Lecciones de una ruina

Viajamos en cuanto disponemos de tres o cuatro días libres, tal como va a suceder esta semana. Aunque no todos viajamos de la misma manera ni, por supuesto, con los mismos medios. Por razones de bolsillo o por alergia al ajetreo, no son pocos los que viajan sin salir de su ciudad (descubriendo o redescubriendo rincones próximos) o perdiéndose a lo sumo por geografías familiares. Otros, en cambio, buscan horizontes lejanos, pues anhelan lo extraño, a pesar de que, incluso en los lugares más exóticos, encontramos hoy en día una infinidad de espacios y objetos familiares (habitaciones de hotel, aeropuertos, supermercados, bares, autopistas, salas de espera). En el fondo, y como sugiere Bauman, podemos permanecer en el otro extremo del mundo sin cambiar de usos y costumbres, mientras que, debido a las grandes corrientes migratorias y turísticas, nuestro entorno vital es cada vez más exótico.

Existe un punto de coincidencia entre los que aprovechan los días libres para (re)conocer la geografía familiar y los que frecuentan geografías remotas. Unos y otros pasearán, seguramente, por los barrios antiguos, admirarán murallas, templos y palacios, visitarán museos y ruinas.

Aunque en todas las épocas las ruinas del pasado causaron fascinación, fue durante el romanticismo que se convirtieron en objeto de contemplación artística. Los románticos idealizaron las ciudades muertas, las columnas quebradas, los monasterios invadidos por la hiedra. Durante el siglo XX, sin embargo, casi desapareció la nostalgia de las ruinas históricas, puesto que las ruinas presentes lo invadieron todo. La representación artística de las nuevas ruinas no remitía a un pasado ideal, sino al horror puro y duro: fotos de ciudades arrasadas por la aviación o el inmenso hongo nuclear, filmaciones en directo de las estelas de fuego verde cayendo sobre Bagdad o del hundimiento de las torres gemelas. La ruina contemporánea deja un fondo de inquietud. Remite a la tremenda debilidad de la civilización y a nuestra extremada percepción del riesgo; pero atrae. La cultura actual, que tiene fijaciones suicidas, se regodea con la posibilidad del abismo, con la hipótesis del apocalipsis.

Y, sin embargo, cuando visitamos una ruina antigua acostumbramos a recuperar la fascinación que los románticos inocularon en la cultura occidental. Eso explica que las ruinas sean el principal destino turístico y el pretexto principal de los viajes. Un viaje para el que no se necesitan grandes alforjas ni presupuestos es el que conduce al pueblo perdido de Sidillà, en el término de Foixà muy cerca de un gran meandro del Ter, a su paso por el Empordà. El pueblo quedó enterrado en el siglo XV bajo las arenas del Ter, lo que obligó a la gente que allí vivía a abandonarlo. Era un pueblo de relativa prosperidad agraria, pero quedó sepultado por las dunas de arena que las tumultuosas avenidas del Ter contribuían a aumentar. Abandonado el pueblo, las dunas se convirtieron en un pequeño desierto móvil, que amenazaba huertas, cultivos y poblaciones de buena parte del Empordà. Se plantaron pinos y las dunas fueron domesticadas. Ahora el lugar que ocupaba Sidillà es un pinar oscuro. Sería un pinar como tantos de no ser por unos jóvenes que, años atrás, en un campo de trabajo juvenil, sin mucho criterio arqueológico pero con gran determinación, desenterraron algunas casas, incluida una parte de la iglesia, cuya osamenta pétrea, en el centro del bosque solitario, revestida de borrajo y olorosa de romero, tiene un efecto sugestivo: tan encantador como inquietante.

Es inquietante, en efecto, comprobar la inutilidad del esfuerzo humano (que obliga a abandonar lo que tanto costó construir). Es inquietante observar tan de cerca la fragilidad de nuestra vida social, que puede ser sepultada súbitamente bajo la arena. Sidillà era un pueblo próspero gracias a la vecindad del agua del Ter, pero fue precisamente el agua del Ter una de las causas de la invasión de la arena. Es inquietante comprobar que, en la naturaleza, los factores del progreso y los del fracaso se confunden. Pero es a la vez encantador contemplar cómo la arena, hija de la naturaleza destructiva, puede ser domesticada con el ingenio del hombre y convertida en bosque; y cómo, en pleno emporio de la naturaleza, perviven los restos de aquel pueblo perdido. Después de tantos siglos de pérdida, la cultura humana, aunque ausente, persiste.

Visitar Sidillà es diferente de visitar ruinas más nobles y antiguas, como la cercana de Ullastret, imponente fortaleza ibera, o Empúries con sus deliciosas casitas de piedra griega sobre el mar. El mensaje de Empúries o de Ullastret es claro: las civilizaciones llegan, crecen y acaban. Este fue el mensaje de la épica Troya o de Cartago, la gran rival de Roma, y de tantas ciudades, ayer potentes, hoy estrictamente turísticas: la mítica Palmira, la Granada musulmana, la comercial Venecia del Dux.

Estas ciudades míticas nos recuerdan algo esencial, que con frecuencia olvidamos: aunque los inicios sean formidables, los finales son inevitables. Esta reflexión uniforma a casi todas las ruinas del mundo. Sidillà, en cambio, aporta un sentido específico. Sus ruinas demuestran algo que remite a la crisis actual: el factor de prosperidad es, al mismo tiempo, factor de destrucción. Sidillà recuerda que el agua de la vida es también la arena de la muerte. La burbuja que nos enriqueció es la que ahora nos asfixia.

Antoni Puigverd

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