Lecciones del Acuerdo de Viernes Santo

Hace 21 años que firmamos el Acuerdo de Viernes Santo, junto con dirigentes y activistas de los dos países que gobernábamos, que tanto se habían esforzado para alcanzar la paz. Fue un momento trascendental. Pero aquel histórico 10 de abril de 1998 no fue solo el fin de un proceso, sino el comienzo de otro. La gente de Irlanda del Norte y la República de Irlanda han seguido forjando el acuerdo cada día. Una paz duradera no se construye con unas cuantas firmas sobre el papel, sino con las acciones y relaciones diarias de las personas, las empresas, la sociedad, los políticos y los Gobiernos. Por eso nos sentimos obligados, 21 años después, a recordar a Theresa May y a Jeremy Corbyn la importancia de aquel acuerdo y su relevancia ante el debate sobre el Brexit, así como a explicar lo que creemos que debería ocurrir entre ahora y la nueva fecha límite del 31 de octubre.

Lecciones del Acuerdo de Viernes SantoEn primer lugar, May y sus colegas del Parlamento deben fomentar la calma en medio del caos. Es muy probable que, en los próximos seis meses, varios sectores del Partido Conservador sigan intentando sustituirla por otro primer ministro que luche por lo que denominan un “Brexit como es debido”, algo que nunca ha explicado nadie con detalle. Pero, por más críticas que se puedan hacer a May, ni el Reino Unido ni Europa necesitan más inestabilidad. Habrá elecciones locales y casi con certeza europeas, y pronto se cumplirán tres años desde el referéndum. Las conversaciones entre activistas, políticos y ciudadanos a veces serán difíciles. Pero la política siempre está llena de conversaciones difíciles. Lo importante es el resultado final.

Como primer ministro y taoiseach, tuvimos muchas conversaciones difíciles antes del Acuerdo de Viernes Santo, sobre todo con familiares de las víctimas. Viudas de soldados del Ejército británico y agentes de la Real Gendarmería del Ulster, hijos, hijas, esposas, maridos, madres, padres de nacionalistas, republicanos y unionistas. Algunos no entendían por qué estábamos tratando de lograr un acuerdo con la gente que había matado a sus seres queridos o poniendo en libertad a gente que había cometido crímenes espantosos. Pero otros nos hicieron prometer que íbamos a hacer todo lo posible para que la gente no tuviera que volver a vivir lo que vivieron ellos.

Todas aquellas discusiones, todo aquel valor, reforzaron nuestro empeño de construir un futuro mejor. No obstante, en la práctica, lo que permitió forjar el acuerdo fueron los periodos que pasábamos apartados de esas conversaciones, de la tormenta mediática, en compañía de unos rivales con opiniones opuestas sobre lo que estaba bien, lo que estaba mal, lo que era posible y lo que no. La gente demostró su entrega y su compromiso incluso en medio de la incertidumbre y de visiones contrapuestas.

No debemos comparar la tragedia de Irlanda del Norte con el Brexit, por supuesto. Pero, a medida que la retórica se endurece, y se agudizan las divisiones en los dos grandes partidos, más importante es la necesidad de calma. Hay que hablar con los que votaron por la permanencia (el 48%) y los que votaron por la salida, e intentar entenderlos. Hablar con los que no tuitean sin cesar ni llaman a las radios para despotricar, junto a los que lo hacen. Comprender que los ciudadanos están viviendo el mismo proceso de reflexión que los políticos y permitirles que sean sinceros. Apartarse del caos de Internet. Reunir a las personas adecuadas de los partidos para formar equipos. Para algunos, la imagen emblemática del proceso de paz de Irlanda del Norte fue la de Ian Paisley —el mismo que había gritado “traición” mientras firmábamos el Acuerdo— riéndose casi una década después junto al antiguo líder del IRA Martin McGuiness. Ni siquiera nosotros podríamos haber predicho, en 1998, que un día el reverendo Paisley sería primer ministro y McGuiness su viceprimer ministro.

