Las urnas milagrosas (y 2)

Si hubiera que definir la sensación generalizada de la ciudadanía en Catalunya no creo que encontráramos otra mejor que la de una sociedad que se hace un montón de preguntas y que no encuentra las respuestas para sentirse segura. Antes, es decir, hace unos meses, la gente se saludaba con un ¿cómo estás?, ¿cómo te va?, ¿la salud, bien?, y demás fórmulas por el estilo que revelaban una urbanidad consolidada. Ahora lo más común es que te aborden con un “¿tú cómo lo ves?”.

Pues la verdad, yo no lo veo nada bien, por utilizar una expresión políticamente correcta. Pero si me insisten, no puedo menos de reconocer que la vida en común, eso que llamamos la sociabilidad de nuestras relaciones, la defensa de opiniones sin coste alguno para quien las exhibe, todo aquello que caracterizaba una sociedad abierta, ha sufrido un deterioro al que la parodia de referéndum del 9 de noviembre ha dado un golpe definitivo. ¿Votaste o no votaste? ¿Amigo o enemigo?

No es lo mismo vivir en una sociedad diversa que en una sociedad fraccionada. ¿Quién va a pagar este destrozo? Para la minoría hegemónica independentista el futuro del país de Jauja está a la vuelta de la esquina. Para el resto, en el que caben muchas posturas, lo único que se preguntan son dos cosas: cómo saldremos de esto y cómo llegamos a ello. Porque es verdad que no hay nadie que por principio niegue la posibilidad de una consulta, pero al tiempo no hay persona con un mínimo de sentido común que la considere viable en las actuales circunstancias, con un dominio absoluto de los aparatos de propaganda por parte del independentismo, ya se tiña de soberanismo o del derecho a decidir –que tuvo gran predicamento en Euskadi durante los años noventa–. Porque no se trata de decidir sobre los presupuestos y la administración del poder, sino sobre el blindaje de quienes se han comido los fondos. La Sanidad en Catalunya, por citar el caso más escandaloso, es lo más parecido a lo que el Partido Popular está promoviendo en Madrid. Hay que ser muy simple para creerse que los culpables están en el Poder Central y no en el Govern de la Generalitat.

¿Es más importante la independencia que la crisis económica, los desahucios, el paro, la corrupción? Ahí es donde se acabó la izquierda en Catalunya, convirtiéndose en algo que ya viene de atrás; los cómplices de quienes se han alimentado y beneficiado de la crisis, los desahucios y la corrupción. La comisión parlamentaria sobre Jordi Pujol ha solicitado la comparecencia de casi 200 personas, la inmensa mayoría aforadas; nunca llegará a conclusión alguna. Es una estafa a la ciudadanía. No hay escena más significativa que el abrazo del president Mas al líder de las CUP, Fernández, en el Centro de Telecomunicaciones de la Generalitat. Tiene valor iconográfico, como el beso en la boca de Gorbachov a Honecker en Berlín. La complicidad de la sumisión. Algo así como ¡Fernández, has cumplido como si fueras uno de los nuestros!

Una de las cosas más divertidas de nuestros analistas es que cada vez que se hace una crítica al poder de la Generalitat hay que apuntar a Mariano Rajoy, para compensar. Esta tradición escolástica, heredera del miedo y el dogmatismo del viejo movimiento comunista –no olvidar nunca cuál es el enemigo principal y el secundario– creó un relato que se convirtió en evidencia durante los años del oasis y los camellos pujolianos. Cuando los agudos comentaristas aseguran que Rajoy ha hecho más independentistas que Oriol Junqueras, no dicen más que una bobería de tertuliano. Aquí nadie se convirtió en soberanista por Rajoy, no digan tonterías; les bastó con los medios de comunicación y ese poso de autoestima que sembró el pujolismo. Rajoy es un cero a la izquierda en esta historia, de ahí su incompetencia.

