Las ‘violencias’ de Urkullu

A tenor del deseo pública y reiteradamente expresado por el lehendakari Urkullu, las políticas sobre ETA -que no en su contra- cada vez están más dirigidas hacia la «reconciliación» y la búsqueda a cualquier precio de la «paz». Esta cuestión, de enorme trascendencia social y ética, ha pasado a ser tratada con un perfil tan bajo que se ha convertido en casi clandestina, aplicando una estrategia diseñada a la medida de los intereses del nacionalismo vasco.

Ocurre, sin embargo, que ese perfil bajo, ese marcar el paso, las pautas y los tiempos por los nacionalistas, seguido a pies juntillas por el Gobierno de la Nación, lo que está consiguiendo es favorecer que se asiente la tesis del olvido sin justicia, de los falsos arrepentimientos, de la equiparación de «violencias», de la difuminación de la culpa y de la permisividad con la propaganda justificadora de tantos años de terror.

Las violencias de UrkulluUna prueba irrefutable de los planteamientos que está promoviendo y ejecutando el Gobierno vasco sin resistencia por parte de prácticamente nadie, la encontramos en el artículo publicado recientemente por Iñigo Urkullu en este diario, en el que con muy buenas palabras, concesiones iniciales y eufemismos varios, acusa solapadamente de torturadoras a las Fuerzas de Seguridad del Estado al aseverar : «Estamos trabajando en la clarificación de violaciones de derechos humanos de todo signo y en el reconocimiento de todas sus víctimas». Esos «todos» que tanto gustan de emplear los que buscan la equiparación, los que pretenden poner en el mismo plano al que mata y al que muere, los que creen que en ocasiones el crimen puede tener una motivación redentora, los encontramos por doquier en los documentos que elaboran los organismos de la comunidad vasca dedicados a buscar la «reconciliación».

Urkullu nos propone que «todos» -¿quiénes son todos?- hagan una revisión crítica en materia de derechos humanos y quizá por eso, porque cree que los crímenes cometidos por ETA tenían una cierta justificación, se empeña en presionar -con éxito- para que se modifique la política penitenciaria y además diseña políticas de «resocialización de presos» -léase de etarras, los demás no le importan nada- repitiendo una y otra vez, sin aclarar a qué se refiere -aunque lo sabemos perfectamente- que es necesario el reconocimiento del «daño causado» -como si fuera un pellizco de monja- que han provocado el terrorismo, la violencia y «todas» -otra vez- las vulneraciones de derechos humanos. Parece claro que el lehendakari considera que el Estado Español tiene la misma responsabilidad que ETA con sus 858 asesinatos, por cierto, buena parte de ellos de policías y guardias civiles sobre los que extiende mezquinamente la sombra de la sospecha, sin valorar ni por un instante su sacrificio y abnegación.

Señor Urkullu, hace tres años que ETA anunció -con otro eufemismo de los que a usted tanto le gustan- el cese definitivo de la «actividad armada», pero no anunció su final, como usted dice en su artículo. Por favor, sea más riguroso en sus afirmaciones -el cargo obliga- y aunque es cierto que ahora vivimos más tranquilos, no podemos renunciar a aspirar a vivir libres de intoxicaciones, de mentiras injuriosas y de planes de paz manipuladores que lo que buscan es redimir a los culpables mientras estigmatizan a las víctimas llamándolas vengativas si no se avienen a los nuevos tiempos. Unos nuevos tiempos que pretenden basar la convivencia en la impunidad política, social y penal de los más abyectos criminales que España ha padecido en siglos. No todos somos iguales, señor Urkullu, ni tenemos la misma responsabilidad en el «daño causado». No hay más que leer la nauseabunda entrevista al carnicero de Mondragón, que ha sido excarcelado gracias a la derogación de la doctrina Parot, para darse cuenta. Si se quiere.

Ana Velasco Vidal-Abarca es hija de Jesús Velasco, asesinado por ETA en 1980, y de Ana María Vidal-Abarca, fundadora de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

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