En el funeral de Martin, en 2017, Bill Clinton dijo de él que “amplió la definición de ‘nosotros’ y encogió la de ‘ellos”. Con el Brexit ha llegado el momento de hacer lo mismo, de llevar la discusión de los intereses individuales a los colectivos, ampliar la definición de “nosotros” y encoger la de “ellos”. Ha llegado el momento de ser sinceros sobre las verdaderas opciones y lo que nos jugamos. Ninguna variante del Brexit puede fortalecer la relación entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte, ni tampoco hará crecer la economía del Reino Unido a largo plazo. El Brexit, en particular el Brexit sin acuerdo, con el peligro de una frontera dura, es la amenaza más grave contra el Acuerdo de Viernes Santo y contra el Reino Unido en general desde hace muchos años. Esa es una realidad. Algunos dirán que merece la pena pagar ese precio por el Brexit, pero hay que tenerlo claro. Nosotros creemos, o al menos esperamos, que el Acuerdo de Viernes Santo sobrevivirá al Brexit. Pero solo si somos realistas.

El principio del consentimiento en el Acuerdo fue una solución intermedia entre unionistas y nacionalistas que permite a la mayoría de los habitantes de Irlanda del Norte seguir siendo parte del Reino Unido si lo desean y, al mismo tiempo, expresar las aspiraciones de una Irlanda unida. De ahí surgieron el pacto sobre el reparto de poder, la nueva policía en Irlanda del Norte, los cambios en el sistema de justicia penal y soluciones culturales y simbólicas.

Esa aspiración nacionalista incluye una frontera abierta entre el norte y el sur, que evidentemente choca con la salida del Mercado Único y la Unión Aduanera. No es casualidad que varios grupos académicos y universidades estén estudiando las posibilidades de una Irlanda unida. Es imposible recorrer la isla sin oír preguntas sobre esa posibilidad, y todo empezó con quienes decidieron apoyar el Brexit.

Cuestiones como la frontera entre las dos Irlandas son las que impulsan la campaña actual en el Reino Unido para que el resultado al que llegue el proceso del Brexit en el Parlamento se someta a una votación de confirmación. La frontera irlandesa es una metáfora de toda la negociación. No es posible tener intercambios comerciales sin fricciones fuera del Mercado Único, por lo que la cuestión es cuánta fricción, y eso define cualquier acuerdo que apruebe el Parlamento.

Las diferencias entre los posibles acuerdos y la amplitud de las promesas hechas en 2016 son tales que es improbable que el Brexit sea el que la gente votó entonces. Los partidarios de un nuevo referéndum creen que los ciudadanos deberían tener la última palabra, que se les debería preguntar si, con lo que saben ahora, quieren seguir adelante con el pacto al que lleguen el Gobierno y el Parlamento.

Tras el Acuerdo de Viernes Santo hubo dos referendos, basados en datos, no en promesas, claros y sin ambigüedades. El de Irlanda del Norte obtuvo un 71% de síes. El de la República de Irlanda, un 94%. Ahora que la UE ha prorrogado el plazo hasta el 31 de octubre, el Reino Unido puede decidir celebrar esa votación. La paz no llegó a Irlanda del Norte solo gracias a las palabras que redactamos durante aquella tensa sesión del 10 de abril de 1998. Fue gracias a los principios que los ciudadanos adoptaron como consecuencia. Reconciliación. Tolerancia. Confianza. Respeto a la opinión del otro. Un deseo común de llegar a la conclusión necesaria en términos que todos, excepto los más extremos, puedan aceptar. Eso es lo que hace falta ahora respecto al Brexit. La prórroga nos da otra oportunidad; no la desperdiciemos. Debemos usarla con prudencia.

Tony Blair y Bertie Ahern han sido primeros ministros del Reino Unido e Irlanda, respectivamente. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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