¿Le compraría un coche usado a Sánchez?

Para los anales quedan las elecciones norteamericanas de 1960 que propiciaron el primer debate televisivo de la historia. Kennedy y Nixon protagonizaron un cara a cara que -por cierto- el presidente Sánchez impedirá en España desmintiendo al candidato de ese apellido, si bien no de igual palabra. Pero también se evoca aquella cita con las urnas por el cartel de los demócratas enmarcando una instantánea de Nixon con aspecto de sujeto nada fiable bajo este explícito interrogante: «¿Le compraría un coche usado a este hombre?». Inevitablemente, esa duda también late en los comicios que Sánchez afronta como un plebiscito este último domingo de abril en el que, tarareando a Sabina, habrá votantes que, en la posada del fracaso, tendrán la sensación de que le han robado el mes y se preguntarán «cómo pudo sucederme a mí».

Lo cierto es que aquellos dos certeros puñetazos de Kennedy -el póster de comerciante nada fiable y su porfía ante las cámaras- tumbaron en la lona a un Nixon que, no obstante, al cabo de ocho años, culminaría su ambición de alcanzar la Casa Blanca. Claro que hubo que desahuciarle en 1974 por su implicación en el espionaje del cuartel electoral demócrata en el edificio Watergate. Como en el retrato de Picasso a Gertrude Stein y en el que la escritora americana no se reconocía -«No tiene por qué preocuparse; algún día usted se le parecerá»-, Nixon terminó asemejándose a aquel trajinante de coches usados del que sus rivales hicieron caricatura catorce años atrás.

Hay que reconocerle al grupo de campaña de Sánchez el esmero mostrado tanto para mejorar el empaque del vendedor como para lustrar una mercancía que, siendo de segunda mano, saca a la venta como recién traída de fábrica merced a los embellecedores de los viernes electorales del Consejo de Ministros. A la par, el diseñador del tuneado, Iván Redondo, jefe de gabinete de Sánchez, ha dispuesto una inteligente estrategia de distracción. No es cosa que el adquirente abra el capó del motor y meta su nariz en aspectos sustanciales de su mecánica, de modo que den la cara sus vicios ocultos y escape sin votar de la cabina electoral.

Como el dibujo de la boa de El Principito que se traga un elefante haciendo que parezca un sombrero, Sánchez escamotea sus apaños sotto voce con el independentismo para que no le pasen factura el 28-A y luego reactivarlos si los precisa. Bien para ser reelegido como en su investidura Frankenstein de junio del año pasado, bien para retomar las políticas de las que no se ha desdicho y que siguen sobre la mesa del Consejo de Ministros. De culminar su engaño, podrá felicitarse y convenir con Ciorán, el gran escritor y filósofo rumano, que la mentira, al fin y al cabo, no deja de ser una forma de talento.

Por eso, una hipotética entente poselectoral con Ciudadanos, lo cual sería plausible para muchos electores que aún creen que el PSOE es recuperable para el constitucionalismo y para sectores económicos que verían un signo de estabilidad, no deja de ser una martingala de Sánchez para ampliar su caladero con esos sufragios centristas, dada la parada biológica decretada en las ya esquilmadas aguas pesqueras de Podemos. En verdad lo que pretende con Cs es tener una coartada para su irresponsabilidad, de modo que lo justifique para hacer lo que realmente persigue. ¿Acaso es posible, salvo conversión cual Saulo camino de Damasco, que un Iceta -clave en el apoderamiento de Sánchez de Ferraz, como Maragall con Zapatero- que está a favor de indultar a los golpistas del 1-O, que admite un referéndum de autodeterminación y que añora reconciliarse con ERC, pueda emprender marcha alguna del brazo de Inés Arrimadas a la que deja más sola que la una en el Parlament?

