Lecciones de la Historia

Pasado mañana comenzaremos 2014, y estoy segura de que a lo largo de todo el año no dejarán de aparecer artículos, ensayos, libros y reportajes sobre la Gran Guerra que estalló después del asesinato de Sarajevo el 28 de junio de 1914, al cumplirse justo 100 años. Una Guerra tremenda que llenó de cadáveres los campos de Europa, que acabó con imperios tan centenarios como el austrohúngaro, el ruso o el otomano, que cambió radicalmente el mapa político europeo y que, mal resuelta en la Paz de Versalles, engendró la aún más terrorífica II Guerra Mundial.

La importancia de aquel acontecimiento terrible, cuyas consecuencias llegan hasta hoy, justifica, sin duda, todos los estudios y análisis que se le dediquen. Unos estudios y unos análisis que tropiezan y tropezarán siempre con la inmensa dificultad de explicar cómo los países más desarrollados del planeta, los más cultos, los más civilizados, los hereder o s de las tradiciones filosóficas más profundas, se enzarzaron en una guerra de dimensiones inimaginables que convirtió Europa en el escenario de una carnicería inmisericorde donde dejaron sus vidas millones de jóvenes.

¿Qué pudo pasar para que Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Rusia y, junto a ellas, el resto de naciones europeas se lanzaran a esa matanza sin límites? ¿Cómo fue posible que se mataran sin freno los soldados de uno y otro bando cuando compartían los mismos valores, los de la civilización occidental, y profesaban la misma religión, el cristianismo? ¿Qué tuvo que ocurrir para que los monarcas de esos reinos e imperios, que, además estaban unidos por estrechos y cercanos lazos de parentesco, patrocinaran una insensata escalada de odio que llevó a sus pueblos a respirar un belicismo y unas ganas de acabar con el vecino que hicieron posible el enfrentamiento?

Contestar todas estas preguntas no esnada fácil, por es ose comprende que la bibliografía sobre la Gran Guerra del 14 sea ilimitada y no pare de crecer, como veremos en el año que va a comenzar. La Gran Guerra y su continuación en la II Guerra Mundial constituyen un fracaso tan colosal para los países más civilizados de Occidente que todo lo que sirva para comprenderla mejor puede ayudarnos hoy a conocernos mejor a nosotros mismos como sujetos de la Historia y a entender mejor los gravísimos errores en los que se puede caer cuando confluyen determinadas circunstancias.

En «1914. El año de la catástrofe» (Editorial Crítica), uno de esos libros recién publicados que ya anuncian una abundante cosecha de publicaciones para 2014, el historiador y periodista británico Max Hastings recuerda que Winston Churchill ya dejó escrito que «ninguna parte de la Gran Guerra se puede comparar, por su interés, con el principio». Y es que saber los orígenes y determinar las causas del estallido de aquel afán de exterminar a la nación vecina que surgió en todos los países europeos era y sigue siendo la clave que los historiadores buscan para que, al conocerlas, nunca volvamos a repetir aquel gigantesco error.

Analizar las causas de la Gran Guerra es muy difícil. Por eso ha dado lugar a tantísimas obras y estudios, a los que los no especialistas debemos acercarnos con ánimo de aprender. Pero, sin pretender sentar cátedra en ese asunto tan delicado y complicado, sí se puede señalar que hay unanimidad en los historiadores a la hora de identificar el odio a los países vecinos, que respiraban muchos de los ciudadanos europeos de entonces, como una de las razones más determinantes del estallido del verano de 1914. Un nacionalismo (ya se sabe que el nacionalismo es el odio a lo ajeno, muy distinto del patriotismo, que es el amor a lo propio) que fue cultivado, abonado, promocionado y encendido por la inmensa mayoría de los monarcas y gobernantes de esos países, incluidos los líderes obreristas y socialistas, que, en aquel momento, no dudaron en traicionar el internacionalismo que habían predicado hasta entonces. El resultado fue que millones de jóvenes fueron enviados a morir en las trincheras, mientras se seguía predicando el odio al vecino al que se culpaba de todos los males de la propia patria.

Un nacionalismo exacerbado, inoculado a los ciudadanos por unos líderes irresponsables que no supieron estar a la altura de las circunstancias, fue, sin duda, una de las claves de la gran catástrofe. Aprendamos de la Historia. ¡Feliz Año 2014!

Esperanza Aguirre, presidente del PP de Madrid.

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