Lecciones de una manifestación

Son varias las consecuencias de la manifestación de Barcelona; algunas tienen el vigor de tendencias que, por desgracia, para muchos estaban ocultas;sólo la evidencia las ha hecho visibles a los ojos de estos incrédulos siempre dispuestos a exculpar a los independentistas. La primera evidencia es que a los precursores de la independencia todo lo demás no les importa o les importa muy poco. No hay en la historia de la democracia una exhibición más impúdica ante las víctimas causadas por un atentado terrorista. Podemos encontrar en el pasado comportamientos poco adecuados, sibilinas actuaciones para rentabilizar tal o cual acción terrorista, pero la subordinación absoluta de unas víctimas recientes al objetivo partidario de la independencia no lo habíamos visto nunca.

A la sorpresa por el comportamiento de los independentistas se ha unido el disgusto por la desnudez de unas intenciones que dejaban claro que todo -las víctimas, los terroristas- estaba supeditado a su hoja de ruta. Pero esa evidencia no debería sorprendernos, los independentistas han dado la espalda a la ley desde hace años sin ninguna necesidad de ocultarlo, han dejado claro que no les importa nada lo que piensa una gran parte de la sociedad catalana y tampoco que el resultado de su estrategia sea la división radical de esa sociedad; todo se condiciona al movimiento nacional que han iniciado hace más de cinco años con la oposición de muy pocos, desestimados muchas veces al grito de fachas.

Pero esa característica es inevitable en todos los movimientos nacionales que ponen las leyes por debajo del pueblo. Donoso Cortes en su Discurso sobre la dictadura pronunciado en el Congreso de los Diputados en el año 1849 ya decía: “¿Cuál es el principio del señor Cortina? El principio de su señoría, bien analizado su discurso, es el siguiente: en la política interior, la legalidad: todo por la legalidad, todo para la legalidad; la legalidad siempre, la legalidad en todas circunstancias, la legalidad en todas ocasiones; y yo, señores, que creo que las leyes se han hecho para las sociedades y no las sociedades para las leyes digo: la sociedad, todo para la sociedad, todo por la sociedad; la sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasiones”.

No cabe duda de que los que ponen como excusa la sociedad para vulnerar las leyes recorren caminos antidemocráticos y autoritarios en los que nada importa excepto sus objetivos. Lo digan o no, lo hagan explícito o no, el desprecio a la ley les aleja del respeto a las víctimas y a la propia sociedad que esgrimen defender, y les acerca al autoritarismo doctrinal y práctico. Si Donoso Cortés no nos dice nada, siendo como somos grandes desconocedores de nuestra historia, sí nos lo dirá su gran admirador Carl Schmitt, a través del cual el español se ha convertido en un influyente autor para los movimientos más radicales de EEUU. No creo que sea necesario recordar la terrible utilización que hizo el jurista alemán de la tenebrosa idea de que el Volksgeist está por encima del Estado, de las leyes, de las instituciones y su convencimiento de que la política exclusivamente se basa en la dialéctica amigo-enemigo… ¿Podemos ver en estas posiciones alguna semejanza con lo que está sucediendo hoy en una parte de España?

El movimiento nacional catalán, como todos los movimientos de esta naturaleza, necesita su populacho. Y si éste se puede definir como una importante porción de determinada sociedad que no respeta ni leyes, ni símbolos, ni atiende a su propio beneficio en la búsqueda de un objetivo inalcanzable que parece hacerles fuertes e importantes en una historia que creen protagonizar, desde luego lo tiene. La ANC y la CUP son los que hacen el trabajo sucio a los independentistas institucionales; más acomodados y ocupados en dar una imagen de respetabilidad, algo que todos los movimientos de este tipo necesitan trasladar en origen a los que les contemplan cuando no son mayoritarios. Rompen pancartas que no dicen lo que ellos defienden, agreden a quienes piensan distinto, insultan símbolos compartidos por la mayoría, su propaganda no se basa en verdades comprobables, ni en datos, ni en hechos verificables; su objetivo es estimular a los suyos y asustar al resto y para ello no les importa recurrir a los protocolos de los sabios de Sión o a convertir a Felipe VI en corresponsable de las atentados terroristas. Porque el Gobierno de la Generalitat necesita esbirros que le hagan el trabajo sucio, no romperán con la CUP. ¡Muchos se asombran de la extraña pareja que hacen la burguesía independentista y los radicales! No hay motivo para la sorpresa, se necesitan mucho más allá de los votos que se prestan en el Parlamento, se necesitan estratégicamente, por lo que no romperán hasta que consigan su objetivo o fracasen.

La tercera lectura de la manifestación igualmente se venía anunciando hace tiempo: el Rey, el Jefe del Estado, parece obligado, en contra de la naturaleza de la institución que representa, a jugar un papel activo y desaconsejable en periodos de normalidad. La opinión pública se ha dividido ante la presencia del Monarca en la manifestación de Barcelona. Unos argumentan que hizo bien porque representa a España y a todos los españoles, pero eso también lo hace en periodos de tranquilidad el Gobierno de la nación. Hayamos votado o no al Ejecutivo, nos guste más o menos, existan o no motivos importantes para la censura política, el Gobierno de turno nos representa a todos, razonamiento que invalida la justificación esgrimida para defender la participación del monarca en la marcha de Barcelona.

Los contrarios dicen que no hay precedentes en Europa de un rey presidiendo una manifestación y ven una excepción que confirma la regla, la presencia del monarca de Jordania en una manifestación en París. Pero ni siquiera es válida la excepción, se manifestó fuera de su territorio y, desde luego, la monarquía jordana poco tiene que ver con las europeas.

Ahora bien, que no existan precedentes tampoco es una razón de peso. El rey de Bélgica abdicó durante unas horas para no firmar una ley que iba contra su manera de pensar, tampoco existían precedentes. Los reyes, como todos, deben adaptarse a la realidad que les da sentido. La cuestión no es por lo tanto si fue o no un error que asistiera a la manifestación, sino las causas que le obligaron a ir y al Gobierno a permitirlo. En las circunstancias en las que transcurre el golpe independentista catalán y el parejo descrédito de la política española, no creo que hubiera otro remedio que el de utilizar el menos mellado de todos nuestros símbolos: la Monarquía. Cierto que la reacción del populacho del movimiento nacional catalán ante su presencia se ha saldado con un fuerte fracaso de los radicales y un fortalecimiento de la figura del Rey. Pero que haya sido así no menoscaba los peligros de políticas basadas en la utilización del Jefe del Estado.

La envergadura del reto independentista ha obligado a esta participación, pero debe ser excepcionalísima, no puede repetirse. Hoy podemos decir que si Juan Carlos consolidó la Monarquía, Felipe la ha arriesgado por un bien superior a la propia institución y, en estos tiempos que corren, cuando nadie abandona la trinchera de su sigla y la defensa de sus intereses, su gesto adquiere más trascendencia. Si quedaba algún vestigio de las características inherentes a las monarquías tradicionales, Felipe la ha convertido en una institución civil y laica. Hoy podemos decir más que nunca que si Juan Carlos fue el Rey de la Transición, Felipe se ha convertido en el Rey del pueblo, el problema es que el pueblo, sobre todo el español, es voluble y antojadizo, por lo que la moderación, la inteligencia y la distancia adecuada deben ser la norma de la Jefatura del Estado a la hora de administrar en el futuro su crédito.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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