Bien lo sabe Sánchez, pero sobre todo Rivera, quien se las ve y se las desea, desgañitándose hasta la afonía, para que sus electores no caigan como alondras en las redes de quien sólo persigue fraccionar la alternativa constitucionalista para seguir con su programa oculto con unos independentistas que necesitan reponerse del frustrado golpe de Estado que retomarán con nuevos bríos a las primeras de cambio. Entre tanto avanzarán en la imposición del nacionalismo obligatorio como religión única en Cataluña mediante el control omnímodo de escuelas y medios de comunicación.

No hace falta escuchar los cantos diarios de sirena de ERC y Bildu, pues su estrategia viene de largo (desde que Zapatero fuera «presidente por accidente» en 2004) y llevó a un entonces desconocido Torra a plantarse pancarta en mano ante la sede socialista de la calle Ferraz para apoyar a Sánchez el día que fue defenestrado por los barones al no respetar esa raya roja que le im- pusieron de no llegar a La Moncloa por el atajo secesionista.

Por eso, Sánchez plantea una campaña electoral en términos de izquierda y derecha, cuando lo que está en juego es la construcción de esa «España plurinacional» (Adriana Lastra, portavoz socialista, ya habla en estos términos con gran naturalidad) que lleva en su germen la semilla de la destrucción de España, de modo que los procesos independentistas catalán y vasco se expandan por Valencia y Baleares, y Navarra, respectivamente. No verlo es de ciegos voluntarios porque ni siquiera esa circunstancia se le escapa a los invidentes biológicos.

Desde los tiempos de Alfonso Guerra como jefe de tan poderosa maquinaria electoral, la estrategia socialista se corresponde con una frase del tantos años vicetodo: «Divide al electorado todo lo que puedas y procura quedarte con la mejor parte». Aun así, éste no llevó su propósito a la desmesura -era consciente de que el modelo constitucional sólo podía desarrollarse sobre las ruedas de las dos grandes fuerzas nacionales- de Zapatero, primero, con su intento de exclusión democrática del PP por medio del Pacto del Tinell -origen del tripartito que gobernó ocho años Cataluña- ni con sus componendas con fuerzas independentistas -incluida la legalización del brazo político de ETA- o de Sánchez ahora haciendo «del pasado el porvenir que nos espera».

El PSOE aplica el adagio latino –Divide et impera– atribuido a Cayo Julio César y que Maquiavelo desarrolló en el Arte de la Guerra, donde el florentino defiende que el mejor arma de un capitán para someter al ejército contrario es enfrentarlo entre sí. Esa táctica es igualmente fructuosa para que ese mismo capitán solidifique su liderazgo desatando guerras de poder que le permitan deshacerse de sus competidores y que nadie le haga sombra.

En pro de ese divide y vence, especialmente acusado cuando se juega el todo por el todo como este 28-A y hay que ganar «como sea», se invoca el voto del miedo -«¡Que viene la derecha!»- para agudizar la polarización de esta España tan demediada en la que el forofismo político es casi tan acusado como el deportivo y perfilar un chivo expiatorio en el que descargar las culpas. Agota tener que oír elección tras elección los mismos estereotipos y acusaciones de «derecha extrema». Ya lo hacían con el PP y vuelven a hacerlo con Vox. Suena a película de permanente reestreno, pero que sigue demostrando su eficacia pese a lo burdo y elemental. Por eso, Sánchez sólo va al debate televisivo en el que concurre Vox para usarlo de sparring en su estigmatización del centro derecha, mientras que blanquea el totalitarismo fascista de unos socios que cierran parlamentos a conveniencia y que expulsan de los mismos a quienes osan defenderse de sus tropelías sin sumirse en el silencio de los corderos.

No obstante la impostura de esas groseras manifestaciones, lo que entraña tomar por tonta a la gente, aún reporta réditos electorales. Como historió el gran hispanista británico Raymond Carr, probablemente no haya parte alguna en el mundo en el que la mitología de la izquierda haya pasado tan fácilmente a ser considerada verdad acrisolada como en España con la complicidad -todo hay que decirlo- del centro y la derecha.

