Lecciones iraníes

Por Michael Ignatieff, colaborador de The New York Times Magazine. Ocupa la Cátedra Carr de Derechos Humanos en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard. Su último libro es El mal menor (EL PAIS, 02/09/05):

1. En el sur de Teherán se encuentra un enorme cementerio amurallado dedicado a los mártires, los jóvenes que murieron en combate durante la revolución de 1979 y la guerra Irán-Irak de 1980-1988. A cada uno de los caídos se le recuerda de manera individual con su propio monumento, una vitrina sellada sobre un pedestal. Estos pequeños santuarios parecen no tener fin; en la guerra lucharon más de un millón de iraníes y murieron 300.000.

La religión de Irán, el islamismo chií, es también una fe de mártires. Cualquier neoconservador estadounidense que crea que el régimen iraní va a desmoronarse bajo la presión del aislamiento, el bloqueo, las sanciones o las condenas extranjeras, debería visitar el cementerio de los mártires. Los regímenes revolucionarios que se apoyan en la fe y el sacrificio de sangre tienen buenos motivos para creer que son inmunes a las presiones externas.

Yo visité el cementerio de los mártires hace un par de meses, durante un viaje a Irán para dar una serie de conferencias sobre derechos humanos. Llegué entre las dos vueltas de las elecciones presidenciales del país. En la primera vuelta, Mahmud Ahmadineyad, prácticamente desconocido, había logrado el 20% del voto. El ex presidente iraní Alí Akbar Hachemí Rafsanyani, supuesto candidato reformista, luchaba para contener el avance de Ahmadineyad en la segunda vuelta.

Ahmadineyad es un populista autoritario que cuenta con apoyos en los barrios y laberintos de chabolas del sur de Teherán. A diferencia de Rafsanyani, no es mulá y sí fue combatiente en la guerra. Prometía justicia a los pobres y, sobre todo, prometía a los veteranos recompensas por su sacrificio. Al final, Ahmadineyad derrotó con facilidad a Rafsanyani en la segunda vuelta y se llevó alrededor del 60% de los votos. Fue una victoria tan inesperada que algunos la llamaron la segunda revolución iraní.

2. Ahmadineyad había sacado provecho no sólo de su servicio en la guerra, sino de la desilusión creciente por la incapacidad de los reformistas -teóricamente en el poder desde la elección del presidente Mohamed Jatamí en 1997- para resolver las quejas populares sobre empleo, vivienda, transporte y, sobre todo, la división entre clases, cada vez mayor. En las zonas residenciales del norte de Teherán, los reformistas hablaban de derechos humanos y democracia mientras, en el polvoriento sur de la ciudad, los pobres luchaban para conservar su trabajo en una economía en la que el paro alcanza oficialmente el 15% y, en realidad, seguramente el doble. Para los reformistas, el resultado de las elecciones les demostró hasta qué punto habían perdido el contacto con la gente de la calle.

La tarea política que aguarda ahora a los pensadores progresistas de Irán es encontrar un programa que relacione los derechos humanos y la democracia con los problemas económicos de los pobres.

3. Me habían invitado a hablar sobre derechos humanos y democracia, pero la inesperada victoria de Ahmadineyad cambió el contenido de mis conferencias. De pronto, la pregunta no era ¿qué significan la democracia y los derechos humanos en una sociedad islámica?, sino ¿pueden progresar la democracia y los derechos humanos en una sociedad profundamente dividida entre ricos y pobres, incluidos y excluidos, educados y analfabetos?

Los reformistas habían promovido los derechos humanos y la democracia como panacea para los pobres en Irán, y ¿cuál era el resultado? Los barrios más pobres de Teherán habían votado por un hombre que propugnaba más disciplina para las mujeres, un Gobierno teocrático más estricto y el control estatal de la economía.

Isaiah Berlin, el filósofo del liberalismo establecido en Oxford, visitó Teherán a finales de los setenta, durante los últimos años del régimen del sha. Éste, que contaba con el apoyo de Estados Unidos y se mantenía en el poder gracias a una odiada policía secreta, lanzó en los años sesenta una Revolución Blanca, un grandioso programa de modernización que consiguió el rechazo de mulás, comerciantes y estudiantes. Al final, las manifestaciones callejeras le obligaron a abdicar, y en 1979 huyó al exilio. Después llegó la revolución chií, dirigida por el ayatolá Jomeini.

