Lázaro Sánchez

Pedro Sánchez es un excepcional caso de resurrección política que será estudiado por las ciencias sociales y en las bussines schools. Va más allá de los méritos y características personales de quien podría llamarse Lázaro y se inscribe en la transformación de los sistemas de representación política en el mundo occidental, que afecta de forma especial a la socialdemocracia declinante.

Pero no el sentido del sectarismo desplegado por un grupo mediático y su periódico de cabecera, que después de calificar al moribundo Pedro de «miserable sin escrúpulos», y de haber utilizado toda clase de argumentos tendenciosos para que el resultado no fuera el que ha sido, recibe a Lázaro resucitado comparando la decisión de los militantes socialistas con el brexit de los británicos.

Esos cambios en la representación política son consecuencia de que los viejos partidos son percibidos como organizaciones cerradas, profesionalizadas, endogámicas, donde prima más la lealtad al líder local que el mérito y la capacidad de comunicación con la sociedad y los electores. Esto es lo que explica que el Partido Socialista francés, puesto como ejemplo para desprestigiar la candidatura de Sánchez, tenga 80.000 afiliados y en cambio un recién llegado Macron, que no creo que sea otro caso de peligroso izquierdista, consiga 450.000 supporters en menos de un mes.

La victoria de Lázaro es también la derrota de esos poderes mediáticos que creían poder dictar la línea política del PSOE y de muchas de sus viejas glorias, cada vez más viejas y cada vez menos gloriosas. Los actuales dirigentes territoriales que propiciaron la caída de la ejecutiva del PSOE no midieron bien sus consecuencias. La gestora se alargó innecesariamente para ver si se calmaban los ánimos y la cosa se olvidaba, pero eso no hizo sino dar tiempo para que el rechazo se organizara partiendo de cero.

Cuando en términos globales y en muchas comunidades autónomas una candidata obtiene menos votos que avales, hay algo que no funciona en el sistema. Y el rechazo a esta forma de funcionar es una de las razones por las que ha ganado Sánchez. Dejando en evidencia a muchos líderes territoriales, que han puesto en cuestión su representatividad y su liderazgo futuro. Repetí varias veces durante la campaña que avalar no es votar, porque el aval es público y notorio y se puede conseguir pidiéndolo de forma digamos insistente, mientras que el voto es secreto y al final cada cual vota lo que le parece, protegido por el secreto de las urnas, que para eso se inventaron.

Sí, Sánchez ha resucitado partiendo del cero absoluto. La decisión de obligar en nombre de la unidad y la disciplina a que todo el Grupo Socialista del Congreso se abstuviera en la votación de investidura, sin permitir la aplicación de la cláusula de conciencia, no era ni necesaria ni inocente. Argumenté entonces que si no había otro remedio que abstenerse, bastaba con el servicio mínimo. Pero de lo que se trataba era de visualizar la difícil posición del PSC para un futuro ajuste de cuentas y obligar a Sánchez a escoger entre tres difíciles situaciones: abstenerse y quedarse sin discurso político; romper la disciplina de voto, lo que no está demasiado bien para un exsecretario general que, vaya usted a saber, a lo mejor quiere volver a serlo, o dejar el escaño y quedarse a la intemperie.

Escogió la solución más coherente, pero también la más difícil. Dejó el escaño y anunció que volvería a recorrer España. La carcajada se oyó en Sebastopol. En enero, los pocos dirigentes territoriales que no habían apoyado los idus de octubre, título del libro con el que he contribuido al debate, le retiraron su apoyo para proponer un candidato supuestamente pacificador. Creyeron todos que su soledad era ya definitiva y que tiraría la toalla.

Pero, en un caso extraordinario de resistencia personal y política, soportando insultos y descalificaciones, ha conseguido el apoyo de más de la mitad de los afiliados, y ha presentado una propuesta programática, a la que he contribuido modestamente, que se ha querido desconocer o descalificar acusándole de querer romper España y no sé cuántas cosas más. Yo le he apoyado porque coincido más con él sobre tres cuestiones fundamentales: el modelo de partido, la política de alianzas y el modelo de Estado, que es de lo que se trata y no de cómo atraer al turismo chino.

Ahora tiene que recomponer la unidad del partido, pero la unidad no puede ser de fachada, no puede ser en torno a una persona sino a un proyecto, respetando en todo caso el que los afiliados han escogido con su voto.

Josep Borrell, expresidente del Parlamento Europeo.

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