Las raíces de la corrupción en Catalunya

Si no atendemos a las teorías conspirativas y nos atenemos a los hechos, no los alternativos sino los reales, vemos como la corrupción alcanza, en Catalunya, dimensiones alarmantes. Descartemos una primera explicación: la de que los jueces nos la tienen jurada por lo del ‘procés’. No convence la idea de que todo es una fabricación del Estado, como pretenden algunos imputados. La prueba es que hay procesados en toda España, muchos, por cierto, en las filas del Partido Popular. Lo que ocurre es que los enjuiciados catalanes supusieron, durante el pasado ejercicio, uno de cada cuatro. Más que nuestra aportación al PIB estatal. Este triste liderazgo tiene raíces antiguas y profundas. Revela una auténtica cultura, un modo de hacer, que penetró hace tiempo en ámbitos relevantes de la sociedad catalana. Y que siempre buscó un ‘alibi’ en la política del Estado hacia Catalunya.

Para no retrotraernos a los tiempos de Primo de Rivera, que un hombre de empresa como Gual Villalbí calificó de “inmorales”, empecemos por la posguerra. En los años 40 “todos fuimos contrabandistas”, reconoce Manuel Ortínez en sus memorias, relatando la estrategia de los prohombres del textil para adaptarse a los nuevos aires. Fueron los años del estraperlo y de las cuentas combinadas con las que se falseaban datos de exportaciones para hinchar cuotas de importación. Gaziel retrató a esta generación de manera inmisericorde: “Los herederos de Cambó fueron políticamente estériles y solo se dedicaron a las ganancias fáciles”’. Ya entonces estas prácticas buscaron una justificación en el maltrato del régimen hacia Catalunya, que era real: “A estos catalanes hay que ahogarlos económicamente”, declaró un jerarca al acabar la guerra. La sociedad catalana las pasó canutas, pero muchos industriales del textil hicieron su agosto con estas prácticas. Mientras los nombres más acreditados lo llevaron con cierta discreción, otros reunieron fortunas impúdicas. Como Julio Muñoz Ramonet, personaje de novela, antecedente de otros apellidos salidos de la nada, o de la casi nada, como Juan Vilá Reyes. Eran tiempos en los que las maletas, en vez de ir para Andorra, viajaban hacia Tánger, donde estaba Andreu Abelló y de donde volvían cargadas de divisas.

¡Qué tiempos aquellos para los algodoneros que copaban el palco del campo de Les Corts! Hasta que irrumpieron Núñez y los constructores que ya no necesitaban ir a Tánger para hacerse ricos. Les bastaba Bellvitge.

Esta cultura del chanchullo que se prolongó durante el franquismo, la heredó la Transición. Creó hábitos y, lo que es peor, su justificación. Pujol siempre defendió la historia de Banca Catalana como una respuesta a la arbitrariedad del régimen. Puede que el pasado no sea suficiente para explicar cómo pudo ocurrir lo de Banca Catalana, ya metidos en la democracia, o cómo emergió un fenómeno tan tóxico como Javier de la Rosa. Pero sí sirve para entender la condescendencia con la que contaron estos y otros escándalos. La mayoría de los grandes empresarios sabían lo de Catalana. Tampoco se engañaban acerca del origen pandillero de la fortuna de JR. Y nadie que conociera las ingentes sumas que manejaba Millet se llevaba a engaño acerca de los métodos ilícitos con los que el Palau manejaba sus cuentas. Pero nadie dijo nada, porque siempre había sido así. Porque se respiraba un clima donde la corrupción estaba tolerada, cuando no alentada, por el poder más cercano y legitimada por la animadversión del más lejano. Solo hace falta leer la lista de los regalos que recibió la hija de Millet el día de su boda para comprender hasta dónde alcanzó esta anuencia.

La mutación de la corrupción en una cultura tiene dos correlatos que vienen de lejos. La compra de funcionarios (con su derivada del 3%) y el silencio de la sociedad. La ‘omertà’, de la que los periodistas cargamos con la peor parte. Con algunas excepciones que merecen reconocimiento por parte del Col.legi. La connivencia con los funcionarios fue tan habitual durante décadas que contribuyó a crear algunas de las costumbres nocivas que se han revelado ahora. Añadiría que nuestra condición de nación sin Estado no ha hecho sino facilitar la promiscuidad entre lo público y lo privado. De hecho, solo el movimiento vecinal de los años 70 consiguió quebrar este círculo vicioso, al menos en el ámbito local. Pero las demás instituciones y el mundo privado siguieron beneficiándose de la opacidad. Con complicidades propias de una sociedad que ve tan lejano el Estado que ha creado sus propios códigos para averiguar lo que está bien y lo que está mal.

Andreu Claret, periodista y escritor.

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