¿Las sanciones están salvando a Rusia?

Las sanciones económicas impuestas a Rusia por Occidente en marzo de 2014 sin duda han resultado dolorosas. Pero hasta el momento no han logrado el objetivo de debilitar la posición del presidente ruso, Vladimir Putin. De hecho, pueden tener el efecto contrario y dejar a Rusia -y a su presidente- más fuerte que antes.

Se calcula que los países de la Unión Europea han perdido unos 100.000 millones de dólares en comercio con Rusia, lo cual afecta tanto a los productores de leche bávaros como a los exportadores industriales del este de Alemania. El PIB ruso, que creció modestamente en 2014, se contrajo un 4,6% en términos anuales en el segundo trimestre de este año. El rublo perdió más de la mitad de su valor frente al dólar en el segundo semestre del año pasado, alimentando la inflación, que se incrementó un 15,6% interanual en julio.

Sin embargo, la inflación hoy parece haber alcanzado su punto máximo y la apreciación del dólar estadounidense mitigó los efectos de la caída de los precios del petróleo y del gas, de manera que el valor de las reservas extranjeras de Rusia en realidad aumentó, alcanzando la cifra de 362.000 millones de dólares en junio (13% de los cuales están en oro). Y, a pesar del ajuste en Rusia, la popularidad de Putin está más alta que nunca.

El razonamiento detrás de las sanciones económicas es claro: el libre comercio y los mercados libres ofrecen crecimiento (y, por ende, respaldo político para el gobierno), mientras que las restricciones sofocan el crecimiento (y, por lo tanto, erosionan el respaldo al gobierno). Este énfasis en el libre comercio y los mercados libres fue un dogma central de la economía clásica británica del siglo XIX. Y sigue siendo un mensaje medular de la escuela neoclásica dominante de hoy -encarnada en el llamado “Consenso de Washington”, adoptado en todo el mundo por consejo del Fondo Monetario Internacional- que sostiene que la clave para el desarrollo económico consiste en abrir, desregular, liberalizar y privatizar.

Ahora bien, la teoría es esencialmente errónea. Nunca una potencia económica se desarrolló exclusivamente sobre la base de políticas de laissez-faire. El ascenso económico del Reino Unido, por ejemplo, se basó en buena parte en la protección estratégica, la política industrial, los aranceles y las barreras comerciales no arancelarias.

El éxito industrial del Reino Unido se originó con la industria textil. Los líderes del país tomaron conciencia de que la exportación de materias primas, principalmente lana, sería inadecuada para impulsar el desarrollo económico. Para eso, Inglaterra tendría que subir por la escalera del valor agregado, importando materias primas y exportando productos terminados.

De manera que los líderes de Inglaterra diseñaron una política industrial que implicaba traer al país tejedores textiles flamencos para ofrecer asesoramiento a las firmas británicas. Es más, erigieron barreras comerciales: al prohibir la exportación de lana sin procesar y la importación de productos de lana terminados, los textiles indios, que muchas veces eran superiores y más económicos, no podían competir con la producción doméstica. Adoptaron leyes de navegación que restringían el acceso de buques extranjeros a los puertos británicos y hasta implementaron una ley de fomento de la demanda que requería que los muertos fueran enterrados con productos de lana. Por último, la mecanización de la industria textil abrió paso a la Revolución Industrial, y la producción masiva y las exportaciones sustentaron el desarrollo de la mayor flota marítima del mundo.

A mediados del siglo XIX, el economista alemán Friedrich List resaltó el papel que ejercieron esas políticas en el desarrollo del Reino Unido. En línea con su consejo, Estados Unidos, Alemania y Japón emplearon políticas industriales y de protección comercial acertadas, a la vez que se esforzaron activamente para brindar respaldo a los sectores emergentes –una estrategia que les permitió desarrollarse rápidamente y hasta superar a Gran Bretaña.

Las restricciones también resultaron efectivas para alentar el desarrollo económico: en 1812, cuando el Reino Unido declaró la guerra e impuso un embargo comercial a Estados Unidos, la sustitución de importaciones permitió que floreciera el sector industrial norteamericano. Cuando se levantó el embargo y se redujeron los aranceles comerciales, la industria estadounidense experimentó dificultades –hasta 1828, cuando nuevos aranceles británicos volvieron a favorecer la industria estadounidense-. De la misma manera, durante la Primera Guerra Mundial, un embargo comercial británico impulsó el desarrollo de las industrias de alta tecnología alemanas debido a la demanda de sustitutos.

Por supuesto, los embargos pueden tener un efecto devastador cuando un país no cuenta con los recursos necesarios para sustituir las importaciones. Es por eso que las sanciones económicas resultaron tan nocivas para Irán y, antes, para el pueblo iraquí.

Sin embargo, para un país como Rusia, con sus abundantes recursos naturales, experiencia tecnológica y mano de obra capacitada, las sanciones pueden tener el efecto contrario. La Unión Soviética se esforzó por capitalizar esos factores, debido a la débil estructura de incentivos del comunismo. Hoy, en cambio, Rusia tiene un sistema capitalista que ofrece beneficios considerables a quienes mejor se adaptan a las restricciones.

En resumen, Rusia tiene todo lo que necesita para progresar, a pesar de las sanciones –o debido a ellas-. Pero convertir la oportunidad en una realidad requiere que Rusia lleve a cabo una transformación económica.

La teoría comercial neoclásica se basa en el concepto de la ventaja comparativa: los países deberían capitalizar sus fortalezas relativas, desde la capacidad tecnológica hasta los recursos existentes. Pero, como sabían los líderes ingleses y como ha demostrado la experiencia de muchos países africanos y latinoamericanos, la simple exportación de materias primas es inadecuada para impulsar el desarrollo. Históricamente, la política de desarrollo más efectiva se ha centrado en la intervención del gobierno para establecer industrias domésticas de un mayor valor agregado. En décadas anteriores, Japón, Taiwán, Corea del Sur y China han tomado este camino.

Para Rusia, subir por la escalera del valor agregado no debería ser difícil; tiene todo lo que hace falta para fabricar los productos terminados que antes importaba. En verdad, la sustitución de las importaciones ya ha aumentado la productividad en varios sectores clave: ingeniería, petroquímica, industria liviana, industria farmacéutica y agricultura. Las exportaciones anuales de bienes de alto valor agregado aumentaron un 6% en el primer trimestre de este año.

Es más, el liderazgo ruso ha acelerado la cooperación con las otras economías de los BRICS (Brasil, India, China y Sudáfrica), y Putin recientemente anunció planes ambiciosos para impulsar la demanda doméstica.

Las sanciones de Occidente contra Rusia quizá no sólo no logren cambiar la situación de Ucrania; también pueden impulsar la tan esperada transformación estructural del país. Si Rusia replica con éxito el régimen de asesoramiento crediticio utilizado por las economías del este de Asia, aumentando al mismo tiempo la eficiencia de la gestión, otro milagro económico es posible.

Richard A. Werner is Professor of International Banking at the University of Southampton and author of New Paradigm in Macroeconomics.
Vladimir I. Yakunin is Chair in State Policy at Lomonosov Moscow State University, Founding President of the World Public Forum, and former Chairman of Russian Railways.

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