Las sutiles corrupciones

Nos solemos escandalizar de las corrupciones evidentes, groseras, visibles hasta por los ojos más permisivos, pero convivimos con las corrupciones más sutiles, sin que llamen nuestra atención, y con el olvido adicional de que están ahí las raíces de la degradación, eso que solemos llamar el huevo de la serpiente.

En los países mediterráneos –España, Italia, Grecia, pero también Egipto, Líbano o Turquía– la recomendación no sólo no se considera una anomalía frente al escrupuloso principio de la igualdad de oportunidades, sino que se avecinda con la virtud. No es infrecuente alabar las cualidades de una persona por su facilidad para tirar de teléfono o de correo electrónico con objeto de recomendar a cualquier persona, de la misma manera que se censura a aquel que, escudándose en una escrupulosidad que a los demás se nos suele antojar insolidaria, no mueve un dedo para que un amigo o conocido, o amigo del amigo, pueda tener más posibilidades para obtener un empleo, una plaza o un encargo.

Le he escuchado a Juan Van Halen una deliciosa anécdota sobre la recomendación, protagonizada por dos catedráticos, de cuyos nombres no nos vamos a acordar. Uno de ellos, en vísperas de que su hijo se examine con el compañero, le advierte de la circunstancia, y el otro aprueba al alumno. Al año siguiente es al contrario, es el hijo del catedrático que aprobó al colega el que le pide parecido favor para una hija suya. Y este le comunica a la alumna que, en lugar de hacer el examen colectivo, le va a hacer a ella un examen individual y oral. La alumna se teme lo peor, pero acude a la prueba con los nervios a flor de piel. El catedrático, severo, y sin ninguna amabilidad, le ordena que se siente frente a su mesa. Una vez acomodados los dos, el catedrático toma un cenicero que hay encima del escritorio de su despacho –era la época en que se fumaba hasta en los hospitales– y pregunta a la hija del colega: –Dígame, qué es esto. La chica turbada, temiendo ser objeto de alguna manía, responde, con un hilo de voz, que es un cenicero.

–¡Más alto! –ordena el catedrático– No he escuchado bien la respuesta: –Un cenicero –repite la chica, aturdida. –¡Muy bien, muy bien! Le voy a poner a usted un sobresaliente. Y dígale a su señor padre que esta es la manera de atender una recomendación como es debido.

La anécdota pasaría por hipérbole en cualquier país anglosajón, pero en España es verosímil.

La recomendación cuenta con dos actores, el recomendador y el recomendado, y ambos se sienten satisfechos. Al recomendado le conforta que, si va a ser tratado con alguna injusticia, será a su favor, no en su contra, y el recomendador siente el placer íntimo de que su importancia social, su categoría y su influencia son reconocidas, porque sólo los más sobresalientes son los que recomiendan.

Está tan extendida esa costumbre que aquí ningún español puede tirar la primera piedra, porque nadie es escrupuloso, y ese es el primer escalón que nos conduce al nepotismo, porque, si está bien visto reclamar la influencia de un tercero, ¿no es lo mismo cuando la decisión la tenemos que tomar nosotros? Y prueba de ello es que nuevas fuerzas políticas, que han ascendido y conseguido el favor de los votantes, acusando a los poderosos de su influencia y su falta de claridad, en cuanto han alcanzado el poder –municipal hasta ahora– no han dudado en hacer uso de su influencia y colocar a familiares, es decir, en recomendarse a sí mismos a su pareja, su sobrino, su cuñada o su amiguito, sea o no del alma.

Puede que debido a ese fondo cultural, o viciosamente cultural, pasen inadvertidas otras corrupciones sutiles que a mí, particularmente, me parecen monstruosas y que reciben el beneplácito de personajes que deberían ser más exigentes. Me refiero, por ejemplo, a que determinados agentes de la Guardia Civil para llegar a cobrar un determinado complemento salarial deban aportar un número mínimo de sanciones. A mí me parece aberrante el procedimiento y humillante para unos agentes que se juegan la vida por un magro estipendio y a los que se les presiona hacia la injusticia, porque no es ético que, mes a mes, tengan que aportar un número determinado de denuncias. ¿Y si no hay motivo? Se les incita a prevaricar. Resulta tan mostrenco como que los catedráticos de universidad tuvieran su baremo salarial o su complemente sobre la base de los suspensos: a más suspensos, mayor remuneración económica. Por eso espero que, cuando exista un nuevo gobierno, del signo que sea, quede abolida esta barbaridad que ofende al sentido común, a la lógica y a la moral. Tengo entendido que sucede algo parecido en determinados estamentos de la Agencia Tributaria, y eso me parece gravísimo, tanto como que sólo ascendieran a los más altos escalafones de la Judicatura aquellos jueces que ponen penas más severas de cárcel. ¿Cómo no llaman la atención estas aberraciones?

Hay otro tipo de corrupción, nada sutil, pero sobre el que se cierne un manto de discreción excesiva, y que tiene que ver con esa larga lucha contra la discriminación de la mujer. Mi hija no ha tenido que sufrir los mismos inconvenientes que su madre, pero todavía estamos muy lejos de la meta. Por fortuna, si un macho alfa ejecutivo, en el seno de una empresa, ejerce el acoso sexual, en cuanto es sabido es probable que no le queden ganas de volver a ejercer esa aspiración a ejercer antiguo derecho de pernada medieval, pero me indigna que algunas mujeres, ajenas a esa reivindicación, que a muchas les ha costado la salud y la familia, pongan en marcha lo que se ha dado en denominar «armas de mujer» y escalen puestos en la jerarquía empresarial más por los méritos de sus muslos que por los de su cerebro. ¡Es tan desmoralizador! Para las mujeres, para los hombres, para todos los trabajadores. Por supuesto que hay un colaborador necesario, también culpable, que es el complacido y complaciente macho, pero es desalentador que ese tipo de actitudes, por lo que supone admitir que las cosas no han cambiado, parezcan presentar escaso rechazo, por no decir ninguno. Algún comentario, algún chistecito de cafetería, pero como si ello no supusiera un terrible paso hacia atrás o, lo que es peor, una discriminación a la inversa, donde, mientras las mujeres y los hombres decentes compiten en el partido con un brazo atado a la espalda, un grupo de aprovechadas mujeres emplean ambos brazos y juegan con la ventaja de disponer de dos barajas. Me recuerdan a aquel monje del que hablaba mi tía Pascualina, al que le pidieron que eligiera entre el huevo y el tocino y, tras una dolorosa lucha mental, alumbró un neologismo: «tocihuevo».

Luis del Val, escritor.

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