes una pregunta relativamente abstracta sobre los vínculos del país con una institución impersonal, mientras que los norteamericanos, en noviembre, tendrán que elegir entre dos rostros muy conocidos. Por último, las elecciones presidenciales en Estados Unidos no las decide un estado de ánimo nacional, como en Gran Bretaña, sino unas peculiaridades del sistema electoral que dan especial importancia a unos cuantos grupos demográficos en determinados estados.

A pesar de su fama, Trump no lo tiene fácil. Los demócratas han obtenido más votos populares en cinco de las seis últimas elecciones presidenciales, y el sistema estadounidense del colegio electoral da aún más ventaja a Hillary Clinton. Para ganar, un candidato debe obtener 270 votos electorales. Los 18 Estados (más el Distrito de Columbia) en los que han vencido los demócratas en las últimas seis elecciones darían a Clinton 242 votos. Los 13 Estados que ganaron los republicanos en esos mismos comicios suman 102 votos. En definitiva, a Clinton le basta con ganar dos o tres de los otros 19 Estados para proclamar su victoria. Bastaría Florida, que tiene muchos votos, para hacerla vencedora.

Además, Hillary Clinton tiene otras ventajas. Las informaciones proporcionadas por las dos campañas muestran que ha recaudado aproximadamente nueve veces más fondos que Trump, que parece reacio a gastar su propio dinero en una elección que tiene pocas probabilidades de ganar. Más diferencia hay aún entre el número de personas que trabajan en una y otra campaña por todo el país. Los responsables del Partido Republicano no tienen muchas esperanzas de que Trump sea capaz de mejorar su situación.

Si Donald Trump quiere ganar, tendrá que dirigir su mensaje populista hacia unos cuantos Estados con muchos votos que normalmente votan a un presidente demócrata y que cuentan con una numerosa población blanca de clase trabajadora, inquieta por las políticas comerciales y de inmigración. Seguramente atraerá a muchos integrantes de ese grupo, pero su estilo áspero y su mensaje xenófobo harán que muchos nuevos votantes se vuelvan en su contra. Todo ello hace que su victoria siga siendo muy dudosa.

No obstante, la probable derrota de Trump no debe ocultar el hecho de que muchos estadounidenses sienten tanta hostilidad hacia la globalización y tantos deseos de reafirmar el control de sus fronteras y sus perspectivas laborales como un número cada vez mayor de británicos y europeos. Trump es un mensajero imperfecto por mil razones, pero las señales de alarma de una creciente indignación pública llegan tanto de la derecha como de la izquierda. El argumento de Trump de que el nuevo presidente debe "volver a hacer grande a América" le ha permitido obtener la nominación del Partido Republicano. Sin embargo, el senador Bernie Sanders, el enérgico y persistente rival de Hillary Clinton para la nominación demócrata, ha presentado muchos de los mismos argumentos a unos votantes más jóvenes y de izquierdas. Su ira la dirige contra los grandes bancos y las grandes empresas, no contra los negociadores de los acuerdos comerciales con China y México, pero los miedos que evoca son similares.

Ante estos problemas, la candidata Clinton se ha olvidado de los acuerdos comerciales y ha retirado su apoyo al Partenariado Transpacífico, un inmenso acuerdo que Barack Obama considera parte fundamental de su legado. Ahora bien, si la presidenta Hillary Clinton cree que, después de derrotar a Trump y Sanders, le va a ser fácil volver a dar su respaldo a las políticas de acuerdos comerciales y a la globalización, es que no habrá entendido por qué la han elegido los votantes.

Y si no lo entiende, su luna de miel presidencial no durará mucho.

Ian Bremmer es presidente de Eurasia Group y autor de Superpower: Three Choices for America’s Role in the World. Pueden seguirle en Twitter @ianbremmer.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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