Lecciones

Un niño mira hacia arriba y ve a su padre gigante, ecuánime y justo, que también lo mira a él, moviéndose a cámara lenta, sin alardes, no necesita saltar ni agitarse para explotar las virtudes de su motricidad flotante, simplemente habla y refuerza cuanto dice con leves gestos de manos que amasan el aire, más que lo cortan, o un alzamiento de cejas de precisión submarina, o una sonrisa que tarda una vida en formarse y otra en perder su curva, o en formar otra nueva. El niño no entiende nada, claro, ni falta que le hace, para él su padre es una presencia imponente que emite una murmuración formada, a veces, por vocales abiertas y expansivas, como un paisaje sin árboles, a veces cerradas, puntiagudas como una advertencia, a veces sinuosas y sopladas y, por tanto, relajantes. Como algo que sea relajante. El niño en ocasiones tiene dieciocho años, carné de conducir y novia, pero esa es otra historia.

LeccionesUno recibe, que a eso íbamos, su primera lección de inmediato. Y no entiende nada. El padre, sonido, cuerpo vibrante y caja de resonancia al tiempo, pone su mejor voluntad en convertir al bebé en su bonsái, y el bonsái –en realidad, un brote– sólo piensa que una vejiga en tensión no es una vejiga y descubre en un segundo que placer y calor van con frecuencia de la mano (grabando en su inconsciente, esta vez sí, la lección para siempre). Su padre podría ser su madre, pero las madres son más dadas al empirismo que a la didáctica, así que su padre, decía, suelta los polvos de talco y hace parapeto con la mano, cerrando mucho un ojo, siempre a cámara lenta, vuelve la cara para mantener a salvo el abierto y emite un aullido nervioso que deriva en resuello, carraspera, aspersión fricativa y tartamudeo, y que, en cuanto las aguas vuelven a su cauce –es un decir–, adquiere la forma exacta y cada vez más familiar de un sermón. Articulado. Pedagógico. Preciso. Que no recibe nadie.

Vivir es contradecirse. Equivocarse sin saberlo y saberlo luego. Mudar de piel, de estatura, de peinado, de criterio. Funciona en el plazo largo y en el vuelo corto: no hay forma de anticipar qué viene ni de entender qué pasa, cualquier intento de análisis a la carrera es cerrar una maleta sentándose en ella, cualquier pretensión de distancia se frustra con la urgencia. Esa es la fuerza y la debilidad del periodismo, por ejemplo, que llega tarde a un sitio, pregunta qué ha pasado y, en lugar de contarlo, lo explica. O dice qué va a pasar. O lo que podría haber pasado, si no ha pasado nada, dejando a la parroquia temblando y medio entusiasmada de miedo. Pero, claro, periodistas somos todos, en la cama, en la radio (al ponerla y al hacerla), al ver fallar un gol, en los pasillos largos, en las redes, que se tejen en los rincones. La tentación no es ya mentir, es concluir. Una pavesa inflamada cruza, ociosa, la estancia, frente al ventanuco abierto, ¿acaso hace falta más para certificar el incendio? Para encausar al fuego. Para labrar el veredicto en mármol. Para abrir la sección de comentarios. Para colgar al pirómano. Para hacer héroe al bombero. Cae al suelo otra esquirla y ya son dos las marcas en el espacio, dos puntos para una recta que, al prolongarse, promete una meta nueva. Hasta que cae otra pieza. Siempre fuera de la recta. Y obliga a reordenar el cuento.

Interpretar el mundo es, de forma natural, pisar en falso, nada hay que objetar a lo que no puede evitarse. Sólo el aleccionamiento estorba. Mirar alrededor es asombrarse, poner el asombro en cuarentena y asumir la imperfección de los sentidos, la naturaleza voraz de la emoción, confiable como una encuesta. Aprender es, quizá, creer algo y describirlo, dar una lección, mirar al ignorante de arriba abajo, recibir información nueva, dejar de creer, dar una lección al respecto, mostrarse vehemente, equivocarse de nuevo, dar una lección, perder vehemencia, sorprenderse, dar una lección pequeña, optar por esperar, ser más prudente, reservarse la lección de la prudencia, formarse, ser paciente, empezar una lección sobre la paciencia y cortarla a tiempo. Crecemos, quizá, al hacernos pequeños, al aplazar el juicio, al ensanchar la mirada de tanto concentrarla. Equivocarse es lo justo. Sobra acaso la certeza.

Un niño mira hacia arriba y ve a su padre gigante, ecuánime y justo, que también lo mira a él, como un cosmonauta a un indio. Con el tiempo, el niño escoge mirar al frente. El mundo, que se movía con lógica de árbol, empieza a acelerarse y a escapársele entre los dedos. Un cometa cruza el cielo cada setenta y seis años. Un glaciar se deshace, una estrella se enciende, un concejal dimite, un amor derrapa, una vaca muere. Nada importa y todo importa, nada tiene solución y nada, por tanto, acaba, aunque se acabe mil veces. El niño, que miraba al padre abisal con ojos de succionar planetas, se ha caído tanto y tan bien de la silla que ya puede permitirse hacer sitio para errores nuevos; lo mucho o poco que aprenda lo hará con la tibia; contra sus propios muebles. Nada procesará de homilías, retuits, prefacios, evidencias y amonestaciones, nada de avisos y llamadas del oyente, de indignación agitada, de este artículo de mil palabras, de vaticinios, de disertaciones. El apodíctico juicio que el columnista deja en la arena y el tumulto graba a buril sobre la carne fresca, dura lo que dura lo espasmódico y el gustito del espasmo. El mismo golpe de viento aparta arena y carne. Apenas resiste el hueso. De lo estudiado queda lo descifrado. De lo vivido, lo entendido. Del murmurar desbocado del padre queda sólo cuanto hizo. Cuanto no dijo.

Rodrigo Cortés, cieasta y escritor,

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