Las raíces europeas del radicalismo islámico

Por Olivier Roy, politólogo francés y director del Centro Nacional de Investigación Científica de París (CNRS, en sus siglas en francés). Autor, entre otras obras, de El islam mundializado, Ed. Bellaterra, Barcelona, 2003 (FOREIGN POLICY -ED. ESPAÑOLA, OCT/05):

A los británicos les ha sorprendido comprobar que los terroristas autores de los atentados de Londres eran británicos de origen musulmán, bastante bien integrados. Se ha dicho que era un fenómeno nuevo. Pero no tiene nada de nuevo. Es evidente, desde hace años, que los terroristas islámicos que actúan a escala internacional (es decir, no los que se mantienen en un contexto nacional, como los saudíes, los iraquíes o los marroquíes, que actúan en su propio país) son producto de la globalización y la occidentalización del islam. Estamos más ante un proceso de radicalización interna de Europa que ante la importación europea de conflictos de Oriente Medio.

Resumamos las características de estos terroristas. Tienen una trayectoria accidentalizada: o son inmigrantes de segunda generación o llegaron jóvenes, como estudiantes, comerciantes o refugiados políticos. Están integrados, con frecuencia poseen la nacionalidad de un país europeo y, a veces, están casados con una europea. Hablan con soltura la lengua del Estado en el que viven. Pero, sobre todo, se radicalizan religiosa y políticamente en ese territorio de acogida. Son renacidas, según el modelo protestante estadounidense de los barn-again: pocos proceden de una familia piadosa, y su vida es normal (con alcohol y mujeres) hasta que un día, de pronto, se acercan de nuevo a la religión, pero no al islam tradicional de sus padres, sino a formas muy fundamentalistas, como el llamado salafismo. Esta variante es la que atrae hoy a numerosos jóvenes de la segunda generación y a conversos. La presencia de estos últimos en las redes de Al Qaeda es un fenómeno muy extendido y minusvalorado por los observadores, porque demuestra que no es Oriente Medio lo que impulsa esta transformación, sino el atractivo del radicalismo religioso.

El acercamiento a la fe y la conversión al islam suelen realizarse dentro de un grupo de amigos, en un barrio generalmente habitado por inmigrantes, un campus universitario o incluso la cárcel. A pesar de lo que se cree, los jóvenes no se vuelven fanáticos en las mezquitas en las que predican los imames extremistas ni tampoco en las madrazas (escuelas religiosas) de Pakistán. Primero, se radicalizan y luego buscan un sitio en el que encontrar a personas que compartan sus ideas. En una palabra, la radicalización religiosa va unida a la búsqueda de la acción violenta, y el primer paso es la radicalización política.

Esta realidad contradice la visión habitual en Europa y plantea varios problemas. Aunque el paso al terrorismo sea un fenómeno muy minoritario (varios centenares de posibles terroristas y unos miles de voluntarios que participan en la yihad en todo el mundo), es un síntoma patológico de las mutaciones que experimenta la población musulmana en Europa. Por consiguiente, es preciso examinar las connotaciones políticas de esos cambios.

El primer problema es la falta de análisis pertinentes en Europa. Sigue viéndose el extremismo islámico como consecuencia de la importación de las culturas y los conflictos de Oriente Medio. Hasta tal punto que no existen respuestas apropiadas ni en el plano social y cultural ni en el de la seguridad. Se piensa en función de la diáspara y el multiculturalismo, pero ése es un punto de vista anticuado. Por ejemplo, en cuestión de seguridad, las autoridades consideran que hay redes nacionales, es decir, militantes vinculados a sus países de origen, que actúan en Europa de acuerdo con determinadas estrategias políticas. En Francia, a principios de los 90, se hablaba de la “trama argelina”; en los últimos tiempos, en España, se menciona la “trama marroquí”, y en el Reino Unido, la “trama paquistaní”. Sin embargo, si se examina la situación con detalle, se ve que los militantes tienen las mismas características y no actúan en función de objetivos marroquíes, paquistaníes ni argelinos. El responsable de los atentados de Madrid, el marroquí Yunis Mohamed Ibrahim Al-Hayari, murió el 3 de julio de 2005 en Riad mientras luchaba junto a grupos radicales saudíes (incluso se dijo que era el jefe de la rama local de Al Qaeda). Si hay más marroquíes implicados en España y más paquistaníes en el Reino Unido es, sencillamente, por el distinto origen de la inmigración en cada uno de esos países, no por una estrategia específica. Por otro lado, Al Qaeda no es una organización centralizada, estructurada y dirigida desde Pakistán: algunos grupos que actúan en su nombre son, en realidad, franquicias que utilizan el concepto y la marca, pero que se han radicalizado y organizado de forma local en Europa u otros lugares. El papel de Internet en la movilización y organización demuestra que nos encontramos ya ante un fenómeno de alcance desterritorializado, no de ámbito regional.

