Lecciones sobre decadencia cultural

Construido como el reverso de Babel, la torre de la que derivaron todas las lenguas, el muro de la vergüenza, sobre México, tiene un propósito más que bíblico: una sola lengua y una sola cultura, ¿quién distinguirá en una idea semejante lo teológico de lo político? Enmendar a los dioses es el sentido último de todos los imperios, el momento en que el crecimiento sólo puede ser imaginario, el momento en que las empresas sociales y políticas de un pueblo se imponen a sus condiciones morales, y la necesidad de victoria no responde a la necesidad de progreso. España vivió condiciones parecidas hace tres siglos.

Si la muralla china necesitó al menos 13 dinastías, el muro de la vergüenza no ha necesitado sino unos años, de administraciones demócratas y republicanas, para edificarse. Su concepción es simple, incluso mediocre, pero su propósito en mitológico. Sin duda es la mayor estructura construida de los Estados Unidos, y la edificación más enorme emprendida en la historia de Occidente: un legado que ninguna organización política, ninguna religión occidental ha sido capaz de igualar siquiera en concepción.

Trazado en la mitad del México histórico, no persigue separar dos territorios que estuvieron unidos, sino que busca principalmente segregar culturas, hacerlas incompatibles, que las formas de hablar distintas sean política y jurídicamente ininteligibles, las mismas formas de sentir dividan y excluyan, especialmente dentro del propio territorio norteamericano. Porque no es tanto un parapeto hacia el exterior como una forma de definirse hacia dentro. Cada pieza de esa construcción incluye un prejuicio profundo, una pretensión de lo unánime y su conjunto es la más extraordinaria expresión de política de la discriminación concebido por ninguna civilización, pasada o presente, porque su megalitismo político busca materializar precisamente esa mentalidad pública del recelo, del rechazo, de la marginación cultural que le es tan necesaria a la racial, si es que alguien puede distinguirlas, dotarla de una elocuencia material inmensurable, de una proporción mítica que no necesite de otro argumento que sus miles y miles de toneladas de cascotes, surgida por aclamación popular como una 28º Enmienda de la Constitución norteamericana. No es una vuelta a las fuentes sino un regreso al pecado original: California, Nevada, Utah, Arizona, Colorado, Texas, Nuevo México, Wyoming, Oklahoma, Kansas… Los territorios mexicanos expoliados por la guerra, donde los Estados Unidos mantienen perpetuo un frente cultural frente a lo hispánico. Sin embargo, ese delirio se asienta sobre un territorio cuyas tres cuartas partes había sido, previamente, hispano. Era lógico que la realidad humana resultante desbordara por todas sus costuras a la arbitrariedad de las conquistas. Las masas desde Centroamérica y México salen de un espacio roto y explotado hacia el otro extremo, hacia una ilusión de seguridad y trabajo.

Bajo un falso esquema de cultura anglosajona amenazada por la inmigración, se esconde el viejo y conocido Hyde racial de toda la vida, el de anteayer de los años 60 del siglo pasado, más disimulado y hostil. El sentido de amenaza es un síntoma infalible en los racismos envejecidos. He ahí la inmensa biblioteca racial producida en los últimos dos siglos, toda esa chusma característica de la decadencia endógena y anunciadora de la locura asesina, habla de la caída inminente, la decadencia, de extinción de las razas más puramente... armadas.

El muro ha resultado el final explícito del Tratado de Libre Comercio con México y el de la doctrina del esclavista Monroe. América para algunos americanos. El llamamiento nupcial de Estados Unidos a Londres, el mayor y más anciano nacionalismo de Europa occidental, al que la actual administración norteamericana ha propuesto, «contra mundum», un modelo de gran tratado anglosajón, mientras se hace evidente su intervención gratuita (más o menos disimulada) en Europa con la siembra de respaldos a las minorías nacionalistas y rupturistas europeas.

¿Estados Unidos está perdiendo su identidad moral? Creo que Estados Unidos es un país que se apartó de su relato. Es cierto que la oscura historia del muro de la vergüenza es anterior a Trump, que desde tiempos de Wilson se han sucedido hechos característicos de las limpiezas étnicas. Pero, aun así, Estados Unidos parecía el mayor sistema de aprendizaje colectivo de la Historia. Y ahora comprobamos que el problema admitió siempre una terrible simplificación: la necesidad obsesiva de aculturar y conformar en lo anglosajón a lo hispánico y, al mismo tiempo, la incapacidad precisamente cultural y económica de lograrlo. Uno de los ejemplos más dolorosos de esa impotencia, muchas veces sangrienta, es el caso de Filipinas donde la más profunda crisis económica, ecológica y cultural fueron y son el fruto y el legado de ese mejoramiento del Norte.

Ningún proceso de integración, como lo es la Unión Europea o lo pudo ser el Tratado de Libre Comercio, está actualmente a salvo. Los nacionalismos confían en el caos como pieza de afirmación y consolidación política y los más extraños y poderosos socios se están conformando contra los proyectos de integración. En Yalta, Estados Unidos se negó a convertir Alemania en un saco de confetti político, en un montón de microestados que habría transformado Europa en una insignificancia política. No es la única decisión colectiva de los Estados Unidos que nos da causa como proyecto y sólo por eso, Europa tiene como uno de sus deberes como comunidad en construcción, el defender el espacio y el protagonismo de Norteamérica. Hasta que la pirotecnia étnica cese y hasta que el hormigón mural del nacionalismo colapse, la humanidad necesita una Unión Europea fuerte, que preserve en marcha el sentido profundo de valores constructivos, de fabricación de unión que es una evidente urgencia global. No corresponde a Europa sustituir a Estados Unidos, esa sería una ambición destructiva, pero sí apuntalar proyectos comunes que nunca habían estado tan amenazados. Mantener el camino abierto exige que México no quede aislado por un muro semejante, exige que Europa sea capaz de reconocer que proponer un potente acuerdo comercial con México es una necesidad moral y estratégica prioritaria no sólo para Europa. Los muros son la más profunda renuncia a los caminos.

José María Lancho es abogado.

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