Las secuelas del 11-S

Por Joaquín Roy, director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (EL CORREO DIGITAL, 12/09/06):

Cuál es el balance en Estados Unidos de un lustro de experiencia desde la tragedia del 11 de Septiembre? En gran manera, la inmensa mayoría de los ciudadanos todavía están en la etapa postraumática, sin apenas entender qué ha pasado. La minoría pensante está fundamentalmente dividida entre los que ya arropaban al presidente Bush antes del ataque y los que tenazmente se han opuesto a las tesis reduccionistas, intervencionistas, y unilaterales.

Aparentemente, bajo los efectos de un iluminismo extremo, se ha reforzado la tradicional doctrina del excepcionalismo de Estados Unidos que a la postre justificaba toda política, por descabellada que fuera. El resultado de la experiencia es que es mucho más difícil ser estadounidense hoy, en un mundo muy complejo y confuso, y que no toda la culpa puede ser atribuida a Bin Laden. El daño es también, en gran parte, autoinflingido.

Durante los primeros meses, sobre todo hasta que se produjo la lamentable intervención en Irak, los norteamericanos vivieron una experiencia única de la que se protegieron asiéndose a una manta de seguridad, de rechazo a lo que se identificó inmediatamente como ‘extranjero’. En contra de lo que superficialmente se cree, la psique norteamericana es fundamentalmente de origen aislacionista, reticentes a aventuras fuera de su vecindario. La tragedia del 11 de Septiembre atrapó a la mente popular en plena dormilona del final de la guerra fría.

Ante lo insólito, se identificó la tragedia como un producto externo: extranjeros eran los terroristas, extranjera era la ideología que los impelía, y extranjero era (y es) el fenómeno general que el presidente Bush vendió tozudamente como ‘el eje del mal’. Ante el daño hecho, sin apenas tiempo para reaccionar, se puso en marcha una maquinaria de guerra contra el nuevo enemigo, etéreo y no identificado. La ejecución de esta represalia se puso en manos de una fuerzas armadas que se convertían en una especie de legión extranjera y que cada día que pasa se sienten más divorciadas de la sociedad norteamericana, gracias al sistema de incorporación voluntaria. En nada es comparable a la simbiosis entre la sociedad y los ejércitos durante las experiencias gloriosas de las dos guerras mundiales y la de Corea, y también en Vietnam, y el ejército voluntario y los contingentes de reservistas forzados a actuar hoy. Hoy se detecta con dolor que los excesos de una cárcel en Irak no son la excepción, sino la norma.

Mientras tanto, a pesar de la campaña sistemática de la Casa Blanca para mantener la guardia en puntuales ocasiones, la amenaza terrorista se ha experimentado más como una molestia que como un peligro. Todavía hoy los norteamericanos (con la excepción de las familias de los militares) apenas sufren el impacto del chantaje terrorista. Si uno no se ve obligado a viajar semanalmente, los controles de los aeropuertos se interpretan más como un fastidio. Al regresar a casa, se vuelve a la rutina.

En el exterior, Bush ha conseguido en cinco años trocar irremediablemente la ambivalente percepción que se tenía en el mundo acerca de Estados Unidos. Antes se distinguía entre lo que eran los errores de política exterior en ciertas épocas y la fascinación por la cultura popular en casi todo el planeta. Al exigir que ‘el que no están con nosotros está contra nosotros’, ha logrado que el espejismo del titular de ‘Le Monde’ del 12 de setiembre (‘todos somos americanos’) cayera triturado como las Torres Gemelas. Si antes del 11 de Septiembre el antiamericanismo era un monopolio de la ultraizquierda y unos focos de la derecha en países como Francia y, todavía nostálgica, en España, ahora ha engullido irremediablemente a trozos inmensos del Tercer Mundo y Europa para oponerse justificadamente a la política unilateral de Bush.

En el frente interior, Bush se ha refugiado cada vez más en esa América profunda que antes era el espinazo y la reserva de lo mejor que ofrecía el país, y ahora es espejo de una sociedad desconfiada, temerosa del exterior. El 50% que lo votó es precisamente el que no lee las docenas de libros que hacen añicos la estrategia de los ‘neocons’ y que no accede a los editoriales de la prensa de referencia (un puñado de diarios de circulación nacional y una media docena de revistas). Más del 80% de los ciudadanos y la mitad del Congreso no tienen pasaporte.

A cambio, la Casa Blanca ha arremetido contra los medios de comunicación que han sido tradicionalmente críticos de todo poder, por obligación de su función, pero que esta vez se ha interpretado como crimen de leso antipatriotismo. El resultado, por lo tanto, es un país dividido con dudas de recuperarse cuando el presidente deje el poder dentro de dos años.