CRISIS DE IDENTIDAD

También se menciona el papel teórico de los conflictos en Irak, Afganistán o Palestina, pero ninguno de los terroristas es iraquí, afgano ni palestino de origen. ¿Qué pensar, por ejemplo, de los autores del atentado fallido del 22 de julio en Londres, entre los que había un etíope que se hacía pasar por somalí? El discurso contra la guerra da a Al Qaeda la capacidad de legitimar sus acciones. Mohamed Buyeri, el asesino de Theo Van Gogh en Holanda, no ha mencionado prácticamente nunca a Oriente Medio como justificación de sus actos, sino que insiste en hablar de blasfemias y la defensa del islam en general, en un entorno occidental que considera hostil porque la religión ha perdido su arraigo social y su presencia cultural y, por tanto, parece frágil y amenazada: la violencia -que no es la expresión de una identidad de origen- nace precisamente de una crisis de dicha identidad. Además, en casi todas las redes de Al Qaeda hay conversos (como Germaine Lindsay, en Londres) sin ningún lazo identitario asociado a Oriente Medio y que adoptan las causas de liberación nacional (Irak, Palestina) de la misma forma que lo hacía la extrema izquierda europea con Vietnam en los 60 y 70: una lucha por “la defensa de los pueblos oprimidos”, “contra el imperialismo” y por “la revolución”, pero carente de una estrategia concreta. Hoy se hace la yihad por la yihad, como en otro tiempo se hizo la revolución por la revolución.

Por último, el islam que reivindican los radicales, el salafismo, se opone de forma explícita a todas las culturas nacionales, incluidas las musulmanas, y defiende un credo depurado de toda influencia cultural y particularismo local. De ahí su posible atractivo entre jóvenes culturalmente desarraigados, como los musulmanes europeos de segunda generación.

Efectivamente, el salafismo presenta ese desarraigo, no como una pérdida, sino como la oportunidad de reencontrar un islam puro, universal y verdaderamente internacionalista. Por contra, basta destacar que la población turca en Europa, que mantiene lazos muy estrechos con Ankara (por el uso de la lengua, la televisión y las asociaciones), no participa en el terrorismo, lo cual demuestra que, cuanto más fuerte sea el vínculo con el lugar de procedencia, menos radical es la religión que se practica.

El problema deriva, pues, de abordar el islam en Europa en términos de diásporas. El radicalismo es una consecuencia patológica (y minoritaria) de la occidentalización, y no la expresión de la importación en Europa de culturas y conflictos procedentes de Oriente Medio. No es el diálogo con las autoridades del país natal de los inmigrantes lo que va a permitir, salvo en casos concretos, intentar hallar soluciones. Igual que el concepto de “diálogo de civilizaciones” no tiene en cuenta que no nos encontramos ante dos civilizaciones diferentes sino ante una crisis de la civilización, una crisis de la relación con la cultura. Cuando una religión, sea cual sea, se reconstruye al margen de la cultura, desemboca forzosamente en formas de radicalismo.

Una consecuencia de este análisis es que el multiculturalismo no tiene razón de ser. La cuestión no es si ha fracasado: de todas formas, sólo tiene sentido si existen culturas bien diferenciadas que permitan crear la base de un vínculo comunitario, y es precisamente ese vínculo lo que se distiende. Los radicales no son la vanguardia violenta de una comunidad islámica en Europa: son marginados. Nunca se han integrado políticamente ni han militado en serio en movimientos políticos, musulmanes o no; en concreto, ninguno ha pasado por los grupos asociados a los Hermanos Musulmanes y, en cambio, muchos han pertenecido brevemente a una organización fundamentalista apolítica, Jamaat ut Tabligh, que propugna -al contrario que aquéllos- una especie de separatismo cultural por el que los musulmanes vivirían aparte del resto de la sociedad occidental. La solución, consistente en llamar a los líderes comunitarios a que se opongan al terrorismo, no sirve de nada, porque es el propio concepto de comunidad social y cultural el que está en crisis.