Parece interiorizar esa desfiguración desistiendo a dar la batalla de las ideas para desenmascarar tamaño tartufismo. Le consiente una superioridad moral -más bien doblez- que no se justifica y que, en todo caso, cada formación ha de ganarse cada día.

Atendiendo a ese buen conformar, la izquierda vende sus fracasos como éxitos y el centro derecha, por lo general, escombra sus éxitos, dada su incapacidad genética para comunicar frente a los amos de la agitación y propaganda. A este propósito, viene como anillo al dedo lo que acaece con la Andalucía del cambio tras cuarenta años de régimen socialista. Cuando resulta cuasi portentoso que, en sólo ochenta días, con las dificultades añadidas de tratarse de un gobierno de coalición y con la necesidad añadida de precisar los votos de un tercero en discordia, el Consejo de Gobierno que preside Juan Manuel Moreno haya eliminado el impuesto de sucesiones y donaciones, así como el de transmisiones y actos jurídicos documentados, haya rebajado el tramo autonómico del IRPF y promovido ayudas a autónomos y pymes.

En lugar de sacar esos cumplimientos a pasear por parte de Casado, Rivera o Abascal, estos dejaron que Sánchez abriera campaña en Dos Hermanas -con menos gente que nunca, eso sí- hablando de una derecha «desalmada y egoísta». ¡Como si su partido no hubiera sumido a Andalucía en las mayores tasas de paro y fracaso escolar europeo, junto a la instauración de una corrupción institucionalizada, amén de ocultar a medio millón de andaluces de la lista de espera de la Sanidad y hacer que otros miles de ellos aguarden las ayudas sociales prometidas en el camposanto!

No se entiende, desde luego, que ni PP, Cs ni Vox marquen impronta -frente al tripartito de Sánchez- proyectando al resto de España cómo se puede plasmar su programa electoral de manera rauda y atendiendo a los compromisos adquiridos con sus votantes. En cambio, dejaron que Sánchez les cortara un traje a su medida e hiciera lo blanco negro beneficiándose de un desconocimiento bastante extendido en el conjunto de España. Incluida parte de Andalucía que se informa por Canal Sur.

No en vano, la RTVA sigue en manos socialistas, a diferencia de lo primero que hizo Sánchez con RTVE nada más aposentarse en su despacho. En una muestra de obscena manipulación, el canal autonómico se permitió el martes ilustrar esas medidas de alivio fiscal con el entierro de la duquesa de Alba sugiriendo que sólo benefician a los ricos, cuando ni siquiera la mujer con más títulos nobiliarios de Europa tenía su domicilio fiscal en Andalucía. Todo ello tras décadas presentando la Andalucía socialista como el mejor de los mundos posibles.

Dividido y enfrentado entre sí por un quítame allá esas pajas, el centro derecha acabará vencido, como se sabe desde Julio César. Entre tanto, Sánchez, vendiendo su vehículo usado como nuevo, podrá volver a sacar del armario su nuevo gobierno Frankenstein. Si funciona ese ardid de truecaburras, tendrá razón la ministra Montero cuando este jueves proclamaba en Sevilla, parafraseando a Guerra, que «cuando termine nuestra tarea, a este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió».

Tampoco la reconocerá, sin duda, ni el progenitor de esa máxima atendiendo a su libro alegato sobre La España en la que creo. Ya hace años, al enterarse de que el PSOE andaluz pretendía declarar al denominado padre de la patria andaluza, Blas Infante, «referente principal» del PSOE, Guerra le remitió a su amigo Manuel del Valle, ex alcalde de Sevilla, una copia anotada de aquel proyecto de ponencia donde se preguntaba: «¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?».

Cabría decir, atendiendo a la actual deriva socialista, que marcha atrás y cuesta abajo con el coche usado que Sánchez ambiciona endilgar a los españoles este abril en el que les pueden robar algo más que un mes, como canta Sabina. Nada menos que su existencia misma como nación más antigua de Europa.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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