Las víctimas

«La historia es una narración documentada», decía el profesor Santos Juliá, quien tanto y con tanta solvencia se ha ocupado de la historia contemporánea de España, en una entrevista en la Fundación March, en el año 2018. También decía que era necesario un cierto tiempo, una distancia, de los hechos para no mezclarlos con los pensamientos o intereses que se pudieran tener en un determinado momento.

Ambas afirmaciones me parece que pueden aplicarse al análisis de lo ocurrido y de las consecuencias de la pandemia que sufrimos en estos momentos, pues son historia, historia de España del siglo XXI. Por lo tanto, sólo cuando se disponga de datos procedentes de varias fuentes solventes y exista cierta distancia en el tiempo, se podrá analizar con rigor el cómo y el cuándo del inicio de la pandemia y sus consecuencias: número de víctimas, número de personas afectadas, y consecuencias económicas para los ciudadanos y para la economía del país. Las cifras que se ofrecen en la actualidad, en todas sus vertientes, no resultan fiables, como saben bien demógrafos, historiadores, y personal sanitario y forense que no han tenido ni capacidad ni tiempo necesario, en medio de la pandemia, para ofrecer unos datos absolutamente fiables. Por ello, los que el Gobierno ofrece, con apariencia de total seguridad, no lo son. Y en relación con las 450.000 víctimas que dice el presidente del Gobierno que gracias a las medidas tomadas se han evitado, una se pregunta ¿de dónde sale esta cifra y quiénes la avalan?

A la espera de datos verificados, sí tenemos, sin embargo, algunas certezas: las medidas de confinamiento se tomaron tarde, la sanidad no estaba preparada para esta catástrofe, las residencias de mayores tampoco estaban preparadas para diagnosticar y atender a personas afectadas por una pandemia, y las comunidades autónomas han tenido mayor capacidad de reacción que el Gobierno porque eran ellas las que tenían las competencias y la responsabilidad directa sobre la gestión de la sanidad desde hace décadas. Otra cuestión es que la información y advertencias sobre la pandemia, desde organismos internacionales especializados, sí correspondía plenamente al Gobierno de la nación para evaluar la conveniencia de medidas inmediatas.

Quedan, pues, muchas cosas pendientes de ser aclaradas, pero hay una que no tiene que esperar: recordar a las víctimas, recordar a sus familias a las que apenas se les ha dicho unas sentidas palabras para acompañar en su dolor y evitar los sentimientos de abandono. Los minutos de silencio por las víctimas de algunas instituciones han sido fríos y rutinarios. Las alocuciones semanales del presidente del Gobierno y las ruedas de prensa de ministros parecían más bien lecturas de la cuenta de resultados de una empresa. Poca empatía han debido sentir las familias de quienes han perdido a seres muy próximos, queridos, en circunstancias desoladoras. Sólo recuerdo las palabras del Rey Felipe VI: «Perdemos a tantos que tanto dieron por ver a nuestro país prosperar…» , dichas con calor y con emoción.

Este diario, ABC, ha elaborado un documento importante titulado «Memoria» con 210 perfiles cariñosos y llenos de gratitud escritos por hijos, nietos y amigos de personas fallecidas. En sus páginas aparecen Luis, Ana María, Joaquín, Raquel, Íñigo, Borja, Antonio… Es un documento conmovedor, que reivindica su memoria y es merecedor de ser conservado como recuerdo del dolor producido en estos meses en nuestro país, y de una muestra de lo que los españoles hemos perdido.

Ahora estamos ante la posibilidad de medidas, decisiones y acciones de reconstrucción de nuestra economía, de intentar reparar daños y de emprender los caminos que pueden curar algunas heridas. Esta etapa no debería recorrerla el Gobierno en solitario o con compañías no recomendables; requiere un gran acuerdo entre una oposición que nada quiere derribar y un Gobierno que dialoga pese a los constantes desencuentros habidos, pese a la actitud displicente que ha tenido hacia una gran parte de esa oposición, pese a las sesiones tan poco pedagógicas y tan desabridas del Congreso y del Senado. Cuando España necesitó de la voluntad de muchos, de una amplia mayoría, para pasar de una dictadura a una democracia, esta se logró mediante la generosidad y la inteligencia que unos y otros pusieron para ello.

Algunas, que vivimos aquellos momentos que hoy son ya antiguos acuerdos, no entendemos cómo otros más jóvenes no son capaces de alcanzar acuerdos entre aquellos que defienden la España que la Constitución consagra para evitar lo que el historiador Ramón Carande decía en Sevilla, a sus ochenta años, tras conocer y también haber vivido y sufrido, varios cambios de régimen: «Hemos tenido demasiados retrocesos en la historia de España» y de ahí el título del libro del profesor Santos Juliá de 2019, «Demasiados retrocesos». Ahora no deberíamos añadir uno más.

Soledad Becerril fue defensora del pueblo.

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