Las razones de Aznar

Por Ignacio Sotelo, catedrático excedente de Sociología (EL PAIS, 24/03/03):

Una pregunta se hacen todos en España, y por la impresión que tengo en Berlín, también en Alemania, al menos entre las personas mejor informadas, y probablemente en el resto del mundo: qué motivos han llevado al presidente del Gobierno español a justificar una guerra de agresión, contraria al derecho internacional y que no cuenta con el consentimiento del Consejo de Seguridad, que algunos estrategas de la nueva derecha americana han considerado, sin embargo, imprescindible para consolidar la posición de Estados Unidos en una región que después de la caída de la Unión Soviética ha adquirido una importancia estratégica de primer orden. Sobre los intereses y los objetivos de Estados Unidos nadie alberga la menor duda, así como todos entienden, aunque no lo aprueben, que la primera potencia mundial, con un ejército sobredimensionado al que nadie puede enfrentarse, tienda a pensar que los problemas al final terminan por resolverse recurriendo a la fuerza. La historia del imperialismo dura ya milenios y nada parece más ingenuo que pensar que en 1945, con la fundación de la ONU, habría llegado a su fin.

En una gran potencia, aunque haya que denunciarla, se entiende una política que sólo busca cimentar su hegemonía en el mundo; con nuestra historia, qué nos van a contar a los europeos. Pero, los más débiles, y a esta categoría pertenecemos, no pueden dejar de oponerse, y no sólo porque moralmente resulte inadmisible, sino también desde el más elemental realismo político. Nadie, en principio, si quiere salvaguardar su libertad, puede aceptar impasible una concentración semejante de poder. La gente no entiende las razones que tendría el Gobierno de Aznar para colocarse frente al derecho internacional y en contra de un orden multilateral que es el único que puede garantizar a la larga la convivencia pacífica de Estados tan desiguales.

Menos se entiende aún que no se marque la menor distancia de Estados Unidos, cuando, objetivamente, cierra el paso a una Europa unida que en el futuro pueda expresar sus diferencias, como, por lo demás, debería ser natural entre aliados que no hubiesen sido degradados a vasallos. En los próximos años el dilema que está en juego es una Europa con un mayor grado de autonomía, aunque siga aliada de Estados Unidos, o una Europa sometida, tanto o más que lo ha estado a partir de la segunda posguerra, al depender, ante la amenaza soviética, por completo de Estados Unidos. La opción es entre una Europa autónoma o una Europa meramente dependiente de Estados Unidos. Nada más instructivo en el momento actual que estudiar con algún detenimiento cómo la Grecia helenística terminó colonizada por Roma. Los hay que ya especulan incluso con la posibilidad de que algún día la Unión Europea llegue a formar parte de Estados Unidos. Ni que decir tiene que al contribuir a la división de Europa, Aznar ha perdido la posibilidad, si es que tenía alguna, de ser elegido presidente de la Comisión o de la Unión si se creara este puesto. No es todo; la política de Aznar ha dado un duro golpe a la imagen de España en el mundo árabe y en Iberoamérica, las dos zonas en las que algo contábamos, haciendo además oídos sordos a los clamores del pueblo español contra la guerra, con los costes electorales que pueda implicar.

¿Por qué, entonces, el Gobierno ha optado por una vía que nos pone en situación, no sólo bastante embarazosa, como trasluce el tartamudeo del lenguaje oficial, pegado a unas pocas consignas, sino que entraña además riesgos graves para el país, incluso para el partido gobernante? Porque nadie supondrá en serio que el Gobierno crea en un discurso que sólo resulta creíble desde el convencimiento previo de que todo lo que convenga a Estados Unidos conviene al mundo. Creencia que se expresa en la “misión manifiesta” de trasladar su modelo político y económico al resto del mundo. Sólo entre los patriotas americanos he tenido la impresión de que se creen de verdad lo que dicen. Todos los imperialismos del pasado han comulgado con creencias semejantes, en un tiempo hondamente sentidas, y que hoy nos suenan ridículas, con una sola excepción, el mensaje imperial que comporta La Eneida, pero también es el romano un imperio que no cabe dejar de admirar.

El señor Aznar, un jefe de Gobierno extranjero, con un simple patriota americano no puede compartir la fe en que el objetivo fuese el desarme de Irak, cuando, evidentemente, era sólo el pretexto; el verdadero objetivo, bien a la vista está, es derrocar el régimen de Sadam Husein. Con esta operación militar se ha iniciado una remodelación de la región, de modo que a la larga resulte compatible con los intereses estadounidenses. En consecuencia, no podía creer que Irak, en las condiciones en que quedó después de la derrota de 1991, padeciendo bombardeos continuos en la zona sur de exclusión y con pocos recursos para rearmarse, al tener muy limitada la exportación de petróleo, significase un peligro inminente por poseer algunas armas de destrucción masiva que, por lo demás, nadie ha comprobado. El hecho fehaciente, en cambio, es que los servicios secretos angloamericanos han falsificado las pruebas que han presentado en el Consejo de Seguridad. Nadie ha concretado en qué consistiría este “peligro inminente”, ni menos se ha explicado por qué resultó intolerable, precisamente, a partir del ataque terrorista del 11 de septiembre, que puso al descubierto la verdadera situación del Oriente Medio, caracterizada por la fragilidad de los gobiernos amigos. Los dirigentes de la organización terrorista Al Qaeda son saudíes, egipcios, kuwaitíes, ciudadanos de países aliados de Estados Unidos; si alguno viniese de Irak, ya lo habrían resaltado. El hecho es que tampoco se ha comprobado el menor contacto del régimen iraquí con el terrorismo integrista, que se financia con dinero saudí y tiene sus líderes religiosos en Egipto.

