Las urnas milagrosas (1)

En verdad que ya nada será igual después del simulacro de referéndum del 9 de noviembre. Como una catarsis, ahora sabemos un montón de cosas que estaban sobreentendidas en la sociedad catalana. Hasta tal punto que esas cajas de cartón se convirtieron en urnas generadoras de milagros, algunos sencillos y populares. Otros, sofisticados mecanismos de relojería política que deben mucho a la escolástica, que no por nada este país nuestro, Catalunya, está impregnado de catolicismo hasta en el ateísmo más renuente a reconocerlo.

Primera lección fundamental. El independentismo en Catalunya abarca con precisión una masa ciudadana que no alcanza los dos millones. Ahora bien, esa minoría abundante controla de manera casi exclusiva buena parte de la vida social del país, empezando por los medios de comunicación y terminando con la exhibición pública agobiante de sus consignas y su afán por representar la parte como un todo. Ellos son Catalunya, los demás son adversarios a los que acojonar. Baste decir que el proceso de intimidación durante la campaña por el simulacro de referéndum llegó hasta el borde de lo cómico: las caceroladas.

Las caceroladas nacen en España como protesta contra el poder que no les escucha -la guerra de Iraq, por ejemplo- pero hacerlas en Barcelona donde el único poder real es el de quienes manejan la Generalitat, podría interpretarse como un ejercicio de intimidación hacia el vecindario que no comparte las ideas de los caceroleros. Porque lo más curioso de la situación que estamos viviendo en Catalunya no es que los pretendidos actos de afirmación independentista sirvan para aclarar algo, sino al contrario, lo confunden más. Ahora es más difícil que antes entender qué carajo defiende cada grupo; si es que defiende cosa alguna o se limita a dejarse llevar por la ola del independentismo.

Y si quieren ejemplos vivos, que es lo que la gente desea que le indiquen y se dejen de hablar por alusiones, metáforas y metonimias, las diversas posiciones de la casta política catalana -tan veterana en el juego del bueno y el malo, o del seny y la rauxa- bastaría seguir el curso sinuoso hasta lo imposible de personajes tan diferentes como Duran Lleida y Joan Herrera, cuya versatilidad concluía en la sumisa aceptación de la presión de sus huestes.

El deterioro de los créditos de la clase política catalana observado fríamente, sin la abnegación a que obliga el servirles y recibir sus regalías, es tan llamativo que convendría detenernos un rato antes de seguir. Aunque sólo sea porque no es frecuente hacerlo. La complicidad entre esa casta hegemónica que hace como que gobierna pero que se oculta cuando debe dar cuentas de su tarea, y ese pinyol del millón ochocientos mil voluntariosos independentistas -entre los que cabe incluir a la intelectualidad vicaria y respetuosa con el mando- se exhibe con el desparpajo de quien desdeña al resto, lo marginaliza, lo convierte en extraño a su tierra; cuando en realidad son la mayoría frente a los conversos.

Hay quien se admira de la voluntad popular de los 40.000 voluntarios para la consulta trucada. El voluntariado protegido, alimentado y ensalzado por el poder político no es una fuerza popular sino un recurso de quienes detentan la hegemonía. Y digámoslo claro, el caso Palau demostró la evidente inexistencia de la sociedad civil catalana, a menos que consideráramos como tal el arte de otorgarse bombos mutuos y cubrirse patrimonios y queridas.

Y como la sociedad -no la catalana sólo, sino todas- no soportan los vacíos, nació un sucedáneo de sociedad civil catalana, alimentada de muy diversas formas por las instituciones, algunas tan inquietantes como el partido que dice que nos gobierna, cuya sede sigue embargada por los tribunales de justicia. Así se vigorizó Òmnium Cultural y se inventó la ANC. Por eso creo que no se está forjando el partido del president, sino que Artur Mas ha pasado lista de sus protegidos y les ha llamado para que cumplan; que al fin y a la postre no todo va a ser ayudarles a figurar. Ahora le toca a él salir del atolladero y pasar las facturas. Algunos más reacios a la evidencia se resisten. La perplejidad desarbolada del líder de ERC, el sentimental Oriol Junqueras, ha bajado tantos enteros en el ranking que hasta los medios bajo control le han quitado el derecho a llorar por la independencia en horario de máxima audiencia.

