Lecciones del siglo XX para los arquitectos españoles

La última semana de noviembre se ha celebrado en la Escuela de Arquitectura de Málaga el VIII Congreso DOCOMOMO Ibérico (las siglas hacen referencia, como es sabido, a la documentación y conservación de la arquitectura del Movimiento Moderno). Esta edición ha tratado, específicamente, un tema de crucial relevancia en nuestros días: la enseñanza de la arquitectura. La conferencia inaugural, a cargo del prestigioso historiador y crítico de la arquitectura William J.R. Curtis, se ha centrado en la obra más celebrada de Alejandro de la Sota y uno de los prototipos de la arquitectura moderna en España: el Gimnasio del Colegio Maravillas (donde enseñanza de la arquitectura y arquitectura de la enseñanza se alían tan provechosamente); y, en relación con ello, el propio Curtis ha publicado en El PAÍS (16.11.13) un oportuno y gratificante artículo, Aprendiendo de los maestros españoles.

Aquí, el historiador inglés relaciona a de la Sota con otros dos grandes nombres de la arquitectura española: José Antonio Coderch y Miguel Fisac. Propone Curtis esos tres nombres (al hilo de que, en los tres, se cumple este año el centenario de su nacimiento) como fuente para quienes buscan en la arquitectura contemporánea un rigor disciplinar que no pretenda huir de los problemas sociales y económicos que nos acucian: “En la actual crisis económica –señala- se diría que son una medicina contra los excesos del star system arquitectónico internacional”.

En este sentido, y pensando en el tema que se ha tratado en el Congreso de Málaga, creo muy pertinente reparar en aquellos puntos con que Coderch (un Coderch en la plenitud de su carrera) quiso dar a conocer su manera de ver las cosas. Con su “No son genios lo que necesitamos ahora” que publicó en 1961, en la revista italiana Domus dirigida por Gio Ponti, ya levantó entonces cierta polvareda; hoy, este artículo, con sus más de cincuenta años a cuestas (pero cargado de juventud), las sigue levantando. No parece que haya perdido vigencia; muy probablemente, la ha ganado. ¿Qué ocurriría si se lo entregásemos a los alumnos cuando ingresan en las Escuelas de Arquitectura? “Creo que los genios –dice en sus primeras líneas- son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos” ¿Estamos dispuestos a decir esto –dar esta “medicina”- a nuestros estudiantes de arquitectura?

Coderch defendía en esas líneas polémicas la idea de la función social del arquitecto, el compromiso desde el oficio, el aprovechamiento de todo lo válido que tiene la tradición constructiva, abierta a nuevas técnicas y procedimientos, sin llegar a constreñirse por la búsqueda del formalismo y el “resultado final”. Hablaba de la arquitectura como un sistema; más allá de las lecturas formales, si no formalistas.

Estas reflexiones me rondaban la cabeza hace unos días, cuando un grupo de profesores y estudiantes de la Escuela de Arquitectura de Madrid (y algún ilustre periodista, seguidor siempre de la “substancia arquitectónica”) visitábamos la iglesia de San Agustín, obra de otro gran arquitecto español, Luis Moya Blanco. A la entrada, contemplábamos, justo enfrente, la fachada del Gimnasio Maravillas: los dos edificios separados por la calle de Joaquín Costa, separados sólo por una década; separados por algo más: una determinada y “teleológica” lectura historiográfica de la arquitectura.

La iglesia de San Agustín (1945-1951) es la primera de la sorprendente serie de iglesias de grandes cúpulas de arcos cruzados de ladrillo, sobre planta elíptica, que Moya tuvo la oportunidad de construir (y de las que se acaba de realizar una exposición en la Escuela de Arquitectura de Madrid). Estas grandes construcciones abovedadas se arraigaban, por un lado, en la tradición; pero, por otro, eran propulsoras de lúcidas investigaciones formales y técnicas. Constituyen un capítulo brillante en la historia de la cons­trucción española del siglo XX; un testimonio de esa tradición constructiva que Moya entendía no como repertorio de estructuras heredadas sino como “transmisión de un tesoro de experiencias y sabiduría, que hemos de usar enriqueciéndolo y, en consecuencia, cambiándolo según las experiencias y técnicas de hoy”. Sorprende, por tanto, que este legado esté todavía por reconocer; a no ser que se admita (y ello, en virtud de lo más arriba indicado, sería un error) el reduccionismo de atender sólo a la cuestión formal –preferiría no decir “estilística”– del lenguaje arquitectónico empleado.

No deja de ser aleccionador –y acertado- que el DOCOMOMO haya incorporado en sus fichas los talleres de la Universidad Laboral de Gijón y sus prodigiosas bóvedas de ladrillo; naturalmente, sin contemplar –distanciando críticamente- los elementos “más importantes” de ese vasto conjunto, esa ciudad ideal, que construyera Moya entre 1946 y 1955 (a la vez que se construía la iglesia madrileña de San Agustín).

En la mesa redonda que tuvo lugar hace unos días en la Escuela de Arquitectura de Madrid, con motivo de la citada exposición de las iglesias de Moya, intervinieron, entre otros profesores, Antón Capitel y Rafael Moneo: ambos, habían tenido hace ya años, en los últimos setenta, el perspicaz arrojo de estudiar desde una visión disciplinarmente arquitectónica (el primero como doctorando; el segundo como director de esa tesis) la figura de Luis Moya, entonces “apartada” de la docencia en la Escuela y aun del mundo arquitectónico del momento. En esta mesa, Capitel incidió en la importancia del acto, que reconocía –dijo- como reparación que la Escuela de Arquitectura debía al gran arquitecto, profesor y director que fue de esa casa.

A la postre, la arquitectura –desde una visión patrimonial- no puede ser “culpable” de las taxonomías con que estructuramos nuestros planteamientos y nuestras estructuras docentes (planes de estudio, incluidos). La historia de la arquitectura contemporánea, que no se puede concebir, a riesgo de caer en contradicción, como nueva secuencia de lenguajes formales, debe contemplar a la vez -como ha señalado Solà-Morales- “la dialéctica entre permanencia y novedad, y la dialéctica entre utopía y realidad construida”.

Desde esta perspectiva, pudiendo observar ya desde fuera el complejo y heterogéneo panorama del siglo XX, conviene deslindar (porque no son enteramente coincidentes) los conceptos de modernidad y de Movimiento Moderno; conviene englobar y articular todos los valores que puedan haberse formulado, a veces de manera enfrentada, en la realidad construida y social de los edificios. Quizá sea un momento oportuno para no dejarse limitar por dictados formalistas, reducidos, en definitiva, al ámbito de la imagen (y del star system al que se refiere Curtis en su interesantísimo artículo), y atender a lo centralmente arquitectónico, en su dimensión expresiva, constructiva y social (calibrando costes urbanos, patrimoniales, energéticos y ecológicos). Hay en esto una gran oportunidad para la renovación de la enseñanza de la arquitectura, donde el “resultado” –como decía Coderch en el 61- debe provenir de la sabia articulación de conocimientos en torno al oficio de arquitecto.

Sean bienvenidas las iniciativas, como esta del Congreso DOCOMOMO de Málaga, en que se pueda reflexionar sobre la formación -por tanto, el papel- de los arquitectos en esta coyuntura de “crisis” (y uso la palabra “crisis” en el mismo sentido que la han utilizado siempre los médicos: el momento en que la enfermedad experimenta una alteración sustancial, ya para bien ya para mal del paciente).

Javier G. Mosteiro es arquitecto y catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid.

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