Lecciones de la Historia americana

Joe Biden ha ganado las elecciones estadounidenses. Fin del tiempo reglamentario y comienzo de la prórroga, que durará hasta el 14 diciembre, cuando se reúna el Colegio Electoral para nominar al nuevo presidente. Superar los 270 votos electorales no equivale a llegar a la Casa Blanca. Al menos, no automáticamente.

El espectáculo, por tanto, va para largo. En esta ocasión agravado por el coronavirus y un Donald Trump más arrogante que nunca que no aceptará la derrota hasta que lo diga el Tribunal Supremo. Acudir a la vía judicial es legítimo, no así cuestionar el sistema porque has perdido y menos todavía autoproclamarte vencedor contra toda evidencia.

¿Estamos entonces ante algo nunca visto? ¿Cuántas veces se ha negado un presidente a aceptar los resultados o ha recurrido a los jueces o sus seguidores se han echado a las calles para reclamar justicia? En los últimos dos siglos ha sucedido en diferentes ocasiones, en algunos casos con efectos más graves que los actuales. Por ejemplo, la elección del republicano Abraham Lincoln en 1860, que sobrevivió a un atentado en Baltimore poco antes de la toma de posesión en Washington, ciudad a la que llegó disfrazado para evitar que lo asesinaran. Pocos meses después, siete estados se escindieron y estalló la terrible Guerra de Secesión.

A lo largo de siglo XIX, hubo varias comicios ajustados, con reclamaciones de unos y de otros y sin vencedor claro durante bastante tiempo. El caso paradigmático ocurrió en 1876, cuando tres Estados se negaron a comunicar los resultados y todo el proceso se detuvo. Finalmente, dos días antes de la ceremonia presidencial, una comisión de jueces y legisladores otorgó la victoria al republicano Hayes por 185 a 184 votos. Habían pasado cuatro meses desde los comicios.

Ya en el siglo XX, en 1916, tanto el demócrata Woodrow Wilson como el republicano Hughes se autoproclamaron presidente. Los partidarios de uno y otro se pegaban en las calles mientras las iglesias de cada candidato (presbiteriano uno, baptista el otro) organizaban multitudinarias jornadas de oración. Al final, ganó Wilson, famoso por meter a EEUU en la Primera Guerra Mundial y al que luego le dieron el Nobel de la Paz por su impulso a la Sociedad de Naciones.

Las cosas permanecieron en calma hasta 1948, cuando Dewey ganó a Harry Truman. El asunto parecía tan claro que el Chicago Daily Tribune anunció: «El Partido Republicano barre en las elecciones. Dewey derrota a Truman». Y Dewey, tan feliz, se fue a dormir. A la mañana siguiente, Truman había ganado por un estrecho margen. Para la historia queda la fotografía del ya presidente con el diario de Chicago en las manos y una enorme sonrisa en la cara.

Ahora bien, nada como las elecciones de 1960, las más ajustadas de la Historia. Aquellas que enfrentaron a John F. Kennedy con el vicepresidente Richard Nixon. Ganó el demócrata por un irrisorio 0,17 % del voto popular, apenas 112 000 papeletas. En esa ocasión, la batalla final ocurrió en Illinois, donde la mafia alteró el recuento hasta que los números cuadraron. El equipo de Nixon valoró denunciar el resultado, pero el republicano se negó al desprestigio de ganar en los tribunales lo que había perdido en las urnas.

El culmen del caos electoral llegó, como muchos recordamos, en las elecciones de 2000 que enfrentaron al vicepresidente demócrata Al Gore y al gobernador de Texas, George W. Bush. La noche estaba emocionante de por sí, con Gore acariciando el triunfo, pero entonces llegó Florida y todo voló por los aires: el que ganara en el Estado del Sol llegaría a la Casa Blanca. Ganó Bush y Gore lo aceptó públicamente… durante un rato. Horas más tarde, anunció que acudiría a la vía judicial. El veredicto del Tribunal Supremo llegó cinco semanas después cuando se otorgó la victoria a Bush Jr. por cinco votos a cuatro y tras un mes de incertidumbre. Fin de la historia y también de la famosa papeleta mariposa, que no volvió a utilizarse.

Como dice el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol y menos aún bajo el sol norteamericano: empates, denuncias, autoproclamaciones, jueces y jornadas de oración. Tampoco la derrota de Trump, al que las encuestas mataron antes de tiempo y que casi vuelve de la tumba para seguir en la Casa Blanca. No lo descartemos del todo, al menos hasta el 20 de enero de 2021, fecha en la que expira el mandato del presidente. Si para entonces no hay un ganador, la ley prevé que la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, alcance el poder. Un giro de guion inimaginable, más propio de Aaron Sorkin que de la vida real, pero perfectamente posible en este año caótico.

Este despropósito nos plantea dos reflexiones: primera, 69 millones de estadounidenses (el 48% del censo) han votado a Donald Trump –siete más que en 2016–, un respaldo gigantesco a su gestión que demuestra que el trumpismo no es un accidente nocturno. Por si fuera poco, los republicanos van a controlar el Senado y torpedear muchas leyes. Veremos si en 2024 hay un relevo generacional y los candidatos moderados (Paul Ryan, Marco Rubio…) consiguen liderar el partido.

Segunda, los legisladores estadounidenses debe plantearse renovar su ineficaz sistema electoral –un pozo negro para la democracia–, diferente en cada Estado y sin una Junta Electoral Central que ponga orden. De otros modo, lo que ha pasado volverá a suceder, cuestionando de nuevo un sistema político fragmentario y poco flexible.

Estados Unidos es como lo hemos visto: contradictorio, espectacular y violento, pero las aguas volverán a su cauce. Sus envidiables instituciones aguantarán tanto la embestida delirante de Trump como la flojedad de Biden, un candidato por accidente que difícilmente logrará sanar las heridas de este país, dividido contra sí mismo desde la llegada de Obama en 2008.

Otra cuestión, bien interesante, atañe al mandato de Joe Biden. ¿Tendrá fuerzas para cumplir sus cuatro años de gobierno? Él mismo se ha calificado como un «presidente de transición». Y acierta. ¿Acaso alguien se lo imagina presentándose a la reelección con 82 años? No way, Jose, dirían por allá. Por tanto, cabe dentro de lo posible que la vicepresidenta Kamala Harris sustituya a Biden antes de que termine el mandato, convertido ya este en una mezcla de presidente emérito y abuelo sonriente. Significativamente, ella lo acompañó en la declaración de victoria, un poderoso e inusual mensaje televisivo perfectamente estudiado.

Así es la política. Veremos si se convierte en Historia. Que siga el espectáculo.

Ignacio Uría es profesor de Historia contemporánea de la Universidad de Alcalá e investigador sénior asociado del Cuban Studies Institute (Miami).

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