El principio de que los ciudadanos de Catalunya somos inmunes a la corrupción y exquisitamente democráticos es otra de las milagrosas conclusiones de ese remedo de referéndum del 9-N. Un castizo lo llamaría la consulta de Juan Palomo, porque los mismos que convocan, se anuncian hasta el agobio a costa del erario público, barren como si se tratara de residuos de ciudadanía a los oponentes, y para acabar la machada, instalan las urnas de cartón desechable, meten las papeletas y ellos mismos las cuentan. ¡Imaginan que algo similar se hubiera hecho en Extremadura, Andalucía, o Euskadi! Es la primera consulta estilo kosovar que se celebra en España desde aquella de diciembre de 1976, también llamada de la Reforma Política. No es posible en democracia ser al tiempo juez y parte.

La más inquietante de las evidencias provocadas por la parodia de consulta consiste en que la hegemonía de menos de un tercio de la población en edad de responsabilidad política, incluidos los adolescentes, sea la que decide quién es catalán de pro y quién no, quién tiene aval de ciudadanía y quién no. Si la cosa será grave que hasta han pasado por las casas, de una en una, para que cada cual ratifique sus querencias políticas; entendiendo que abstenerse de hacerlo es más grave que reconocerlo. Pero, pregunto: ¿hasta dónde vamos a llegar en este sistema de ciudadanos supuestamente virtuosos desde la cuna, frente a la mayoría de pecadores?

Recuerdo cuando en Euskadi el elogio de la lengua alcanzaba hasta las opiniones de un inefable sacerdote de otro siglo que consideraba al euskera como la lengua hablada entre Adán y Eva. Pero aquello provocaba vergüenza ajena y nadie quería hacerse eco de tales estupideces que no sólo carecían del poder de alimentar la autoestima del pueblo vasco sino que le devolvían al parvulario. Ahora el fenómeno se ha trasladado aquí y resulta que desde Colón a Leonardo da Vinci, pasando por Santa Teresa, Cervantes, y no sé quién más, nacieron o se formaron en Catalunya, y esa generación corrupta e impune que es la mía, taciturna en los desmanes, se suma a la cohorte de perritos falderos de una clase política corrupta pero fecunda en la fabricación de autoestima.

Bastaría la imagen del exhonorable Jordi Pujol haciendo cola para votar acompañado de su esposa en su papel de lady Macbeth de la Floricultura, cuando un indignado autóctono, que los hay en número muy superior aún al de los voluntarios de la camiseta amarilla, le afronta con un “¡vergonya, vergonya!”, como si esa escueta “vergüenza” expresara todo el desprecio hacia el impostor que dispuso durante 23 años del agua en el oasis. Hete aquí que sus compañeros de cola, nunca mejor dicho, probos ciudadanos, salieron en defensa del delincuente, del gran padre Pujol, y exigieron un respeto para quien les había engañado con tanta desfachatez.

Aunque habría que explicarlo más por lo menudo, me atrevo a apuntar un pequeño detalle de gran significación. Estoy seguro que todos los imputados, condenados y presuntos estafadores, todos, sin excepción, votaron sí-sí, porque en definitiva la independencia sería su amnistía, y si no que se lo pregunten al líder de las CUP, ese compadre de Oriol Pujol Ferrusola en el palco del Barça en una instantánea imborrable. Por cierto ¿ningún medio de comunicación detectó dónde votaron los eminentes hombres de empresa apellidados Pujol Ferrusola? ¿O es que mandaron el voto por correo? Igual que estamos fichados los que no votamos, con mayor razón lo estarán los que lo hicieron. Desconozco si había urnas en Ginebra y las Barbados.

Gregorio Morán

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