Cuando, carentes de pruebas, se hunden estos argumentos, se pasa a denunciar al régimen de Sadam Husein como una calamidad para su pueblo, lo que resulta ya mucho más convincente, aunque no quede claro por qué sería peor que algunos de los que sufren otros países de la región. En lo que respecta a la integración social de la mujer, estando muy lejos del ideal, Irak es sin duda un poco más presentable que, por ejemplo, Arabia Saudi. Charles Fourier decía que la forma que una sociedad trata a la mujer es la mejor prueba del grado de civilización que ha alcanzado. En suma, la debilidad argumentativa del señor Aznar en apoyo a la guerra queda patente en que salta de un razonamiento a otro, según cuadre, sin acabar ninguno de manera concluyente.

Si les seguimos acosando, los belicistas a la manera de Bush terminan replegándose a una argumentación hipotética. Puede que Irak no posea armas de destrucción masiva en cantidades alarmantes, por lo menos no podemos demostrarlo, pero si continuamos sin hacer nada, terminará por tenerlas; puede que los llamados “países canallas” no estén aún conectados con organizaciones terroristas, pero ya se sabe que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, y si nos cruzamos de brazos acabarán por estarlo, eso sí, cuando sea demasiado tarde. La meta de este tipo de argumentación hipotética es concluir en la necesidad de una “guerra preventiva”, que es el concepto contrario a derecho, que resulta, sin embargo, imprescindible en cualquier política imperialista.

Si las razones que ha esgrimido el señor Aznar no aguantan la menor crítica, y no le puede haber pasado inadvertida su debilidad dialéctica, entonces cuáles son los motivos que tiene para apoyar la guerra. ¿Por qué Aznar ha arriesgado tanto al ponerse de manera incondicional de parte de Estados Unidos? Es la pregunta, repito, que se hacen muchos fuera y dentro de España.

Si eliminamos la hipótesis más obvia, y es que, habiendo aprovechado la ocasión para subir a la cumbre, el señor Aznar sufra vértigo de altura, o la más extravagante que he leído en un periódico alemán, que vuelven a enfrentarse en Europa las potencias marítimas, Inglaterra y España, a las continentales, Francia y Alemania, caben algunas conjeturas, que, insisto, no son más que suposiciones.
La primera hace referencia a nuestra mayor debilidad, la lucha, siempre inacabada, contra el terrorismo de ETA, que explica buena parte de nuestra política interior y casi la totalidad de la exterior. Para asegurar la colaboración antiterrorista, hemos tenido que ir pagando un precio a muy distintos países, y no sólo a Francia. ¡Qué esperanzas no habrá levantado en el Gobierno español el que, después del 11 de septiembre, Estados Unidos encabezase la guerra contra el terrorismo! Aznar lo ha dicho con la mayor claridad: si Estados Unidos toca a rebato para una guerra contra el terrorismo, España, que lleva decenios en esta lucha, de ningún modo podía faltar. Algo parecido he oído a un ministro argelino, feliz de que por fin Argelia no estuviera sola en su lucha contra el terrorismo integrista.

Una segunda explicación, en cierto modo complementaria, es que se gana más si uno se coloca del lado del vencedor. Es la experiencia básica de todo aquel que ha llegado a algo en política. La posición hegemónica de Estados Unidos está ya firmemente consolidada; ninguna otra potencia o conjunto de potencias, ninguna organización internacional, incluida la ONU que sólo se le permite existir si no se opone a los planes de Estados Unidos, podrían frenar o modificar un ápice la voluntad imperial. Si a ello se suma que una Europa unida pareciera que sólo podría tener un futuro si se sigue construyendo, como hasta ahora, bajo la supervisión de Estados Unidos, dentro de la más recia unidad transatlántica, que sería la que en definitiva importa. No en balde de la seguridad de Europa se encarga una organización que dirige Estados Unidos. La guerra de Irak será breve y pronto la olvidarán los pueblos, pero en la posguerra unos estarán mejor colocados que otros, y pudiera ocurrir que con el apoyo de Estados Unidos el actual eje franco-alemán fuese sustituido por uno que lo formen el Reino Unido, Italia y España. Al fin y al cabo, estos tres países, no sólo han apostado por la preeminencia de Estados Unidos, sino también por una política neoliberal que consideran la mejor capacitada para crear riqueza; bien a la vista está cómo el modelo renano de capitalismo hace agua en Francia y en Alemania. Por tanto, a España lo que más le conviene es convertirse en un aliado privilegiado de Estados Unidos.

Y en cuanto a los costes electorales, lo que Aznar diría es que si las elecciones municipales y autonómicas del 25 de mayo se celebrasen antes de que hubiese acabado la guerra, el descalabro del PP sería mayúsculo. Pero si la guerra dura poco, como es altamente probable, y las televisiones del mundo en vísperas de las elecciones están llenas de imágenes de un pueblo iraquí saludando a sus libertadores y se narran por extenso los crímenes del régimen, así como se cuenta la fábula de que un Gobierno tan despótico no ha empleado las armas de destrucción masiva, no porque no las tuviera, sino para no desprestigiarse ante la opinión mundial, a la vez que baja unos dólares el precio del petróleo y suben las bolsas, la opinión pública podría girar en la dirección contraria. Esto al menos es lo que piensa el Gobierno, seguro de que, pese a los riesgos corridos, a mediano plazo tendría todas las de ganar. Si está en lo cierto, ya es harina de otro costal.

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