Lecciones desde el este

Si al incursionar en Ucrania las fuerzas rusas creían que podrían consumar una operación relámpago como la que les permitió tomar el control de Crimea en 2014, o si el Kremlin esperaba que el Gobierno ucraniano capitulase sin presentar resistencia, han bastado unos pocos días para demostrar el error. El día en que escribo estas líneas, la Asamblea General de Naciones Unidas ha aprobado una resolución que «deplora» la invasión y exige la retirada incondicional de Rusia, las hostilidades continúan, las fuerzas rusas avanzan por el sur y sus barcos se disponen a capturar los puertos ucranianos del mar Negro y el mar de Azov. Ucrania podría terminar siendo fagocitada parcial o totalmente por Rusia o desangrarse en una larga guerra de resistencia. De cualquier modo, el propósito de este artículo no es resolver incógnitas que solo el tiempo despejará, sino repasar algunas de las lecciones que nos han deparado los gravísimos sucesos de los últimos días.

La guerra no era un cuento. Aunque no hemos olvidado los estragos causados por las dos conflagraciones mundiales y las innumerables guerras civiles del pasado siglo, el largo periodo de paz sobrevenido desde 1945 inculcó en los europeos la convicción de que no volverían a padecer una guerra en su continente. Semejante ilusión debería haberse desvanecido tras desgarrarse Yugoslavia en los años noventa, pero solo se ha quebrado definitivamente gracias a la invasión de Ucrania. No debería olvidarse, además, que la guerra actual comenzó en 2014 y que Rusia llevaba años agrediendo a sus vecinos (recordemos Georgia), vulnerando la legalidad internacional y buscando desestabilizar a Europa occidental por diversos medios: asesinatos selectivos, ciberataques, desinformación, respaldo a partidos populistas y antisistema.

La geopolítica importa, la psicología también. Disciplina de moda, la geopolítica es imprescindible para explicar esta crisis. Desprovista de grandes barreras terrestres y marítimas, la geografía de Rusia ha moldeado su historia al propiciar sucesivos movimientos de invasión y conquista. Los estrategas rusos siempre han pensado que, como dijo Catalina la Grande, el mejor modo de defender sus fronteras era expandirlas. Mas las explicaciones geopolíticas a veces llevan a subestimar el papel desempeñado por ciertos líderes. Por ejemplo, Vladímir Putin, quien nunca ha ocultado su deseo de devolver a Rusia los territorios y el estatus de gran potencia perdidos tras derrumbarse la URSS. El presidente ruso siempre ha concebido la política según la dialéctica amigo-enemigo. Habiendo sido él quien ha atentado contra la integridad territorial de otras naciones vecinas, parece realmente convencido de que Estados Unidos y sus aliados siempre han tratado de subyugar y desmembrar a Rusia. Quizá su mayor preocupación no hayan sido los misiles de la OTAN, sino que la democracia liberal pudiera arraigar en los países que, según él, nunca debieron desgajarse de la madre Rusia. Tras ganar la presidencia, Putin laminó a todos sus adversarios políticos y consolidó el apoyo de un selecto grupo de oligarcas que hoy dominan todos los resortes del poder en Rusia.

Frío, calculador, egocéntrico, despiadado, parecía hasta hace poco un psicópata de manual, aunque los psicópatas no suelen perder el contacto con la realidad y Putin puede haberlo perdido al optar por la opción de una invasión total de Ucrania. Seguramente las razones del error sean psicosociales, no patológicas: al haber dejado de escuchar ninguna opinión distinta a la suya y rodearse de una corte de funcionarios sumisos, el presidente ruso ha creado en torno suyo una atmosfera viciada que quizás haya perjudicado su visión estratégica y la de sus asesores, como acaba ocurriéndoles a muchos caudillos y dictadores.

El fracaso de los esfuerzos realizados por distintas vías para evitar que Rusia invadiera Ucrania sugiere una reflexión sobre el asunto clásico del poder y la debilidad en las relaciones internacionales. Veinte años atrás, cuando la reacción al 11-S, intelectuales cercanos al presidente Bush señalaron que mientras los estados militarmente débiles suelen rechazar el uso de la fuerza, los militarmente poderosos prefieren emplear la fuerza para moldear el mundo a su favor. Robert Kagan tenía parte de razón al decir aquello de que los europeos «somos de Venus y los americanos de Marte». Pero su argumento ignora otro lado de la cuestión que la presente crisis ha puesto de manifiesto. Aunque es fácil entender por qué lo hicieron, al señalar públicamente que no recurrirían a la fuerza para castigar una eventual invasión, norteamericanos y europeos limitaron sus opciones para prevenir la agresión rusa. Ello demuestra que la fortaleza o debilidad no solo depende de las capacidades militares disponibles, sino también de la voluntad de utilizarlas, pudiendo darse el caso de que un estado o una coalición de estados más potentes (así la OTAN) no logren contener la agresividad de otro rival estatal que sí está perfectamente decidido a usar todos sus poderes (así la Federación Rusa).

Durante demasiado tiempo muchos europeos han abrigado una idea que ya Ortega y Gasset reprochó en 1937 a los pacifistas de su tiempo: la absurda idea de que para eliminar la guerra bastaría con no hacerla. En los últimos meses, sin embargo, la resistencia europea a desarrollar una política de defensa a la medida de nuestras necesidades había empezado a ser cuestionada internamente. Pero una pauta venía repitiéndose: ninguna decisión incómoda en materia de seguridad ha sido tomada sin haberse producido una gran crisis (por ejemplo, un gran atentado terrorista o el asalto masivo a una frontera). Por eso ha hecho falta que Ucrania fuera invadida para que nuestras élites políticas descubrieran que hay guerras que no se eligen, como explicó hace pocos días el jefe de la diplomacia de la UE en un discurso histórico, y que haber seguido invocando el ideal de la paz para evitar apoyar militarmente a un país agredido cuyos soldados y ciudadanos están combatiendo por la libertad y la democracia habría supuesto una traición a los valores políticos y morales que inspiran el proyecto europeo. Armar a los ucranianos era necesario. Rearmar a Europa también.

Luis de la Corte Ibáñez es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid.

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