Leer para vivir

Salí el cine electrizado de emoción tras ver El instante más oscuro, donde se narra con maestría la metamorfosis del carisma de Churchill, que alcanza la cima en un tiempo meteórico gracias a su incombustible entusiasmo, su confianza en el pueblo británico, su formidable oratoria y el apoyo de Clementine, su esposa. Con los ojos licuados tentado estuve de ponerme de pie y aplaudir al final, en el célebre discurso parlamentario que alentaba a resistir a todo trance frente a los nazis, pero me contuve no porque me diera vergüenza, sino por no hacérsela pasar a mi mujer. Resulta conmovedora la escena en la que, tras la gelidez inicial motivada por la desconfianza, se anuda una amistad entre el primer ministro y el rey basada en la admiración. Y también conmueve una secuencia que refleja la pasión del político por los libros cuando, al buscar con desesperación un tomo de Cicerón que necesitaba para formular una idea, pasa delante de la surtida biblioteca que había trasladado al 10 de Downing Street.

Leer para vivirHabía leído con antelación el libro sobre el que se basa El instante más oscuro, de la misma manera que leí El arca de Schindler antes de ver un tórrido verano la obra maestra de Spielberg o me chupé la novela de Delibes antes de admirar a Paco Rabal haciendo de Azarías, el santo inocente de la milana bonita. Primero vino Desayuno con diamantes y luego la novela de Truman Capote, por eso el personaje literario de Holly era para mí el cinematográfico, porque no podía tener en la cabeza otra imagen que la de Audrey Hepburn, la actriz más glamurosa que haya existido. Y es que si José Luis Garci dice que el cine es una vida de repuesto, la literatura hace más intensa y llevadera la vida.

Tuve un perro que se llamaba Guido. Un fox terrier. Le pusimos el nombre como homenaje al protagonista de dos novelas de Antonio Burgos, Las cabañuelas de agosto y Las lágrimas de San Pedro. Tanto me gustaban esos dos libros que hubo una época que, cuando entablaba amistad con alguien que amaba la literatura, se los prestaba con la ilusión de que disfrutaran tanto como yo de aquella narrativa de raigambre andaluza. Luego he seguido haciendo lo mismo con otros libros y otros amigos. Los que he querido de verdad.

Existen pocas definiciones mejores del amor que la de san Pablo en su epístola a los corintios, cuando dice que aquél es paciente, servicial, no es envidioso, no hace alarde ni se envanece. Nadie ha poetizado mejor el enamoramiento que Lope de Vega: «Creer que un cielo en un infierno cabe», o ha descrito con más originalidad el pletórico amor carnal que Luis Alberto de Cuenca: «Tengo un hambre feroz esta mañana./Voy a empezar contigo el desayuno». Y como paradoja, la más hermosa declaración de amor a la lectura no está en papel, sino en piedra: el sepulcro del doncel de Sigüenza, la escultura del militar que desde hace cinco siglos afronta la eternidad con un libro entre las manos.

En un diálogo del wéstern Río Rojo se dice que «sólo hay dos cosas en este mundo más bonitas que un arma: un reloj suizo y una mujer». Puedo coincidir en el final de la frase. En la muñeca llevo un reloj suizo que me regalaron. Fue comprado en Londres, en el mercado de Portobello, muy cerca de la librería en la que se basó la de la película Notting Hill. El tiempo que marcan sus manecillas constituye para mí la medida del amor, y tasa las dulces horas que paso enfrascado en la lectura.

Todas las encuestas sobre hábitos lectores en España concluyen que amor es un verbo que se conjuga en femenino. Las mujeres leen más libros que los hombres. Lo compruebo en mis alumnas de bachillerato, o cuando viajo en tren o en metro y observo a mujeres absortas con un libro entre las manos, o al pasear por distintas ciudades y las contemplo saborear un vino blanco sentadas en un velador al aire libre, sonriendo ensimismadas al pasar las páginas, encarnando una sabiduría ancestral inaccesible a los hombres. Ellas ejercen de ardientes activistas literarias, como lo demuestra su monopolio de unos clubes de lectura que florecen por nuestro país como amapolas en mayo. Son las mejores candidatas al premio al fomento de la lectura.

La vida acelerada y la necesidad patológica de ocupar el tiempo con un carrusel de actividades son incompatibles con el silencioso placer de la lectura, donde uno se conoce a sí mismo al desarrollar la reflexión e introspección, en una especie de arqueología de la conciencia. Las personas que viven a ritmo de spinning desde que se levantan hasta que se acuestan quizá pongan los ojos en blanco ante terapias zen o fines de semana antiestresantes en spas de lujo, pero se sorprenderían si comprobasen los efectos terapéuticos de la lectura sosegada. Algo muy barato. Incluso gratis, si el libro se saca de una biblioteca pública.

No sé si leo para vivir o vivo para leer. Si paso un día sin dosis libresca o periodística soy como la canción Así estoy yo sin ti, de Joaquín Sabina. En mis viajes, junto a la obligada visita a museos, el andorreo por los cascos históricos y la parada y fonda en cafés que me hagan tilín, busco las librerías, me detengo embobado delante de sus escaparates y sólo me falta pegar las manos en el cristal, como Carpanta ante un restaurante.

Valoramos más lo que se ha estado en trance de perder. Una de las dedicatorias más agradecidas que he escrito en una de mis novelas fue a mi oftalmólogo cordobés: «Por devolverme la luz». Hace años, el día que, en mitad de un duro posoperatorio me dijo que podía volver a leer, recomencé a devorar libros.

Y los desayunos de los sábados volvieron a estar tocados con la varita mágica de la alegría. La casa olía a café y abría el ABC Cultural.

Emilio Lara, historiador y escritor.

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