Las razones de Aznar

Por Pedro Schwartz, catedrático de Historia del Pensamiento (ABC, 03/03/03):

José María Aznar ha puesto en juego su carrera personal y el futuro de su partido uniéndose a la política de firmeza de los EEUU y el Reino Unido en el conflicto de Irak. Las recientes manifestaciones muestran, y repetidas encuestas confirman, que una gran parte de la opinión pública española rechaza esa política de firmeza, por considerarla belicista. Para muchos españoles de buena voluntad, significa unirse a quienes buscan desacreditar a la ONU, dividir la Unión Europea, socavar la OTAN, y avivar el conflicto entre civilizaciones, poniendo así en grave peligro la paz mundial. Incluso dentro del Partido Popular se oyen voces que airean su creciente preocupación ante ese desvío de la opinión, aunque sólo sea por lo cerca que están las elecciones municipales y autonómicas de mayo próximo.

El rechazo de un sector de la izquierda llega a ser tan pasional que se atribuyen hoy a Aznar crueles sentimientos y rastreras intenciones que no cuadrarían ni al más endurecido de los criminales o más cobarde de los esbirros. Hasta hace poco se le tenía por hombre de bien y político valiente: ahora muchos le pintan indiferente a los horrores de la guerra y esclavo del amo americano. Apenas ayer se le veía como un enérgico defensor de los intereses de España: hoy se le acusa de echar por la borda, sin ventajas visibles, alianzas políticas y relaciones comerciales con nuestros vecinos más próximos. La izquierda lo ha convertido en uno de esos peleles que las masas enfurecidas queman entre vítores y aplausos para significar la condena sin paliativos del representado.

Sin embargo, cualquier observador desapasionado tendrá que aceptar que Aznar ha elegido ese camino con los ojos abiertos. Esté uno de acuerdo o no con su apoyo a la política del presidente Bush, nadie puede decir que es persona que obre a ciegas, sin saber a dónde va, movido por un vano afán de notoriedad. En una situación tan cambiante y tensa como la planteada por la necesidad de desarmar a Irak y otros Estados terroristas, son posibles errores de cálculo. Pero en términos estratégicos no cabe duda que sabe lo que hace. Puesto que gobierna el rumbo de nuestra política exterior, preguntémonos por las razones de Aznar.

¿Cuál es la situación? Gobierna Irak un déspota sanguinario que ha invadido a dos países vecinos, Irán en 1980 y Kuwait en 1990. Ha utilizado armas químicas (ciertamente no suministradas por EEUU) contra los iraníes, contra los kurdos del norte del país en 1988, y por fin contra su propio pueblo los chiítas del sur cuando éstos se rebelaron después de la derrota en la Guerra del Golfo. En 1996, volvió a atacar a los kurdos del norte. Ha enviado repetidamente tropas a la frontera con Siria, en son de amenaza. En 1993, organizó el intento fallido de asesinar a Bush padre en Kuwait. Financia a los terroristas laicos de Hitzbollah y envía donaciones a cada una de las familias de los terroristas suicidas de Palestina. Hay sospecha vehemente de que su Gobierno anima a grupos de guerrilleros de Al-Qaida en la parte del Kurdistán iraquí que está fuera del control de Bagdad. Las armas de destrucción masiva que tiene Irak son de carácter químico y posiblemente biológico, pero lleva muchos años intentando construir armas nucleares, con la esperanza de seguir los pasos de Corea del Norte. A lo largo de los años, se ha burlado de 17 resoluciones del Consejo de Seguridad de las NU, la última de las cuales, la 1441 de noviembre de 2002, tampoco cumple.

Durante años, España ha sufrido la indiferencia de otros países democráticos ante el azote de ETA. Los terribles sucesos del 11 de septiembre de 2001 hicieron ver a la opinión de EEUU que el peligro terrorista no era un invento de países incapaces de tratar correctamente a sus minorías étnicas, sino una nueva amenaza mundial ante la que las naciones civilizadas debían reaccionar.

Nuestro aliado americano, el país más poderoso de la Tierra, necesita nuestro apoyo moral y político. Aznar no lo ha ofrecido incondicionalmente, sino presionando para que Bush resuelva la cuestión iraquí dentro del marco de la Carta de las Naciones Unidas. Se unió a Blair para conseguir que el Consejo de Seguridad adoptase la resolución 1441 y ahora ha colaborado en la redacción de un nuevo proyecto de resolución en la que explícitamente se pone a Sadam en la disyuntiva de desarmarse inmediatamente o sufrir un ataque militar. Pero el carnicero iraquí cuenta con una quinta columna de logreros de votos que se esconden tras el escudo humano de tantos y tantos sinceros amantes de la paz. El canciller Schröeder ha entregado la dirección de la política exterior alemana a los Verdes, olvidando quién echó abajo el Muro de Berlín, tras el que millones de alemanes padecían la misma horrible opresión que los iraquíes hoy. La actuación de Chirac tiene aún menos excusa. Lector incansable de biografías de Napoleón, el presidente francés ha amenazado a los países del Este de Europa con cerrarles la puerta de la UE si no le obedecen. Ha negado a Turquía el apoyo de la OTAN contra un posible ataque de su vecino del sur. Ahora presenta un texto en el Consejo de Seguridad en el que pide más tiempo para los inspectores de la ONU, a sabiendas de que el papel de éstos no es encontrar armas escondidas sino actuar de notarios del desarme voluntario de Irak. Busca aplazar el inicio de las operaciones hasta que el calor las haga imposibles. Parece incluso dispuesto a volar el edificio de las Naciones Unidas con un veto que pondría fuera de la ley al gran país defensor de las libertades mundiales.

No es el único jugador de ventaja en esta partida con los terroristas. En España también hay quien se esconde tras las masas pacifistas por miedo a perder votos. He tenido noticia fidedigna de que, hace muy pocos días, el president Pujol y el conseller en cap Mas expresaron en una conversación política privada su apoyo a la guerra contra Sadam. Ahora, presos de cobarde oportunismo, permiten que el Grupo parlamentario de CIU en el Congreso de los Diputados se una a la moción de socialistas y comunistas contra la política del Gobierno español. En España ya no hay más estadista que Aznar.

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