Lecturas fronterizas a orillas del verano

Por J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario (EL PAÍS, 16/08/08):

En el prólogo a un soberbio libro (Breviario mediterráneo, del crítico e historiador croata Pedrag Matvejevic), a Claudio Magris se le escapó una pequeña jerarquización bibliográfica. Elogiando el texto de Matvejevic, un relato entre una exhaustiva catalogación marítima y la prosa casi inventiva, Magris escribe: “Es probable que hoy sea éste el género más vivo y fecundo de la literatura, al menos de la narrativa, mucho más vivo y poético que las novelas que cuentan si al señor X le va bien o no con la señora Y”. No deja de ser sorprendente la afirmación del intelectual triestino. Al hilo de esa declaración de intenciones, jugosa y fructífera, como todas las suyas, me acordé de Madame Bovary, de Guerra y Paz. Y sobre todo, no dejé de evocar con nostalgia la antigua lectura de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Por citar sólo algunos de los lugares sagrados del gran arte de la ficción donde se nos cuenta todo lo bien y todo lo mal que a los señores X les va con las señoras Y. El sesgo clasificatorio de Magris, no obstante, en detrimento de la novela, no esconde una luminosa defensa de otros modelos narrativos (como el libro del croata, que él con tanta razón y razonamientos defiende), y estoy seguro de que también otros tipos de prosas, incluidas desde luego las que puede albergar un buen tratado de gastronomía o una introducción al rock contemporáneo. El pronunciamiento del autor de El Danubio, y sin ánimo de ponerme más trascendente, no hace más que invitarnos a reflexionar sobre el paisaje actual de la lectura en nuestro país. Que es saludablemente ecléctico, transversal y democrático.

Estimulantes polémicas aparte, el verano impone varios rituales. Uno de ellos es el de las lecturas llamadas tópicamente veraniegas. Aquí se mezclan los libros que no han podido ser leídos durante el año con los otros considerados sólo aptos para la canícula. Las montañitas librescas de las mesas de noche se trasladan a la segunda residencia, enriquecidas ahora con nuevos aportes bibliográficos. En estas listas es donde descubrimos la transversalidad lectora de los españoles. Un paseo por las principales librerías de las grandes ciudades indica rápidamente gustos variados. Y hasta sorprendentes, porque en una misma pila convivan generosamente autores y géneros tan distintos y hasta opuestos. Creo que va siendo hora de romper algunos tópicos. Uno de ellos es el de los lectores estancos, irreconciliables. Los que sólo, por ejemplo, leen a Carlos Ruiz Zafón y los que sólo leen a Paul Auster. (Hace pocos días, el centrocampista de la selección española de fútbol, Andrés Iniesta, declaraba que terminada de leer la última novela de David Trueba, se prestaba a iniciar la del autor de La sombra del viento). A propósito de esta cuestión, bastante menos espinosa que lo que muchos quisieran, pude comprobar en un hotel de Estocolmo, no hace más de un año, coincidiendo con unos turistas españoles, cómo durante una amable charla de sobremesa me confesaron sus gustos literarios: en sus preferencias compartían mantel en la misma mesa lectora un millonario best seller americano con las últimas novelas de Javier Cercas, Enrique Vila-Matas y Auster. En un momento dado, me rogaron una valoración. Creo que estaban más interesados en conocer mi juicio sobre el best seller que lo que pudiera opinar sobre los autores citados (tal vez porque todavía mantenían vivos unos inconscientes remordimientos por hacer coincidir en sus preferencias libros tan divergentes, y también porque de alguna manera daban por sobreentendida mi inclinación por un autor o autores en contra del aludido best seller). Les mentí diciéndoles que el millonario autor estaba bien. Y eso sólo porque descifré en sus miradas que habían disfrutado con esas lecturas. Indistintas, mestizas y confluyentes en el placer. Es lo que yo llamaría el auténtico placer burgués de la lectura. El placer maduro de las afinidades literarias fronterizas, que es al final el que contagia la elegancia estética y ensancha el gusto. En la misma línea, recuerdo una experiencia académica con un alumno (de curso preparatorio para el examen de acceso a la Universidad para mayores de 25 años). Un día me comentó su afición por las novelas de Stephen King. Su mirada parecía preguntarse si yo compartiría su elección. Le comenté que había leído algunas (y esta vez no mentí), y que me habían introducido en unos procedimientos narrativos para despertar la zozobra humana que me habían interesado sobremanera. Luego se mostró dispuesto a aceptar alguna sugerencia mía. No dudé ni un instante. Le conminé a leer El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. A los pocos días me comentó la experiencia. Me dijo que le había gustado muchísimo. Y lo que más me sorprendió fue cuando acotó que lo que más le había conmovido era el consejo que el padre del narrador le da a su hijo a las pocas páginas del comienzo del libro: “Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha disfrutado de las facilidades que tú has tenido”. Me sorprendió el comentario porque denotaba a un lector sensible. Pero sobre todo porque su observación coincidía con la de la escritora y ensayista norteamericana Siri Hustvedt en la misma dirección, a propósito de un artículo suyo sobre la novela de Fitzgerald.