Muchos iraníes jóvenes con los que hablé sentían tal hostilidad respecto a que gobernaran los clérigos que no tuve más remedio que aconsejarles que tuvieran cuidado de no caer en el extremo opuesto. El secularismo, expliqué, no significa aplastar la religión, sino crear un espacio neutral en el que las discusiones entre laicos y religiosos se resuelvan mediante pruebas, no a base de dogmas.

Además, la democracia en Irán significa también liberarse de lo que un estudiante llamó “la cultura de la dictadura”, una red flotante de controles patriarcales sobre la vida privada. El régimen chií lleva 26 años combatiendo los placeres, tanto homosexuales como heterosexuales. Sin embargo, aunque no creo que sirva de mucho consuelo a los que tienen que vivir en el momento actual bajo tiranías públicas y privadas, salí de mi visita convencido de que, a largo plazo, el placer persa sobrevivirá al puritanismo chií.

4. El sha tenía una policía secreta -Savak-, y los mulás, también. Cuando este régimen quiere aplastar a la oposición, lo hace sin inmutarse.

En junio de 2003, Zahra Kazemi, una iraní de pasaporte canadiense, estaba en Teherán haciendo fotografías ante la prisión de Evin, de triste fama, cuando la detuvieron y la arrastraron al interior. Tres semanas más tarde, las autoridades anunciaron que había muerto durante los interrogatorios, y poco después se descubrieron pruebas de que la habían torturado y violado. El Gobierno canadiense exigió que se castigara o despidiera a los responsables, pero la querella presentada ante los tribunales iraníes no parece avanzar.

5. En la Universidad Shahid Beheshti impartí un seminario sobre derechos humanos a una clase compuesta, sobre todo, por jóvenes vestidas con túnicas negras y con la cabeza cubierta. Me preguntaron qué pensaba sobre la ley islámica de la sharía y sus castigos, que pueden incluir la muerte por lapidación de una mujer acusada de adulterio. Respondí que lo difícil no es comprender por qué eso está mal, sino vencer en el terreno político a las autoridades religiosas que creen que su poder depende de la aplicación de dichos castigos. Las estudiantes dijeron que, para eliminar los castigos islámicos, necesitaban la ayuda de intelectuales occidentales como yo. Contesté que, aunque las presiones externas pueden ayudar, muchas veces, el hecho de que Occidente defienda los derechos humanos puede ser contraproducente.

A mis estudiantes no les agradó la sugerencia de que debíanreformar la sharía desde dentro. “Estamos muy contentas de que haya venido a nuestra clase, profesor”, me dijo una, “pero es demasiado benévolo con la ley de la sharía. Hay que abolirla. No se puede cambiar”.

Al diálogo asistía un profesor, un hombre de mediana edad vestido con la túnica de color marrón claro y el turbante banco que caracterizan a los eruditos religiosos. Después de escuchar atentamente, me preguntó -en un inglés fluido- por qué pensaba que los derechos humanos son universales. Le di la respuesta que empleo en mis clases de Harvard: porque, si en ese preciso instante me acercara a él y le diera una bofetada, en cualquier lugar del mundo se consideraría una injusticia y un insulto. Las leyes de derechos humanos codifican nuestro consenso sobre la necesidad de detener esas injusticias evidentes.

¿Pero por qué, prosiguió, una injusticia cometida contra él tendría que considerarla injusticia también yo? Porque somos capaces, respondí, de imaginar lo que se siente al recibir uno de esos golpes que nosotros mismos estamos propinando.

“Usted defiende la intuición”, me dijo sonriendo. Yo repliqué que la capacidad humana de comprender el dolor de otros es un hecho, no una intuición. “Pero necesita algo más sólido”, insistió. Seguimos así durante un rato, debatiendo amigablemente, pero, cuando recogía sus papeles para marcharse, vi que tenía la sonrisa de alguien convencido de que acababa de ganar una discusión. Desde su punto de vista, por debajo de su fe en los derechos humanos está la sólida base del Corán, mientras que, por debajo de la mía, sólo hay instintos esperanzados.

