Las puertas cerradas del catalanismo

Como el ave Fénix que renace de sus cenizas, o como la mala hierba que nunca muere, según se mire, el catalanismo está experimentando un auténtico revival en Cataluña.

Desde laboratorios de ideas de muy distinto signo y condición, se está trabajando para hacer que el catalanismo se levante indemne, o incluso fortalecido, del destrozo causado por el procés, de modo que siga siendo lo que nunca ha dejado de ser: el requisito mínimo de la catalanidad, la puerta de entrada a la ciudadanía catalana.

Tal ha sido desde siempre su función, pues el nacionalismo no servía para ese fin. Pretender que el nacionalismo fuese el selector social hubiese sido demasiado exagerado, pues siendo la que es la realidad demográfica de Cataluña, habría quedado fuera del limes ciudadano más de la mitad de la población. Pero el catalanismo, ese poli bueno del proceso de construcción nacional, resultó la marca ideal para cartografiar el terreno catalán de lo aceptable: más allá del catalanismo viven los monstruos, o hic svnt dracones, como escribían los antiguos cartógrafos en sus mapas cuando señalaban las zonas que no convenía transitar. Y el mensaje caló hondo; uno puede ser o no ser nacionalista, hasta ahí llega la libertad de conciencia en Cataluña, pero según el pensamiento hegemónico, ser catalanista no es una opción, sino algo que va de soi —o debería—, si eres catalán.

Pero ahora tanto nacionalistas como catalanistas andan preocupados por el daño que el separatismo haya podido causar a su principal herramienta de ingeniería social. El procés podría acabar teniendo un resultado que los aterra. Algunos ya le han puesto nombre, «el fin del consentimiento», una elegante expresión que viene a decir que los ciudadanos que no comparten la identidad oficial ya no van a consentir ser tratados como ciudadanos de segunda en su propia casa.

Para limpiarse las salpicaduras de la antipática secesión, el catalanismo quiere mostrar su cara más amable. Por ello, de ese mismo magma de donde surgió el concepto «derecho a decidir», nos llega ahora la iniciativa de las «puertas abiertas del catalanismo». La estrategia en ambos casos es la misma, jugar con las palabras para dar un aspecto positivo a un mensaje negativo.

Como las propuestas nacionalistas tienen siempre muy mala pinta, los neocatalanistas suelen disfrazarlas para evitarse el rubor de verse ataviados con ellas. Así, por ejemplo, uno quedaría muy mal reconociendo que su deseo es evitar que los españoles decidan sobre algo que les afecta tan gravemente como son las fronteras de su país, y, sin embargo, es más fácil que quede bien diciendo que lo que reclama es su «derecho a decidir», aunque signifique exactamente lo mismo.

Con lo de las «puertas abiertas» sucede igual: uno puede quedar muy dignamente defendiendo que las puertas del catalanismo están abiertas, pero quedaría fatal defendiendo que las puertas de la ciudadanía plena catalana deben permanecer cerradas para todos aquellos que no acepten entrar por la puerta del catalanismo, lo cual significa, también, exactamente lo mismo.

El propio concepto de «catalanismo» está siendo objeto de vaciado y blanqueo. Una iniciativa en esta línea es el libro Catalanismo, 80 miradas con el que el neocatalanismo pretende remozar su credo de siempre para que se siga comprando en el siglo XXI.

En esta obra se presentan ocho decenas de maneras de entender el catalanismo, muchas de ellas contrapuestas. Tanto es así que no está claro si el objeto del libro es que se entienda lo que es el catalanismo o, por el contrario, que no se entienda. La duda no es retórica: una técnica clásica de manipulación del lenguaje aplicada a la propaganda consiste en despistar al interlocutor apartándolo del significado denotativo —racional— de la palabra para acercarlo al significado connotativo —emocional—, cargado positivamente según nuestro interés.

Así, ante la lectura de opiniones contradictorias o enfrentadas, es fácil que el lector concluya que no es posible definir con nitidez qué cosa es el catalanismo, pero que, sea lo que fuere, de lo que no le debería caber duda es de que el catalanismo es bueno para Cataluña, y es bueno para él. Con ello, el objetivo de los editores de Portes obertes del catalanisme estaría logrado.

Sin embargo, sí es posible definir el catalanismo, porque estamos ante un movimiento perfectamente identificado en la historia, con un recorrido que se puede seguir sin dificultad. Es obvio que existen muchos catalanismos, más o menos radicales, secesionistas unos e intervencionistas otros, etcétera, pero no es menos obvio que todos ellos comparten un denominador común. Y este denominador común, que es lo que hace del catalanismo un movimiento nocivo, no es honrado hurtarlo del debate.

Si algún lector interesado desea saber cuál es esa esencia del catalanismo, sin que los árboles le impidan ver el bosque, hará bien en realizar un acto tan sencillo como consultar la Wikipedia: «El catalanismo es un movimiento orientado a la exaltación de los valores propios y distintivos de la personalidad histórica de Cataluña: sus tradiciones, su cultura y la lengua catalana». Ahí tenemos ya, en nuez, lo que define el movimiento: la «exaltación» de una «personalidad histórica» definida en clave de identidad.

Esa confusión entre comunidad identitaria y comunidad política es, al mismo tiempo, el pecado original del catalanismo, y su razón de ser.

Cabe llamarlo «pecado original» porque mientras las comunidades políticas incorporan a todos los ciudadanos, con independencia de su identidad, las comunidades identitarias incorporan de manera preferente a los suyos. Y si atendemos a los pasos que describe Hannah Arendt, ese cierre de una comunidad fortaleciendo los vínculos identitarios es la primera fase del totalitarismo.

Si bien se mira, ahora que los cordones sanitarios están de nuevo de moda, pocos movimientos serían hoy tan merecedores de un cordón semejante como el catalanismo, pues pocos proyectos hay más contrarios, en rigor, a un proyecto político de ciudadanos libres e iguales. Incluso la voluntad de transversalidad del catalanismo es ya en sí misma un insulto explícito al pluralismo.

No se me ocurre nada más parecido a esa transversalidad que la que mostró el peronismo argentino: dentro, cabía todo, eso sí, una vez traspasadas las puertas de la fe en el movimiento. Es decir, un pluralismo de puertas adentro, pero cerrado a quienes no compartan el credo de la comunidad, en el caso que nos ocupa, la exaltación de la personalidad histórica de Cataluña, etcétera, etcétera.

En fin, que lo de las puertas abiertas del catalanismo es un sarcasmo salvaje.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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