Si cuento todo esto es porque ello ejemplifica el lector abierto. Y ese invisible y revelador punto de encuentro que se suele establecer entre los libros y las personas, al margen de elitismos estéticos y unidimensionales. Y que lo que realmente importa, a la postre, es esa especie de atracción fatal indiscriminada que la lectura ejerce sobre muchas personas. Ante ello, casi es irrelevante establecer categorías apriorísticas en materia de lecturas. Siempre me quedó la impresión de que ambos, los turistas españoles de Estocolmo y el chico del preparatorio, se prosternaban no tanto ante un fetiche de una u otra procedencia literaria determinada como ante el mismo acto de leer (que también, sin duda, puede ser otro fetiche de la sociedad del consumo, pero que hay antes otros infinitamente más narcóticos para la mente humana, y es el único que puede despertar en las gentes la curiosidad por otras vidas, otros caracteres, otras circunstancias nunca antes imaginadas).

Y para acabar con este tema. ¿Y si algunos libros no fueran superiores a otros, si algunos géneros (como el policiaco, el de espionaje, el de viajes o aventuras, que, por cierto, tanto se consume en las vacaciones estivales, o el ensayo político o los libros de autoayuda) tampoco lo fueran? ¿Y si sólo fueran superiores en sí mismos, ante sí mismos? Al final estamos hablando del lenguaje. El que Paul Valéry nos enseñó que lo hizo casi todo, “entre otras cosas, el espíritu”.

El verano puede ser una buena estación para romper fronteras. Humanas e intelectuales. Esa buena y excitante promiscuidad de autores y excelencias estéticas. El tiempo libre, que cada vez es más elástico y caprichoso, en verano adquiere una mundanidad gratificante e incontrolable. La misma que afecta al montoncito de libros que nos llevamos con nosotros a la playa o a la sierra. El concepto de integridad estética en verano relaja su perímetro de tolerancia habitual (que ya dije que es democrático, y hasta agregaría que tentadoramente errático). Ahora que se avecina el fin de la prosperidad, del humo especulativo, con sus consecuencias de pobreza material y espiritual, no vendría mal un poco de reflexión sobre cómo usamos nuestro tiempo libre. ¿Y si lo usáramos como en el verano? Leyendo y comentando con los amigos nuestras felicidades y desilusiones lectoras. Algún día tendremos que traer la playa y la sierra a nuestros hogares durante el resto del año. Incrementar la heterogeneidad de nuestra mesa de noche. La novela, el cuento, la poesía, la narrativa toda, como insinuaba Magris, el ensayo, el best seller (español, norteamericano, danés o sueco). He leído estos días una novela policiaca de la escritora noruega (y ex ministra de Justicia) Anne Holt. Sólo cuando la terminé, descubrí que estaba encabezada con una cita de Walter Benjamin. ¿Hubiera aprobado el filósofo su participación en un libro de detectives? Lo que importa ahora es que una autora de género (si quieren, de género veraniego) ha encontrado en la excelencia del pensamiento filosófico del siglo XX las palabras sabias, como afirma en su epílogo, que inspiraron la trama y la sustancia humana de su novela. Esa bendita porosidad de las palabras sin dueño.