6. Un día hice una visita a Saeed Semnanian, rector de una de las universidades más conservadoras de Teherán. Empecé por felicitarle por los logros de la revolución. La alfabetización femenina ha aumentado al 70% y la renta per cápita se ha duplicado desde el final de la guerra con Irak. Sin embargo, proseguí, todas las personas con las que había hablado en Teherán me decían que la revolución se ha convertido en un sistema de privilegios corrupto y represivo, que explota la ortodoxia islámica para permanecer en el poder.

“¿Con quién ha hablado?”, me preguntó, mirándome fijamente.

“Intelectuales, escritores, periodistas”.

“Está intentando tomarle la temperatura a la revolución, pero todos sus termómetros están equivocados”, respondió.

Todas esas quejas, insinuó, eran las que se podían esperar de unos liberales descontentos. Lo que importaba era que todos los candidatos eran completamente iraníes. En tiempos del sha, nada era puramente iraní. Para él, la historia de Irán es la historia de los intentos de socavar su independencia. La toma de la embajada estadounidense y el drama de los rehenes fueron, a juicio de Semnanian, una forma exquisitamente prolongada de vengarse del golpe de Estado inspirado por la CIA, del mismo modo que el empeño del régimen actual de obtener armas nucleares es una forma de intentar garantizar definitivamente la libertad de injerencias extranjeras.

Ésa es la paradoja: la sociedad musulmana con más demócratas proamericanos de todo Oriente Próximo se opone con todas sus fuerzas a cualquier intento estadounidense de promover la democracia en el país. Es fácil comprender por qué. “Nosotros luchamos por nuestra independencia”, me dijo Semnanian. “¿Cree que, cuando nuestro pueblo combatió durante siete años para expulsar a los invasores de Irán, sólo luchábamos contra Sadam? Luchábamos contra Estados Unidos, Gran Bretaña, el mundo entero. Salvamos a nuestro país. Y ahora somos libres”.

7. La noche antes de dejar Teherán tuve una conversación privada sobre el programa político de Ahmadineyad con uno de los asesores del nuevo presidente, A. Asgarkhani, un jovial profesor de sesenta y tantos años y cabello largo.

Lo bueno de la victoria de Ahmadineyad, dijo Asgarkhani, es que terminará con la parálisis del régimen, la división entre los reformistas y los guardianes religiosos que controlan el sistema político. Todo el poder estará, por fin, en unas solas manos. Así, el presidente podrá hacer cosas.

“¿Pero no será perjudicial para los derechos humanos?”, le pregunté.

Tal vez al principio, respondió, pero luego Ahmadineyad traerá los derechos humanos y la democracia -añadió con un gesto de las manos- “de arriba abajo”.

¿Y cómo va a cambiar Ahmadineyad la economía? “Si me hace caso”, dijo Asgarkhani, “emprenderá la vía del tecnonacionalismo”.

Tecnonacionalismo, sustitución de las importaciones, nueva teoría del crecimiento: de la boca de Asgarkhani salían todas las frases hechas de la economía del desarrollo en Occidente, pero seguían sonando como el marxismo islámico que ha constituido la teoría económica en Irán desde la revolución: no hay que depender de otros países; hay que mantener la economía en manos del Estado, o los capitalistas extranjeros se harán con el control; hay que limitar el sector financiero del país, porque un sector financiero libre hace que la economía se derrumbe.

En el momento de escribir estas líneas, el petróleo está aproximadamente a 60 dólares el barril; hay pocas probabilidades de que el régimen se vea obligado a abrirse y a reformar la economía. Cuando un Gobierno puede conseguir lo que necesita gracias a los pozos de petróleo y deja de financiarse con los impuestos, pierde cualquier incentivo para responder ante el pueblo.

Cuando le expresé mi opinión a una de las jóvenes iraníes y le dije que, cuando Ahmadineyad defraude a los pobres, el único recurso que quedará será más represión, me contestó, con determinación: “No, no puede dar marcha atrás al reloj. No puede hacernos retroceder”.

Yo deseaba que tuviera razón, pero me fijé en un gesto involuntario que hacía. Se arregló el hijab para cubrirse el cabello por completo. Por primera vez me pareció insegura y preocupada.