Lecciones del ‘caso Juan Tomás’

Con independencia del desenlace, la huelga de hambre que el escritor guineano Juan Tomás Ávila Laurel mantuvo del 11 al 18 pasados es aleccionadora. Su posicionamiento inequívoco movilizó a la opinión internacional, rompiendo el círculo de silencio que rodea a la dictadura del presidente Teodoro Obiang. Sequía informativa lograda sobornando a medio mundo, y por la escasa atención de los medios de comunicación occidentales hacia un pequeño país rico en hidrocarburos, sometido por un déspota brutal, según reiterados informes de organismos y organizaciones internacionales.

La determinación de Ávila conmueve también por ser la primera vez que un compatriota emprende acción tan tajante. Acostumbrados a soportar en silencio atropellos y vejaciones, nadie creía que un guineano pudiera desafiar así al poder. La inusitada dureza de 42 años de represión, bajo las tiranías de Francisco Macías y Teodoro Obiang, aniquiló toda autoestima, el miedo paraliza a la población, y pocos se atreven a exhibir un coraje que siempre lleva a la muerte.

Como muestras, el fusilamiento del diputado Eugenio Abeso Mondu en 1986, antes de que el tribunal dictara sentencia; la muerte atroz en dependencias policiales de Pedro Motú Mamiaga -el militar que apresó a Macías- en 1993, cuyo cuerpo destrozado no se atrevieron a entregar a la familia; la tortura hasta la muerte del líder bubi Martín Puye, en 1998, preso en el penal de Black Beach; el asesinato en Abiyán (Costa de Marfil) del dirigente autonomista bubi Atanasio Bitá Rope, en 2006, o los secuestros en Benín y Nigeria -donde se hallaban refugiados- y posterior fusilamiento de los opositores José Abeso Nsue, Manuel Ndong Aseme, Jacinto Micha Obiang y Alipio Ndong Asumu en agosto pasado. Ejemplos que son un pálido reflejo de la violencia institucional que padecemos en estos 32 años de la égida de Obiang; “tres décadas de paz” asentadas sobre la tortura como “práctica habitual”, según el informe del relator especial de Naciones Unidas contra la Tortura, Manfred Nowak, de noviembre de 2008.

Juan Tomás inició la huelga con una carta al presidente del Congreso de los Diputados de España, José Bono, quien estaba entrevistándose en Malabo con el general Obiang. En el párrafo inicial aduce sus razones: “Ya no podemos seguir viviendo bajo una dictadura que nos come el alma”.

Los guineanos y los españoles que se interesan por Guinea desde la honestidad, no animados por intereses espurios, observamos y sufrimos la política de los diversos Gobiernos de Madrid, que llegan con su receta para “arreglar lo de Guinea”, y se van sin arreglar nada.

Desde agosto de 1979, cuando Obiang derrocó a Macías y ocupó su sillón con ayuda española, se ha ido de error en error. El primero fue que Adolfo Suárez y Marcelino Oreja, con cierta bisoñez, creyeron que Obiang sería la persona adecuada para pilotar la transición desde la barbarie maciista a un Estado de derecho que promoviera el desarrollo. Prefirieron ignorar que había sido la mano derecha de su tío, y le protegieron, le adularon, e hicieron creer que era “proespañol”, cuando -como demuestran los hechos- es el principal ideólogo del antiespañolismo primario que alienta a las autoridades de Malabo. Ejemplo claro es la inmersión del país en la órbita económica y política de Francia, imponiendo el francés como lengua cooficial; luego intentó oficializar el portugués, y ahora coquetea con la Commonwealth para que el inglés sea también de uso obligado. No es malo hacer políglotas a todos los guineanos; solo que no tiene en cuenta el batiburrillo mental que produciría tan confusa Babel, ni le importa la pérdida de nuestras señas de identidad. Al contrario de lo que se cree, no es mérito de Obiang hacer del castellano lengua oficial de la Unión Africana: es una exigencia y una necesidad que hubiera planteado y logrado cualquier dirigente guineano.