En realidad, los únicos que viven verdaderamente la diáspora, es decir, los que viven en función de su país de origen, son los auténticos refugiados políticos (como los Hermanos Musulmanes de Oriente Medio y los miembros del FIS argelino o de la Nahda tunecina), que se rigen por una estrategia que busca el cambio de régimen en los Estados de los que proceden, aceptan la democratización y buscan apoyos en Occidente. El problema no lo causan ellos, sino los desarraigados.

Así pues, hay que abandonar el ángulo del multiculturalismo, no porque produzca efectos negativos (el radicalismo surge independientemente de cuál sea la política oficial, multiculturalista en el Reino Unido o los Países Bajos, asimilacionista en Francia), sino simplemente porque la propia evolución de las sociedades occidentales lo ha superado.

La segunda consecuencia es que la cuestión fundamental no es ya la inmigración (que está ahí), sino la reconstrucción del islam (o, mejor dicho, varios islam) en un contexto de occidentalización y desarraigo cultural. En la práctica, los dos modelos de gestión que han dominado Europa con respecto a la cuestión de la inmigración durante los últimos 30 años están en crisis: el modelo multiculturalista de los países del Norte, porque está basado en la idea de la perennidad de las culturas -cuando lo cierto es que están en situación crítica-, y el modelo francés, porque, hasta hace poco, ha pretendido ignorar la permanencia e incluso el fortalecimiento de la identidad religiosa. Y lo cierto es que la nueva generación se caracteriza por la búsqueda de esa identidad.

Cuanto más crítica es la situación de la cultura, más se reafirma la religión. Es preciso alejarse del concepto de choque de culturas de Huntington, porque parte de la adecuación entre religión y cultura, y eso es lo que ya no funciona. Hay que abordar esta disociación de la cultura y lo religioso y favorecer la aparición de un islam europeo. Ahora bien, aquí nos encontramos con un gran malentendido: para la opinión pública europea, un islam europeo quiere decir un islam liberal, feminista y abierto. Por supuesto que existe, y es el que propugnan algunos pensadores reformistas, pero no es precisamente el que buscan los renacidos ni los conversos. El despliegue del islam en Europa sigue las mismas líneas que el cristianismo, y eso, en este momento, no quiere decir la modernización teológica, sino la reformulación de los preceptos religiosos en función de valores conservadores (la vida, la familia, la moral…). En este sentido, los musulmanes coinciden muchas veces con una Iglesia católica que, sin embargo, rechaza su presencia en nombre de la identidad cristiana de Europa. Entre ellos existen todas las formas de islam posibles -liberal, conservador, reformado-, pero la tendencia dominante es el conservadurismo moderado.

La idea de que el islam europeo sea liberal tiene tan poco sentido como decir que el cristianismo europeo es, por definición, liberal. La rigidez de la Iglesia católica sobre los aspectos del dogma y los valores morales, así como el carácter reaccionario de los movimientos carismáticos protestantes en lo político y lo social, demuestran que el liberalismo no es una característica inalienable de la europeización. En realidad, las autoridades políticas no deben intervenir en el ámbito teológico (eso supondría el fin de la separación entre Iglesia y Estado), sino favorecer la autonomía religiosa del islam europeo respecto a las culturas de los países de origen. Sus contactos deben producirse con las demás religiones presentes en Europa, más que con los países de Oriente Medio.

En vez de negociar con las autoridades egipcias o paquistaníes sobre el papel de las madrazas o la formación de los imames, hay que fomentar la creación de lugares adecuados en Europa. Trabajar para que el islam sea una religión europea no consiste en discutir sobre los dogmas, sino en promover su autonomía y su integración como simple religión (y no como cultura) en una Europa que no sea multicultural, sino sencillamente diversificada.

La inmigración ha producido desarraigados y rebeldes en busca de una causa. Pero también ha fabricado clases medias, intelectuales y profesionales que sólo pretenden poder vivir como musulmanes y europeos: a ellos es a quien hay que dirigirse, más allá de las consideraciones estratégicas y de seguridad, porque encarnan el futuro.