Y ahora qué. Nadie parece dispuesto a mover ficha porque se consideran dueños y señores del tablero. La iniciativa de engañar al Estado es de una candidez perversa y más aún si lo dices como un fanfarrón de fiesta mayor. Esta gente no está aventada, sencillamente les falta un hervor, porque además de ser un partido tan sospechoso de corrupción que mantiene su sede central embargada por los tribunales –conviene repetirlo porque no creo que haya en toda España un caso semejante– tiene el techo de cristal. Sólo alguien sobrado de lo que se denomina filibusterismo político puede decir, como el número dos de Convergència, Josep Rull: “Las elecciones en Catalunya tienen que hacerse cuando tengamos las fuerzas para ganar”.

Demasiado años de silencios cómplices nos han abocado a la estafa democrática del 9 de noviembre. A veces pienso si es que las querencias, tras 23 años de pujolismo omnímodo, es la de adular al poder mientras facilite la vida a los que no conocen otra crisis que la gastronómica, la otra burbuja de la frivolidad social. Fíjense en cómo los mismos adjetivos que se usaban para las loas al expresidente Pujol vuelven a utilizarse sobre ese pobre tipo al borde del abismo, de mandíbula prominente y talento escaso –al lado de sus socios y adversarios pasaría por Clemenceau– ¡que responde a los periodistas en cuatro idiomas!, según reverencian los plumillas herederos de la inmersión lingüística que a duras penas llegan a dos. Luego se caerá el icono, se le llenará de basura por los mismos que le echaron el incienso y la mirra, y el rey mago pasará a la categoría de exhonorable. Si no, al tiempo.

Salvo para los cándidos que se creen lo que les gusta creer, tenemos en Catalunya una clase política tan corrupta y servil como la del resto de España. Lo que ocurre es que como estamos en un país pequeño, los conocemos a todos y nos produce cierto rubor describir a personajes de los que sabemos de antiguo. La obscenidad política de Quim Nadal, el descaro de Mascarell, o el furor patriótico de aquellos compañeros de organización universitaria Mas-Colell y Muriel Casals… El partido más significativo que existe en Catalunya es y será el ex PSUC, y eso marca. ¡Qué libro saldría si alguien tuviera la audacia de contarlo! La ambición política achicada por los polos.

Esa radiografía inequívoca que dejó el 9 de noviembre habrá que analizarla en fondo y forma, y no como el esbozo de una presunta autodeterminación de los pueblos, que todo el mundo defiende mientras no está en el poder pero que retira cuando lo detenta. Ya es como un lugar común referirse a la quiebra del sistema salido de ese gran embeleco que fue la Transición, con mayúsculas. Aquí la sociedad se ha roto y nadie parece preocupado en aliviar la tensión creada por el macizo de la catalanidad, los de la ceba en lenguaje arcaico, a los que se han sumado esos irredentos hijos de la emigración, demediados entre la parla con sus padres, en castellano acentuado, y el catalán que exigen cuando cierran el candado de sus orígenes para convertirse en estrictos criollos, observados con cierta gracia y no sin desdén por los pata negra.

Ya me gustaría a mí escribir de “flores y violas” pero hemos de asumir lo que nos toca para no tener que avergonzarnos pasado mañana cuando salgan los justicieros, los mismos que echaban loas al presidente felizmente desenmascarado. Por eso suscribo las palabras de Juan Marsé la semana pasada en El Cultural, una fotografía de grupo: “La rampante incultura nacional y la no menos nacional y rampante engañifa educacional futbolera, la señora Cospedal y sus insufribles y mofletudos embustes, y Oriol Junqueras y su llorosa cabezonería identitaria, y TV3 y su desvergüenza informativa, y el caricato portavoz de CiU Francesc Homs y su titiritera gesticulación vendiendo humo, Rajoy y su insostenible tancredismo, el corrupto expresident Jordi Pujol por envolverse en la senyera y mearse en ella, el nacionalismo español que aspira a ser imperial y el nacionalismo catalán que aspira a ser provinciano, los jerarcas de la cavernícola Iglesia católica española, etcétera.”.

Imagínense si estamos jodidos que hasta el anuncio de la Lotería de Navidad va empañado de tristeza.

Gregorio Morán

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