Las últimas lecciones

No hace falta ser un experto conocedor de Dublín, lector de Joyce y amigo de Leopold Bloom para caer en la cuenta y sacar consecuencias de la última lección irlandesa. Tampoco hace falta que me repitan una vez más que España no es Irlanda (ni Portugal) y que está todavía muy lejos el procedimiento de la intervención europea sobre nuestra economía. Hablo hoy de la lección política, derivada —claro— de la económica. El poder político ha cambiado de manos en Irlanda. Era natural. Era lo esperado, porque lo contrario hubiera sido, además, un contrasentido delirante. En democracia, los errores de los gobiernos suelen pagarse con suma contundencia en las urnas y Enda Kanny y su partido, Fine Gael, han desalojado del poder al Fianna Fail de los liberales, que llevaban organizando el país desde lo político desde hace muchas décadas. Sic transit gloria mundi.

Vamos a la lección. La crisis española no tiene, al menos eso es lo que nos dicen los políticos (otra cosa son los invisibles «mercados»), la dimensión irlandesa, ni la griega, ni siquiera la portuguesa. España tiene el 12 por ciento del PIB europeo: mucho para que Europa «nos deje caer», según dicen los optimistas antropológicos. Pero en el plano político, hasta los más optimistas y generosos arúspices pronostican la caída de los dioses zapateristas desde el cielo del poder hasta el infierno tan temido de la oposición. ¿Y qué hace la derecha y su candidato? Impasible el ademán, esperar a la puerta de su casa a que pase, yerto, el cadáver de su adversario político. Y, en el lado contrario, ¿qué hace el zapaterismo y su jefe de filas? En pleno desconcierto económico y social, sembrar el desconcierto político jugando a los dados peligrosos todos los días con el nombre de los candidatos al trono del PSOE. Algunos ya sabemos que el zapaterismo es la degeneración sentimental del socialismo español en estos tiempos de turbación y crisis; una degeneración ideológica y política que no se sabe a qué puerto va a llevar el polvorín que tiene en su seno y en qué estación término va a depositar el almacén de sus incertidumbres.

Lección irlandesa sabida desde hace tiempo: cuando los actores principales de la crisis y la gestión económica y política se presentan a elecciones sabiéndose perdedores, para ellos la ruina en las urnas es de las que hacen época. No sólo se cambia al entrenador sino también a los jugadores, al equipo entero. En la realidad irlandesa hay un espejo de la española, mutatis mutandis. Aquí también negaron la crisis quienes tenían que gestionarla de otra manera y entraron tarde y mal en las soluciones cuando éstas ya eran demandadas por poderes y mandatarios internacionales. La ruina, a nuestra escala, es parecida a la irlandesa. Y la ruina política parece otro espejo. Las encuestas y los arúspices sostienen que la debaclesocialista en la urnas autonómicas y municipales a finales de mayo próximo será de órdago. Se perderán plazas autonómicas que parecían inexpugnables y el avance de la derecha será, a todas luces, arrollador, mucho más por los errores cometidos en la gestión de Gobierno que por las esperanzas levantadas por la derecha que lidera Mariano Rajoy. Al mismo tiempo, y por la pura inercia de las cosas de comer con las que no se juega, decae la imagen de Zapatero, mientras muere lentamente su hipotético proyecto político, y sube la de Rajoy, por la misma inercia, porque es lo que hay que comerse y no hay, de momento, otra cosa que llevar a la mesa política. Si nada cambia antes de mayo, las cosas serán así. No en vano los mismos socialistas, incluso los más antropológicamente optimistas, miran con el reojo del pesimismo su más inmediato futuro. Y el futuro del PSOE, su partido.

A todo esto, Zapatero y los suyos siguen jugando a los dados sobre la túnica sagrada del poder político que hasta ahora ostentan en España. ¿Cuál es el gran riesgo? Que el PSOE, asunto que también señalan sondeos, encuestas y sacrificios rituales, se desplome de un golpe y quede relegado a migajas después de ser, durante treinta años, tronco y bastión de la frágil democracia española; que quede en las urnas a los pies de los caballos, como ha quedado para los restos de su propio entierro el Fianna Fail irlandés, derrotado y destruido tras ser bastión y pedestal de la democracia irlandesa desde los tiempos de De Valera. Ya lo sé, no insistan: España no es Irlanda, claro que no. Pero hace años, en Italia el juego de la corrupción, la fragilidad moral de los políticos, el cansancio del electorado y, sobre todo, el escepticismo y la indignación provocadas por la desesperanza y la imagen política del país, dieron al traste con el PSI, cuyo líder «se exilió» en Túnez para escapar de la justicia, y con la poderosa DCI, cargándose de paso los últimos vestigios de decencia que le quedaban al país. Resultado: el lamentable espectáculo, moral y político, que se llama Silvio Berlusconi.

Así que, digan lo que digan unos y otros, nos estamos moviendo peligrosamente en una ciénaga especular, entre Italia e Irlanda, mientras nuestra clase política desciende peldaño a peldaño de la imagen soberana que se había ganado a pulso durante los años de la transición. Insultándose, descalificándose, matándose metafóricamente unos a otros, echándose encima la porquería de la corrupción, nuestras clases políticas están llevándose a la democracia española a lugares tan peligrosos como los políticos irlandeses e italianos llevaron a Irlanda y a Italia. Sí, hace falta esperanza, hace falta optimismo. El optimismo, dicen algunos, es un ataque de euforia de los mal informados. Pero el pesimismo es un callejón sin salida, un agujero negro en el que entra la depresión de todo tipo y ninguna solución soñada. Sí, lo sabemos, se acabó la fiesta, no éramos el gran Titanic navegando por el Atlántico norte sin conocer sus peligros, pero no creo tampoco que seamos los últimos músicos de la orquesta de aquel inmenso trasatlántico donde la fiesta, las luces y el glamour parecían no acabarse nunca. No somos más que lo que somos y a veces no queremos ser: un país donde las cosas son manifiestamente mejorables, donde casi todo está por hacer, donde hay que rescatar la mirada ética en la política y en los negocios, en la vida pública y en los medios informativos; un país que hay que sacar del abismo donde nos ha metido la deriva degenerada del socialismo zapaterista. Todos nos hacemos falta a todos, desde la derecha a la izquierda. Todos somos ahora más que nunca, para huir de Italia y de Irlanda, necesarios e insustituibles. El paro arrecia, la desesperanza clama al cambio inmediato en actitudes y aptitudes. No se puede seguir eternamente (y la eternidad está en la urnas) jugando con toda frivolidad a los dados. Hay que convertir, como aconsejó Henry Miller, nuestras graves dificultades y problemas en experiencias que nos hagan madurar a todos. Están sucediendo demasiadas cosas malas en nuestra democracia para que actuemos casi todos como si nada estuviera pasando dentro de nosotros mismos, que somos, en todo, más pobres que ayer. Y como si no supiéramos que cuanto les sucede a los demás puede servirnos para no cometer los mismos errores, los de ellos y los nuestros.

J. J. Armas Marcelo, escritor y director del foro literario “Vargas Llosa”

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