Las tribus y el poder

Con demasiada frecuencia analizamos la realidad nacional e internacional a partir de informaciones de actualidad y datos recién publicados. Nos quedamos en el «qué» de las cosas dejando su «por qué» en manos de los historiadores. Es arriesgado ejercer de politólogo sin conocimiento de la historia. Por ejemplo, reflexionar sobre las tribus aporta algo a la comprensión de nuestra realidad.

Desde que la especie humana habitó la tierra, aparecen las tribus. Estas agrupaciones primarias se caracterizan por tener en común un lenguaje propio y determinados rasgos culturales que los diferencian de otras. En los pueblos sedentarios, las tribus suelen ocupar una zona geográfica bien delimitada —costa, montaña, desierto, selva—, hábitat que condiciona la evolución del comportamiento tribal. La historia de la humanidad es la historia de luchas tribales por el poder y lo es todavía hoy. Cuando la organización tribal ha sido violentada por invasores más poderosos, la guerra sustituye a la paz. Es el caso de África. Los Estados africanos surgen en época todavía reciente a partir de arbitrarias demarcaciones coloniales cuyos límites geográficos no coinciden con la estructura tribal subyacente. El queso se corta en porciones en vez de en rodajas. Los resultados, vigentes hasta hoy, dan lugar a un sinnúmero de graves conflictos interestatales, promovidos por intereses tribales que permean ilusorias fronteras. La búsqueda del poder se basa también en la solidaridad tribal. En estado puro, la pertenencia tribal es más fuerte que cualquier ideología por lo que, en democracia, cada tribu seguirá votando a los suyos y fomentará la natalidad para contar con más votos y ganar las elecciones.

El proceso civilizatorio europeo, que arranca con el reconocimiento de la soberanía del yo individual en el Renacimiento florentino, ha conducido a la superación gradual del primitivismo tribal. Pero esta conquista es todavía reciente. Recordemos que si el imperio carolingio respondía ya en los siglos VIII-IX a un ideal de monarquía universal, Francia como Estado, al igual que Dinamarca, solo comienza a tomar forma a principios del siglo XIV. La Carta Magna inglesa data de 1215, pero el Reino Unido de hoy solo se constituye en 1707 con la alianza matrimonial de los Tudor ingleses y los Estuardo de Escocia. La unidad italiana, se produce en 1861 mientras que en Alemania, mosaico de Estados feudales que constituyó el Sacro Imperio Romano-Germánico, la conciencia nacional, teorizada por Fichte en sus Discursos a la nación alemana, 1807, surge como reacción a la ocupación napoleónica con el Zollverein, mercado común impulsado por Prusia, como preludio de la unidad nacional. Tras la orgía identitaria del nazismo, paradigma renovado del espíritu tribal, la reunificación alemana solo tuvo lugar hace 20 años. Nuestra Península Ibérica fue también tribal —aunque la historiografía medieval haya preferido llamarla feudal— hasta que el fin de la Reconquista en 1942 y la expulsión de los judíos crean las condiciones para la creación de un Estado unitario, democráticamente revisitado por el Estado de las autonomías en la vigente Constitución de 1978. Puede, sin embargo, afirmarse que en Europa, aun tamizadas por la civilización y el visionario sueño europeo —también escaldadas por las terribles consecuencias de las conflagraciones que en el siglo XX ensangrentaron el continente— las tribus siguen existiendo bajo el nombre de identidades. Incluso conocen un nuevo despertar, quizás como respuesta autoafirmada frente a la globalización homogeneizadora; de ahí las dificultades para resolver la difícil ecuación de «unidad en la diversidad». Aunque todos sabemos que, en un mundo globalizado, un peso específico suficiente es necesario para competir con éxito en lo político, en lo económico y en lo cultural, asistimos a una ola identitaria generalizada que aquí, allá y acullá cristaliza en nuevos nacionalismos con inquietantes visos xenófobos.

El problema radica en olvidar que el ser humano es a la vez complejo y contradictorio, individual y social. Recientemente, Salman Rushdie recordaba con gran lucidez en ABC Cultural que «podemos ser, somos, muchos yos al mismo tiempo», que todos tenemos identidades múltiples, otros tantos «genes del alma», en palabras de Amin Maalouf, incorporados a lo largo de nuestra trayectoria personal que nos hacen únicos y diversos. A mayor educación y sofisticación social, más oportunidad de encontrar en cada uno de nosotros puentes, pasarelas y complicidades con miembros de otras tribus a las que también pertenecemos sin que ninguna prevalezca de modo absoluto. Quizás el camino hacia la solución de «unidad en la diversidad» llegue a encontrarse en la declinación positiva de los diversos yos que forman parte de nuestra individualidad, en el reconocimiento de nuestra identidad multidimensional nacional, étnica, tribal y religiosa. Para ello, habremos de rechazar cualquier intento de imponernos etiquetas identitarias simplistas y, por ende, empobrecedoras. Retrocedemos en la historia cuando, por miedo a ser acusados de traición a la tribu, aceptamos ser limitados a una única dimensión que será siempre excluyente. Dejemos de escuchar cantos de sirena tras los que se esconde la sed de poder de quienes los emiten. Nuestras identidades múltiples contienen muchos puntos de encuentro con las de los miembros de otras tribus vecinas y en ellos se halla la semilla de la tolerancia. Podemos hablar otras lenguas, tener costumbres distintas y tradiciones particulares pero no por ello dejaremos de ser culturalmente mestizos ni renegaremos de los valores compartidos para echar por la borda tantos vínculos familiares e intereses comunes, incluyendo los económicos. Lo contrario es retroceder en nuestra condición humana, es dar a la intolerancia un lugar de privilegio, es perder peso específico y la oportunidad de escribir juntos la página de la historia que nos ha tocado vivir.

Las identidades cerradas que Amin Maalouf califica de «asesinas» y que en Europa parecían felizmente superadas, constituyen un grave factor de riesgo cuando el sentimiento tribal deriva en nacionalismo y éste se convierte en ideología dominante de la mano de unos pocos aprendices de brujo que no dudan en jugar con fuego si ello satisface sus intereses personales. La respuesta ciudadana ha de ser más Europa, más España, más diversidad cultural que nos enriquece, incluyendo la aportada por los inmigrantes que nuestra Europa envejecida tanto necesita; y, sobre todo, más respeto a las identidades múltiples de cada uno de nosotros, a nuestros yos multidimensionales que se sublevan ante ataques arbitrarios. En España y en Europa aún nos queda mucho camino por delante.

A principios de los 80, en una de mis primeras experiencias internacionales, asistía en Túnez a una reunión de especialistas en derecho de autor. En una pausa, se me acercó el representante de Mauritania para preguntarme de qué país era. Cuando supo que era española me miró con aire confundido. Después dijo: «¿Y en España hay… tribus?». Sorprendida y divertida, le respondí que no. Craso error de principiante.

Milagros del Corral, ex directora general de la Biblioteca Nacional de España y ex sundirectora general adjunta para la Cultura, UNESCO