Las rencillas entre los aliados asiáticos de los Estados Unidos

A los diplomáticos estadounidenses les gusta definir a los aliados de su país con elogios. Así, el mundo notará cuando este entusiasmo está ausente –como cuando la Subsecretaria de Estado de los Estados Unidos, Wendy Sherman, reprendió públicamente a Corea del Sur por sus agravios aparentemente interminables contra Japón durante una conferencia reciente sobre Seguridad en Asia, realizada en Washington, DC. De acuerdo con Sherman, la postura de Corea del sur –reflejada en su exigencia a Japón de presentar sus disculpas una vez más por obligar a mujeres coreanas a dar servicios sexuales al ejército imperial durante la Segunda Guerra Mundial –ha generado “parálisis, no avances”.

Sin embargo, la crítica de Sherman también se le puede hacer a Japón. El primer ministro Shinzo Abe no ha perdido oportunidad en provocar los reproches coreanos contra Japón, ya sea por visitar el santuario Yasukuni en Tokio, donde están enterradas “las almas” de 14 criminales de guerra Clase A, o por adoptar posiciones revisionistas sobre disculpas previas presentadas por Japón por sus agresiones.

En lugar de ayudar conjuntamente a su aliado estadounidense a enfrentar los desafíos emergentes por el auge de China y la amenaza nuclear norcoreana, Corea del Sur y Japón han dejado que su rencor obstaculice acciones efectivas. Estas tensiones aparentemente interminables han provocando durante años frustración –e inquietud– en los dirigentes estadounidenses, sobre todo porque han socavado el “eje” estratégico de los Estados Unidos en Asia.

Desde que el presidente, Barack Obama, anunciara este eje hace cinco años, los Estados Unidos han estado tratando de impulsar sus fuerzas y alianzas en Asia, fortaleciendo así su participación estratégica en una región donde China está intentando dominar cada vez más. Sin embargo, las críticas implacables de sus dos aliados asiáticos más importantes han bloqueado el tipo de cooperación concreta que necesitan los Estados Unidos para alcanzar sus objetivos, incluida una presencia militar garantizada de largo plazo y duradera en la región.

Un buen ejemplo de lo anterior es el tema del intercambio de información. En diciembre, las autoridades estadounidenses, con el fin de tener más información sobre los programas nucleares y balísticos de Corea del Norte –y permitir a los comandantes reaccionar rápido si las amenazas potenciales se concretaran– anunciaron un nuevo acuerdo de intercambio de información celebrado con Corea del Sur y Japón. Sin embargo, el pacto podría ser un guión para una comedia: Japón y Corea del Sur se niegan a facilitar datos de inteligencia recíprocamente, lo que hace que los Estados Unidos tengan que desempeñar el papel de intermediario.

Los Estados Unidos han subrayado los aspectos positivos, y señalan que el acuerdo es un paso adelante. Pero, aunque sí representa un avance respecto de 2012, cuando la oposición popular en Corea del Sur a la idea de una cooperación militar con Japón causó el colapso de un acuerdo similar, los esfuerzos más recientes son insuficientes, por decir lo menos.

China ha estado dispuesta a capitalizar las rencillas entre Japón y Corea del Sur para minar los interese de seguridad estadounidenses en Asia. Durante una visita a Corea del Sur en julio pasado, el presidente, Xi Jinping, subrayó no solo la profunda relación económica de los dos países, sino también sus opiniones compartidas respecto al pasado de guerra japonés. Otras autoridades chinas han abordado el tema, con lo que dejan entrever que la celebración en China del setenta aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial podría excluir a Japón –a menos, claro está, que Japón se muestre más arrepentido por sus faltas históricas.

Es tiempo de que los Estados Unidos hagan entender a sus aliados asiáticos que deben superar sus rencores. Como el garante de la defensa nacional japonesa y surcoreana, los Estados Unidos simplemente no pueden dejar que sus rivalidades históricas impidan emprender acciones para abordar las amenazas urgentes en esta región crucial.

El momento no puede ser mejor, pues los temores en aumento sobre seguridad están alterando las percepciones del público.  Encuestas de opinión recientes sugieren que al menos la mitad de los surcoreanos están inquietos por las tensiones regionales al grado de apoyar mayores vínculos militares con Japón.

En efecto, los riesgos para la seguridad que enfrenta Asia están aumentando –como se puede ver en las medidas de China de pasar de una expansión militar a una flagrante determinación. Principalmente, en los mares Oriental y Meridional chinos, donde este país ha estado reclamando derechos sobre territorios insulares disputados, por lo que ha desplegado equipos  militares avanzados y vigila agresivamente una zona de seguridad ampliada. Mientras tanto, filtraciones de think tanks chinos han señalado que si el régimen norcoreano colapsara, China bien podría enviar tropas para mantener la estabilidad del país. En su nuevo panorama de seguridad, Asia valora la cooperación fluida entre los aliados de los Estados Unidos –posibilidad que queda en entredicho debido a las rencillas permanentes entre Japón y Corea del Sur. Se podría decir incluso que la antigua disputa hace que el sistema de alianza asiático de los Estados Unidos valga menos que la suma de sus partes.

Es urgente componer la relación entre Corea del Sur y Japón. Aunque las dos partes tengan la voluntad, tomará tiempo construir una solida alianza de defensa. La cooperación militar efectiva requiere de vínculos personales que se construyen con el paso de los años y, salvo por algunos ejercicios navales y aéreos conjuntos, los dos países tienen poca experiencia uniendo fuerzas. Impulsar la interoperabilidad técnica también llevará su tiempo, aunque los dos países mantienen fuerzas sofisticadas de defensa con gran potencial para asociarse.

Asimismo, la cooperación efectiva necesitará de un margen de acción ampliado de acción conjunta –imperativo que no se refleja en el acuerdo recién celebrado de intercambio de inteligencia. Los riesgos para la estabilidad en Asia nororiental van más allá de las armas nucleares y los programas de misiles norcoreanos, por lo que una agenda conjunta de inteligencia debería abordar estas cuestiones. ¿Cómo responderán los aliados a la amenaza de un ataque militar convencional de Corea del Norte o a una Corea del Norte inestable? ¿Qué sucederá si el régimen norcoreano colapsa y China sí decide intervenir militarmente?

Después de pasar las seis últimas décadas defendiendo a Corea del Sur y Japón, los Estados Unidos tienen toda la razón –y mucha influencia– en exigir que sus dos antiguos aliados fortalezcan su cooperación militar. Enfocarse tan solo en lo positivo –orientación clásica de los Estados Unidos hacia la alianza diplomática–  ya no es suficiente.

Cualesquiera que sean sus diferencias históricas, Corea del Sur y Japón encaran riesgos serios en su vecindario inmediato. Depende de los Estados Unidos garantizar que trabajen conjuntamente para su propia protección  –y asegurar una estabilidad de largo plazo en Asia.

Kent Harrington, a former senior CIA analyst, was National Intelligence Officer for East Asia and Chief of Station in Asia, and served as the CIA’s Director of Public Affairs. Traducción de Kena Nequiz

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