Las tinieblas interiores

Si la literatura posee mucho de expediente acerca de la naturaleza humana, es inevitable que la mayoría de sus obras capitales se hayan aproximado a los aspectos más sombríos de nuestro carácter y de nuestra voluntad. No es azaroso que una abrumadora parte de aquellos libros que han perdurado a lo largo del tiempo y continúan resistiendo el embate del olvido, resulten incómodos por la verdad que enuncian entre líneas. Porque el infierno verdadero, el único que cuenta, es el infierno sobre la Tierra, y sin duda atesora una nutrida biblioteca de piezas maestras. Todos los volúmenes que la pueblan hablan de nuestra condición.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la ficción por aproximarse al horror del mundo y encarnarlo en figuras memorables, a menudo, con una obstinación tanto más dolorosa cuanto que parece no tener fondo, como si la realidad siempre pudiera superarse a sí misma, incluso en sus peores pesadillas, las más perversas ficciones palidecen ante los escenarios que la vida propone. Quizá por ello algunos de los libros más importantes que se han escrito en los últimos años a propósito de la oscuridad del hombre no hayan sido novelas, sino ensayos o reportajes, artefactos difíciles de adscribir a un género ficcional. Pienso, por ejemplo, en El adversario, de Emmanuel Carrère, un trabajo basado en hechos tan asombrosos como ciertos, por inverosímiles que puedan resultar. Como si los desmanes que engendra la realidad fueran infinitamente más aterradores que los monstruos que sueña la imaginación.

Habría por ello que ser un gran escritor para acercarse a la narración del asesinato de Asunta Basterra a manos de sus padres. Hay en ese crimen una serie de elementos (en especial la planificación, su insólita dilatación en el tiempo) que hacen complejo relatar este drama sin sentir que nos abismamos en un espanto muy profundo, el de dos adultos, se supone que en algún momento de su existencia unidos por los vínculos del afecto, capaces de planear durante meses, con constancia de relojeros y frialdad de forenses, el asesinato de su propia hija. Es tentador, demasiado incluso, llenarse la boca con palabras resonantes: locos, demonios, bestias. Pero ninguna de ellas acierta en la diana, pues los padres de Asunta han demostrado ser humanos, demasiado humanos. Ningún demente, ningún depredador, ningún leviatán de la fantasía podría destilar un refinamiento tan sofisticado a la hora de ejecutar semejante proyecto.

Lo que hace del crimen de Asunta algo insoportable es, precisamente, la humanidad de sus asesinos, esa conjunción de cálculo, raciocinio, interés, egoísmo y crueldad que devora nuestro sentido más frágil y adaptativo, el sentido de la empatía, que es el mecanismo que con más fuerza nos habla de nosotros mismos, el que nos inflama de pánico pero también de esperanza, aquel que nos faculta para la autorrepresentación de nuestras alegrías y miedos, y sobre todo aquel que nos advierte sin remedio de a qué límites es capaz de llegar nuestra naturaleza, esa última Thule común a todos cuantos habitamos el planeta y sobre la cual la literatura lleva enfocando su implacable lupa desde hace milenios, desde que Agamenón sacrificó a Ifigenia en nombre de unos vientos favorables y desde que Medea mató o hizo matar, según qué leyenda aceptemos, a Mérmero y Feres por culpa de un amor despechado.

A falta de que salga a la luz el móvil que ha desencadenado la muerte de Asunta, un móvil que probablemente nos sacudirá aún más por lo pragmático de sus fines (no existen muertes por razones sublimes a este lado de las cosas), cabe avanzar una reflexión. Episodios como la muerte de Asunta alivian cierta indigencia espiritual del hombre de la calle, sancionan los límites de lo que resulta intolerable e incluso permiten que las personas experimentemos piedad, algo fundamental para una vida si no feliz, al menos equilibrada. Con horrores de esta magnitud sucede como con el contacto con la vesania: al conocerlos, nos sentimos mejores de lo que en realidad somos. Pero conviene no engañarse. El acento de este terrible acontecimiento no cae fuera de la condición humana, sino que la vertebra como una viga maestra sostiene un edificio. Insisto: es la humanidad, la espantosa humanidad de Rosario Porto y de Alfonso Basterra, el elemento que abre una sima bajo nuestros pies.

Por ello encender la televisión o escuchar la radio durante estos días y admirarse ante la contumacia de tantos contertulios empeñados en presentar al matrimonio compostelano como miembros de una especie distinta a la nuestra, produce un cansancio intolerable. Ninguna lectura de este asunto me parece tan peligrosa como la que pretende desviar la atención hacia una suerte de cualidad ajena, inhumana, en los ejecutores. La historia de la crueldad es vieja y nutrida, ancha y profunda. No hará falta mencionar la inagotable memoria de las experiencias totalitarias ni el catastro de infanticidas, caníbales y torturadores que han vivido en el seno de las comunidades que nos amparan. Caricaturizar a los asesinos de Asunta como seres casi de fábula, situados fuera del espectro de lo humano, es tan inútil como pretender encontrar en la genialidad de un artista la semilla de una vida predestinada o denominar milagro a determinadas conquistas médicas.

En Más allá del bien y del mal Nietzsche nos legó una de las más poderosas imágenes del terror: la del abismo que al ser contemplado nos devuelve la mirada, la del reflejo especular del hombre en sus tormentos más secretos y angustiados. Tolerantes con las manifestaciones supremas del horror (la guerra, la matanza, el hambre consentida e inducida), nos sigue asombrando la disposición soberana de la vida ajena cuando es ejercida por individuos particulares, en este caso por dos padres sobre su hija. Pero la lección ardiente y reveladora de este espanto que ha ocurrido tan cerca de nosotros, en un hogar cualquiera, tan parecido a aquel que cotidianamente nos nutre, no es otra que el hecho, tan a menudo ignorado, de que las tinieblas son siempre interiores.

Ricardo Menéndez Salmón, escritor.

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