El presidente Leopoldo Calvo-Sotelo, el vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado y los ministros José Luis Leal y Fernando Morán fueron humillados por Obiang en sus respectivos viajes a Guinea. El único resultado de la visita de Felipe González a Malabo, en 1991, fue el abrazo entre ambos dirigentes, imagen que durante años cerró las emisiones de la televisión guineana. Entonces se pudo conseguir una apertura política e iniciar un proceso democratizador creíble, pero errores de aquí y de allí lo imposibilitaron. Iniciativa que Obiang saboteó prohibiendo la entrada al país de Adolfo Suárez para proseguir con su asesoramiento.

La expulsión del cónsul español en Bata, Diego Sánchez Bustamante, junto al hostigamiento sufrido por varios empresarios españoles durante la ola represiva de 1992-1993, obligó a González a reducir drásticamente los programas de cooperación. Pero Obiang guardaba un as en la manga: pocos sabían entonces que empresas estadounidenses habían descubierto petróleo y gas en las mismas cuadrículas que Hispanoil -antecesora de Repsol- había declarado improductivas. Liberado de la pobreza, Obiang pasó a “plantar cara” a quienes hasta la víspera le daban de comer. Cuando José María Aznar llegó a La Moncloa, Obiang exigió y obtuvo la clausura del programa de Radio Exterior de España para Guinea Ecuatorial, dirigido con éxito por Rafi de la Torre durante más de una década; emisión que era el único medio de información de los guineanos, un emblema de libertad y un símbolo de que España se interesaba por ellos. Luego siguió la antiestética invitación para que se sentara en la presidencia del Congreso de la Lengua Española de Valladolid en 2001, con la única protesta de los académicos Mario Vargas Llosa y Luis María Ansón.

La característica actual es el entreguismo del Gobierno de España a Obiang. El ministro Miguel Ángel Moratinos hizo cuanto pudo para no contrariar a los gobernantes de Malabo, a riesgo de poner en duda principios proclamados del ideario socialista, como la ética y el respeto de la dignidad de todo ser humano. Nadie entiende que una España democrática apoye con firmeza a un dictador corrupto. No se comprende que quienes predican la abolición de la pena capital en el mundo no condenen el terrorismo de Estado imperante en Malabo, y tarden semanas en expresar su “consternación” ante el fusilamiento de cuatro opositores, una hora después de ser sentenciados en un juicio sin garantías procesales y sin posibilidad de recurso.

Nadie entiende por qué no se presiona de manera más efectiva a un dirigente que, poseyendo su país ingentes recursos, mantiene al 85% de su población en la miseria más abyecta. Nadie entiende cómo un partido como el socialista se amiga y ampara a un señor que lleva 32 años prometiendo libertad y progreso, mientras gana siempre las “elecciones” con porcentajes superiores al 95%, y cuyo partido ocupa el 99% de los escaños del Parlamento. Como tampoco se entiende para qué viaja tan a menudo a Guinea el diputado Gustavo de Arístegui, portavoz del Partido Popular en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, ni por qué siempre se apunta a esa “diplomacia parlamentaria” el democristiano Josep Antoni Durán i Lleida. No es extraño que Moratinos, en el ocaso de su gestión, se mostrase “decepcionado”. Y es que Obiang viene engañando desde hace más de tres décadas a todos sus interlocutores españoles. España hace muchas cosas en favor del pueblo guineano, mantiene su sistema educativo y gran parte del sector sanitario. ¿A cambio de qué, cuando son otros los mentores políticos y beneficiarios de las riquezas guineanas?

Es razonable el malestar suscitado por los mimos españoles a Obiang: ¿satisfizo a los antifranquistas el apoyo de las democracias occidentales a Franco?

Hubiese sido distinto si Bono, representante del conjunto del pueblo español y de su expresión democrática, deseara que también uniesen a guineanos y españoles la libertad y el desarrollo. Guinea no es solo Obiang y su camarilla, sino todos sus ciudadanos, incluida la inmensa mayoría silenciosa que clama aún por sus derechos secuestrados.

Por Donato Ndongo-Bidyogo, escritor y periodista guineano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *