Lealtad y complicidad

España debe hacer frente a un panorama político, económico y social desolador. El discurrir de la política institucional de estos dos últimos años y la extraordinaria magnitud de la pandemia han dejado maltrecho el país y han perfilado un escenario próximo al shock. Esta no es una mera constatación periodística, es la expresión exacta de las circunstancias adversas que hay que abordar. Si en algún análisis estamos todos de acuerdo es en el colosal reto que nos interpela.

Soy muy crítico con el balance de la actuación del Gobierno español en todo el malhadado periodo del estado de alarma y no encuentro un solo argumento que atenúe los resultados tan negativos de la acción del Gobierno independentista catalán. Más aún, la infantil actitud de Torra y su Gobierno para intentar diferenciarse constantemente de las decisiones que Sánchez, más mal que bien, iba adoptando, ha resultado patética. Así ha sido con las competencias centralizadas y las descentralizadas. Ni una brizna de valor añadido en la gestión soberanista ha registrado el comportamiento incompetente y errático de JxC y ERC. La economía catalana se encuentra al borde del abismo y las políticas sociales que se anuncian no podrán contener el masivo descontento popular del próximo otoño.

En ese torturado contexto, Torra, más pronto que tarde, convocará elecciones autonómicas. Lo hará en el límite, cuando advierta la inminencia del fallo del Tribunal Supremo y dudo que se deje arrebatar la potestad de disolver el Parlamento y convocar comicios. En eso consiste su principal prerrogativa como President. No hace falta añadir que el objetivo del secesionismo catalán es la obtención de una amplia mayoría parlamentaria que le permita volver a las andadas. Las encuestas de las que hoy disponemos profusamente, auguran resultados muy favorables para ERC , Puigdemont y los suyos. Rozan la mayoría absoluta. Por supuesto, un nuevo Gobierno del independentismo caracterizado como el actual, por la inacción, la incompetencia y la confrontación interna, agravará si cabe la situación de los catalanes y en nada ayudará a mejorar nuestras relaciones con el resto de España, ni favorecerá la suerte de nuestros conciudadanos.

¿Cómo evitarlo? No es asunto fácil, pero no es imposible solución. A mi juicio, sólo el catalanismo organizado en una amplia y sólida alianza electoral, que reúna todas las sensibilidades no secesionistas, puede intentarlo. Una amplia respuesta unitaria pondría las bases para variar la actual correlación de fuerzas parlamentaria, fracturando la mayoría acreedora de los intereses de los nacionalistas sececionistas. Desgraciadamente, en los últimos tiempos ha hecho fortuna en algunos medios la idea de que el catalanismo es propiamente el huevo de la serpiente del nacionalismo. Esta visión no sólo es injusta y ahistórica. Es más grave que un insidioso insulto, es un grosero error político y abre una dinámica peligrosísima.

Si se piensa que la estabilidad de la política catalana podrá cimentarse sin el concurso activo y responsable de los catalanistas centristas y moderados se están poniendo las bases para años y años de gobierno soberanistas, en confrontación permanente y estéril con los gobiernos de España. No es éste el lugar adecuado para hacer una autocrítica profunda de los errores del catalanismo en estas últimas décadas. Han sido muchos y graves, pero si la apresurada conclusión final es que el catalanismo es inseparable del nacionalismo separatista, la suerte está echada. Si se piensa que fatalmente aquel deviene en éste, la independencia es una cuestión de tiempo. Por supuesto, España ha de interlocutar con todos los partidos presentes en el escenario catalán. Entiendo que disguste tener que hacerlo pero, créanme, no queda otro remedio. Hay que apurar toda posibilidad de negociación, acuerdo y pacto. Los límites objetivos del debate están claros, pero los caminos por los que hay que transitar son necesariamente múltiples y diversos. No hay atajo para resolver la situación sin proceder políticamente por esta vía. Si en este agitado contexto, en España no se percibe el papel crucial que el catalanismo moderado ha de jugar, el inevitable pulso con el nacionalismo de JxC, Esquerra Republicana, la CUP y otros, va a perderse irremisiblemente. Y ello implicará, finalmente, la derrota de todos. El retroceso del país será extraordinario y en buena medida, habrá que empezar de nuevo.

Una correlación de fuerzas en la que choquen perpetuamente Partido Popular, Ciudadanos, Vox y las fuerzas de izquierda nacionalista no tiene, ni a corto ni a medio plazo, salida alguna.

Puede que exista, lo entiendo perfectamente, desconfianza en el catalanismo que afirma que se puede y se debe normalizar una relación afectiva, funcional y positiva con el resto del Estado. Sin embargo, sin esa fuerza, sin esa aportación resuelta, no es a mi juicio posible ni siquiera intentarlo. Cientos de miles de catalanes pensamos que eso es así, cientos de miles de catalanistas apostamos por recuperar nuestra mejor tradición, ofreciendo y exigiendo a todos un trato generoso, comprometido y leal, como fue posible en los mejores momentos de nuestra relación como ciudadanos de España.

Para proceder con éxito se necesita, una alianza electoral de todos los que creen que este planteamiento es necesario y posible. No resultará sencillo que las distintas expresiones del catalanismo, Lliures, Lliga, UxA y PNC lleguen a un acuerdo, pero resulta indispensable. Hace falta una visión comprometida y abierta para articular una alternativa que centre sus esfuerzos en disponer de una presencia importante en el Parlament. Se tratará de ayudar primero en la reconducción de Cataluña después de la devastación generada por la Covid-19 con energía e inteligencia. Después ha de ser una pieza clave para superar la apatía política, el desánimo, la incertidumbre y el cansancio en el que se halla inmersa la mayor parte del pueblo de Cataluña. La prueba definitiva de la credibilidad de estos planteamientos será el programa electoral. Claro, directo y sin ambigüedades. No caben las ensoñaciones ni las aspiraciones reprimidas. Hay que dejar patente que el catalanismo de la segunda década del siglo XXI, no apuesta ni por la independencia, ni por el referéndum, ni por la recreación de un marco inestable de relaciones con el resto de los pueblos de España. Apuesta por la defensa de su autogobierno, sus instituciones y su Estatut en el marco de un proyecto europeo donde España en su conjunto ha de librar una compleja batalla día a día.

En definitiva, ha de poder finalizar la historia interminable. Este mensaje debe ser preciso y contundente para motivar a los catalanes, para que crean que hay fundadas esperanzas de emprender, seguros y confiados, un camino de recuperación, prosperidad, afecto y mutuo entendimiento. Bastará, por descontado, con votar pero se precisa ante todo de un compromiso entusiasta conocedor de que las mejores horas de Cataluña han coincidido históricamente, en los últimos siglos, con los mejores días de la nación española. La comprensión, simpatía y apoyo de todos aquellos que creen que nada está definitivamente perdido, en este momento tan difícil y exigente, es vital para la causa. Demandamos complicidad, ofrecemos lealtad.

Antoni Fernández Teixidó es fundador de Lliures.

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