Lección de Historia

Magistra vitae, maestra de la vida, llamaba Cicerón a la Historia. Alguien, no recuerdo en este momento quién, le añadió, «quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos». Quisiera dedicar esta Tercera a uno de nuestros episodios más penosos, que aún colea: el primer alzamiento catalán contra la monarquía española, entonces imperio, envuelto en la Guerra de los Treinta Años y con graves problemas internos, como indica que se le sublevaran casi simultáneamente Portugal, Cataluña y Andalucía, aunque lo de esta pudo ser una correría particular del duque de Medinaceli. Lo de Portugal fue tan grave que acabó en su independencia y lo de Cataluña estuvo a punto de desembocar en ella. Para relatarlo voy a seguir a uno de los historiadores catalanes más populares, Ferran Soldevila, a fin de que no queden dudas sobre la parcialidad. Finales de la tercera década del siglo XVII. Un ejército español ocupa Cataluña para impedir que la ocupen los franceses, cosa que consigue, pero ante sus abusos –latrocinios, homicidios, violaciones– la población local pide su retirada. El conde duque de Olivares, valido de Felipe IV, no lo retira. La respuesta fue un alzamiento, iniciado en la Selva y el Ampurdán (1640), que se extiende por todo el Principado. Más de 3.000 campesinos entran en Barcelona el 7 de junio («Corpus de la Sangre») al grito de Visca la terra! Morins els traïtors!, liberando a los encarcelados por orden del virrey, conde de Santa Coloma, al que dan muerte. El conde duque prepara un ejército en Aragón para aplastar la revuelta. Ante lo que la Generalitat, con el canónigo de Urgell Pau Claris al frente, inicia negociaciones con Richelieu para crear una república catalana bajo la protección del rey de Francia, Luis XIII. Las tropas de Olivares entran por el Bajo Aragón, toman Tortosa, Tarragona, se acercan a Barcelona sin conseguir tomarla. Al fin llega ayuda francesa y Claris hace proclamar a Luis XIII Conde de Barcelona, máximo título del Principado, con lo que Cataluña pasa a estar bajo soberanía francesa.

La guerra, una de las más olvidadas y cruentas de nuestra historia, va a durar doce años, con avances y retrocesos de ambas partes y visitas al frente de ambos monarcas, incluido Luis XIV, que ha heredado la corona a la muerte de su padre. La muerte de Richelieu, alma de este «avance hacia el sur», la conspiración contra el cardenal Mazarino, al frente ahora de la política gala, y que los franceses hayan alcanzado su principal objetivo, situar la frontera con España en los Pirineos e incorpora, por tanto, el Rosellón y media Cerdaña a su territorio, fueron elementos decisivos para este giro francés. Contribuyó también que la ocupación de sus tropas se volviera contra ellas por los mismos abusos cometidos antes por las españolas –pillaje, violaciones, homicidios– y el hecho nada despreciable de que las tropas de don Juan José de Austria tenían cercada Barcelona, «inclinaron a aceptar la capitulación ofrecida por el hijo natural de Felipe IV en condiciones bastante aceptables. Las condiciones eran el perdón y olvido general, así como la permanencia de la constituciones y privilegios catalanes», según Soldevila, que remacha: «Las instituciones de Cataluña se habían salvado, quedando aseguradas por más de medio siglo. Será necesario que otra dinastía, unida a la tradición de centralismo a toda costa, entre a regir los destinos de España para que se encienda una nueva lucha y Cataluña pierda en ella sus libertades». Por mi parte sólo apuntar que la dinastía sucesora de los Austrias era francesa: la Borbónica.

Así transcurrió y terminó el primer asalto de lo que pasó a llamarse «la cuestión catalana» y hoy atraviesa otro de sus momentos incandescentes. ¿Qué lección podemos sacar de él? El más significativo, que Cataluña fue semiindependiente a mediados del siglo XVII, coincidiendo con los primeros síntomas de decadencia del Imperio Español, al socaire de las primeras derrotas que sufren sus Tercios en la Guerra de los Treinta Años. Y lo realmente curioso es que los problemas del Principado, en especial las divisiones internas que hacían chocar a nobles contra burgueses, al campo contra la ciudad, a la iglesia contra el bandolerismo (convertido en auténtica clase social), le hace buscar, no la independencia, sino la incorporación a Francia. Encontrándose al cabo de pocos años con que el remedio era peor que la enfermedad, por lo que acepta reincorporarse a la Corona española. Y ya, más como reflexión que otra cosa, uno deja volar la imaginación para figurarse lo que hubiera sido Cataluña de haber triunfado la idea del canónigo Claris y haberse quedado incorporada definitivamente a Francia. No hacen falta muchos esfuerzos para verla como lo que es hoy la Cataluña más allá de los Pirineos, cuyo nombre sólo aparece en la autovía que la atraviesa, la A-9, «La Catalana», ya que su nombre oficial es «Pyrénées-Orientales (département 66)» y «Aude (département 11)», incorporados a la región de Languedoc Roussillon, tan franceses como cualquier otra región francesa, cuyo centralismo no admite ni siquiera bromas. Piensen que recientemente han prohibido el uso de la ñ en internet por amenazar la pureza del idioma nacional. Otro ejemplo de lo que decimos es que Jordi Pujol decidió abrir en esa región aulas y escuelas en que se enseñaba el catalán, para que no desapareciese del todo en la «Cataluña norte», como figura en los mapas de los Païses Catalans de la Generalitat. Batalla perdida hace mucho tiempo ante el francés.

¿Qué lección podemos sacar de esta primera refriega del nacionalismo catalán para lograr la independencia? Prefiero dejar hablar al mejor y más ecuánime historiador catalán, Jaume Vicens Vives, en Noticia de Cataluña pg. 211: «La política catalana fue a la deriva durante veinte años. Nunca se ofrecieron al país objetivos claros y coherentes, salvo conservar al pie de la letra la constitución pactista… Nada se hizo en el camino de la unidad. Muy al contrario, la gente de valor, o bien se dejó arrastrar por el sentimentalismo del choque primario entre nativos y forasteros, o bien abandonó la causa de la tierra en un acto de servilismo a ultranza. La unidad del país, ya resentida desde las primeras chispas del incendio revolucionario, se rompió muy pronto… No sólo entre los nobles y los burgueses, sino incluso entre los menestrales. Así, pues, la revolución catalana del siglo XVII fue un espectáculo de extremo confusionismo: guerra patriótica, guerra civil y revolución social, lucha internacional. ¡Qué gran martirio durante veinte años!»

La pregunta que uno se hace es: ¿volverá a repetirse cuatro siglos después? Espero que no. No olvidemos que quienes no han aprendido de sus errores, repiten la historia.

José María Carrascal, periodista.

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