Lecciones de pobreza

“Cómo duele en la cabeza de un hombre que pasa hambre el ruido de un huevo duro rompiéndose sobre un mostrador!”.

Esta imagen me recuerda, aunque tengan muy poco que ver entre sí, la estúpida arrogancia del escritor que esgrime su hambre para sentirse superior a sus congéneres en una de las más conocidas novelas del escritor noruego Knut Hamsun. O el voluntario ayuno que expone ante su público con orgullosa y tozuda profesionalidad el protagonista de Kafka en El artista del hambre. O la casi ufana pobreza de Hemingway en París era un fiesta. O el hermoso cuento de Luis Mateo Díez donde un hombre se encamina hacia la pobreza voluntariamente porque es la única solución que encuentra para desprenderse de la insustancialidad que dibuja su asfixiante vida burguesa, el fulgor que le guía en la oscuridad de su banal existencia. Aquel verso, de un poema de Jacques Prévert, fue el primer contacto literario que tuve con la pobreza. La experimenté, alguna vez, como una amenaza tangible. Ser, como esos personajes urbanos de Paul Auster, repentinamente pobre. Desasistido en un abrir y cerrar de ojos de la generosidad humana, de la piedad. El horror a la intemperie, a la insignificancia material.

El Diccionario de la Lengua Española define a un pobre, en su primera acepción, como alguien que no tiene lo necesario para vivir. Y unas líneas más abajo, en una tercera acepción, dice lo siguiente de la misma figura: infeliz, desdichado y triste.

No deja de llamar la atención que una misma entrada nos defina a un pobre con esa familiar impersonalidad de los diccionarios y un poco más adelante nos proponga su dramática novela. De pronto, el aséptico personaje del diccionario adquiere una áspera y aflictiva existencia. El Diccionario de uso del español, de María Moliner, intensifica el drama del pobre. No en su primera acepción, que casi dulcifica su condición comparada con la del diccionario de la Real Academia, sino en la quinta, con un rotundo “pobre de solemnidad”. Algo así como si detrás de su escueta formulación se escondiera un relato más naturalista, en la estela de dolorosa indigencia del poema de Prévert.

Dickens y Benito Pérez Galdós (al final de su vida él mismo pobre) cuánto nos ayudarían en la investigación de la pobreza en el siglo XIX. De la misma manera que la pintura barroca española en el siglo XVII, con José de Ribera a la cabeza, complementa con precisión sobrecogedora los estudios macroeconómicos de la época. Estas instancias, muchas veces, independientemente de su mayor o menor nitidez expresiva, empeño descriptivo o reflexión filosófica, nos aproximan a un fenómeno social que cada vez nos incumbe más y del cual es casi imposible abstraernos. Cada día vemos más en nuestras ciudades crecer el ejército de pobres.

Los tenemos a nuestro lado. Incluso es posible que los tengamos en nuestro propio rellano. Ese señor o señora correctamente atildados a los que una noche descubrimos hurgando en el contenedor de la esquina.

La ciencia estadística, junto con el arte y la literatura, ayudan a hacernos una idea científica y emocional de este terrible problema. El éxtasis económico y financiero de la sociedad europea antes de la actual crisis disimuló a la perfección la miseria cotidiana. Los actuales 12,5 millones de británicos que están por debajo del umbral de pobreza, no se hacen de un día para otro. Ni el millón de asalariados pobres en Francia, de los cuales la mayoría son mujeres, tampoco. Ni los tres de cada 10 hogares españoles que llegan a fin de mes con enormes dificultades. Ni los 1.200 millones de pobres que viven en nuestro amado planeta con menos de un dólar diario.

El Banco Mundial maneja en sus informes oficiales el concepto de pobreza absoluta, que debe de ser algo así como el pobre de solemnidad de María Moliner. Pues bien, en 2004 vaticinó que no sería hasta el 2015 que dicha pobreza se rebajaría en un 50% en todo el mundo, aunque el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el mismo año, sentenció que dicho horizonte no se alcanzaría en África hasta el año ¡2147!

En 1933, George Orwell publicó Vagabundos en París y Londres, su primer libro. Lo leo ahora en la excelente edición de Carlos Villar Flor (Menoscuarto). Sus vivencias en ambas ciudades europeas las consideró “una lección de pobreza”.

Fabián Estapé escribe en Mis economistas y su trastienda que Alfred Marshall compró un día un cuadro que representaba a un mendigo. Lo colgó en su despacho, no fuera que se olvidara de que la misión de un economista es solucionar los problemas de los más humildes.

Millones de personas hay ahora mismo en el mundo a las que les duele en sus cabezas el ruido de un huevo duro rompiéndose lejos de su alcance.

J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario.

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