Las seis maravillas perdidas del mundo antiguo

Pesa una rancia y horrible maldición sobre la lista de las siete maravillas del mundo antiguo. No se sabe, en primer término, quién o quiénes hicieron la primera selección de los monumentos, aunque se sospecha del poeta Calímaco de Cirene, muy aficionado a las listas y autor de un libro Sobre las maravillas de todas las clases reunidas por lugares. El periodo helenístico fue proclive a esta acumulación comparativa y exaltadora.

Lo que se puede leer en la actualidad, en segundo término, es un brevísimo texto del poeta Antípatro de Sidón, la fuente principal que se impuso en el tema, quien dejó una breve descripción con los nombres de lugares emblemáticos: “He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de Zeus de los alfeos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esos otros mármoles perdieron su brillo, y dije: Salvo desde el Olimpo, el Sol nunca pareció jamás tan grande“.

En todo caso hay que decir que seis de las obras mencionadas desaparecieron; apenas un complejo funerario se conserva y corre peligro extremo: las pirámides de Giza en Egipto (construidas entre el 2575-2130 a. C.). Hay un proverbio árabe que advierte que todos los hombres temen al tiempo, pero que el tiempo teme a las pirámides. Irónicamente, las cinco muestras que pretendían dar cuenta de la importancia de la cultura griega no pasaron la casi imposible prueba del tiempo.

Existe un tratado al que falta el capítulo final, atribuido sin énfasis a Filón de Bizancio; en este texto, titulado De septem orbis miraculis, se comenta: “De cada una de las siete maravillas a todos llega noticia por la fama, pero raros son los que con sus ojos las ven. Porque hay que trasladarse a Persia, atravesar el Éufrates, viajar al Egipto, irse a vivir con los eleos de la Hélade, llegar a Halicarnaso de Caria, navegar a Rodas y contemplar Éfeso en Jonia. Y después de vagar por el mundo, cuando uno está deshecho por el peregrinaje, entonces se cumple el deseo, cuando hasta la vida, con los años, ha dejado de existir”.

Filón vivió en el siglo III a. C., era ingeniero mecánico, una especie de Arquímedes que redactó obras sobre sus inventos; no deja de sorprender su afición por la construcción de máquinas de guerra o el planteamiento de ingenios de la hidráulica. En 1628 Lukas Holste pensó en divulgar el antiguo escrito en una edición latina, incluida dentro de una colección que titularía Autores de escritos sobres lugares de maravillas (Auctores qui de miraculis locorum scripsere), pero sólo en 1688 tuvo la fortuna de ser citada por Claude Le Menestrier en un texto sobre el templo de Artemisa.

La insistencia en el número siete se extendió a diversos géneros. El poeta Hesíodo en Los trabajos y los días (v. 770) pensaba que el siete había sido consagrado a Apolo por ser el día de su nacimiento. De hecho, el sobrenombre secreto del dios era Hebdomeios.

Uno de los dramas de Esquilo se titula Los siete contra Tebas. En las listas de los filósofos presocráticos más relevantes se hablaba de los siete sabios: Tales de Mileto, Quilón de Esparta, Bías de Priene, Periandro de Corinto, Pítaco de Mitilene, Cleóbulo de Lindos y Solón de Atenas.

En la época helenística era imprescindible leer las siete obras consagradas de Sófocles, en detrimento del centenar escritas por él, guardadas en una copia oficial finalmente esfumada de las bibliotecas de Atenas y Alejandría. Los bibliotecarios de esta última ciudad, tal vez por imitar la palabra de Platón, solían hacer “selecciones” y no, como se ha dicho, “cánones”.

La palabra canon era usada por los griegos para referirse a la ética, como hoy llamamos modelo a cuantos actos deben ejecutarse por sus virtudes. El primero en dar nombre de canon a las selecciones alejandrinas fue David Ruhnken, quien siguió el término eclesiástico de canon en los libros de la Biblia admitidos como auténticos.

A Gregorio Nazianzeno, el Teólogo, se debe un corto tratado titulado Siete espectáculos del mundo (De septem mundi spectaculis) donde ponderó: la Tebas egipcia, con sus múltiples templos; los muros de Babilonia, que protegían una codiciada ciudad; el sepulcro de Mausolo y sus ornatos arquitectónicos; el conjunto de pirámides, el coloso de Rodas, el capitolio de Roma y el monumento de Adriano. Por vez primera, se incluyó una obra romana.

La consagración de la lista puede comprobarse con la lectura del tratado De septem mundi miraculis(Sobre las siete maravillas del mundo), incluido en las obras históricas de Beda el Venerable (673-735). Entre los cambios que supone este curioso tratado se encuentra que invirtió el orden de la lista con nuevos postulados: el capitolio de Roma, el faro de Alejandría, el coloso de Rodas, el caballo de hierro de Belerofonte, el teatro de Heraclea, el baño de Apolotaneo y el templo de Artemisa.

El poeta Marcial, a propósito de la visión superior que tenía de su pueblo, se atrevió a cantar: “No mencione la bárbara Menfis las maravillas de sus pirámides, ni el trabajo asirio se jacte de Babilonia; no se alaben los afeminados jonios con el templo de Diana, que el ara abundante en cuernos deje olvidar a Delos, y que los carios cesen de ensalzar con elogios inmoderados hasta los mismos cielos el Mausoleo colgado en el aire vacío. Toda obra humana debe ceder al anfiteatro del César, la fama celebrará únicamente ésta por todas”.

Durante la Edad Media hubo textos que mencionaron treinta maravillas como el texto que se lee en el Codex Vaticanus 989, cuya fecha corresponde al año 1300. En el Renacimiento, la influencia clásica sostuvo de nuevo el número siete defendido por el traductor y poeta Angelo Poliziano en el siglo XV.

En el siglo XIX se publicó en Francia una colección de libros que recibió el nombre de Biblioteca de maravillas (Bibliotheques des merveilles), bajo la dirección de Edouard Charton, y entre los títulos más destacados que tuvo sería imposible omitir Les merveilles de l’Architecture (1865) de André Lefevre, que incluyó edificios celtas, micénicos, judíos, asirios, pérsicos e indios: desde los monolitos de Carnac, pasando por la Puerta de los Leones o Tebas hasta los templos de Shiva. En un volumen decimonónico sobre el tema, el autor pedía que no se tomara a las siete maravillas del mundo por su sonoro nombre sino por ser “evidencias del progreso gradual de la sociedad en las primeras etapas de la civilización y los esfuerzos primitivos por realizar la perfección en el arte”.

El 7 de julio de 2007 una fundación dirigida por el cineasta Bernard Weber propuso crear una nueva lista de las siete maravillas del mundo y consiguió que participaran cien millones de usuarios de internet que eligieron Chichén Itzá (México), el Coliseo romano (Italia), la estatua de Cristo Redentor (Brasil), la Gran Muralla (China), Machu Picchu (Perú), Petra (Jordania) y el Taj Mahal (India).

La oportunidad fue interesante para comprobar los debates nacionales que generó el discutible evento, donde ningún monumento griego o estadounidense logró finalmente imponerse. En cierta forma, como un hecho alternativo o postverdad, la lista ha pasado a ser más un predecible catálogo turístico comercial que una exposición de ingenio o historia.

Fernando Báez es autor de ‘Nueva Historia universal de la destrucción de libros’ (Oceano, 2017).

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