Legado de la guerra de 1967

Por Kenneth W. Stein, profesor de Historia y Política de Oriente Medio en la Universidad Emory de Atlanta (Georgia). Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 05/06/07):

Han pasado cuarenta años desde la guerra árabe-israelí de junio de 1967. Los legados son numerosos. Israel ganó la guerra, pero no logró imponer la paz. Los estados árabes perdieron la guerra y se sintieron como si la hubieran ganado. Las Naciones Unidas se revelaron incapaces de impedir el conflicto y hacer prevalecer la paz. Ni la Unión Soviética ni Estados Unidos deseaban la guerra, y ambas potencias evitaron un enfrentamiento directo.

La contienda significó el principio del fin del panarabismo: dos generaciones árabes con miles de millones de petrodólares sufrieron la humillante incapacidad de sus dirigentes para acabar con Israel. Algunos estados árabes, en otro tiempo unidos en la oposición a un Estado judío en Oriente Medio, reconocen hoy su realidad. Por otra parte, la guerra dio a los israelíes y sus partidarios en todo el mundo una sensación de consolidación del Estado judío.

Guste o no, la guerra forzó a israelíes y palestinos a una estrecha convivencia. Sólo de modo reciente, tras años de violencia, han acabado los israelíes por concluir que no pueden imponerse a la población palestina bajo su control. Hoy se está dividiendo la zona occidental del río Jordán unificada por la guerra de junio. La retirada israelí de Gaza realizada en el 2005 sigue siendo el primer paso de ese posible desenlace diplomático.

Los palestinos, que antaño gozaron de un incondicional apoyo árabe para destruir a Israel, necesitan ahora que los estados árabes los ayuden para alejar de sí la debilitadora fragmentación y la violencia interna. ¿Serán capaces de encontrar un consenso para dirigir una estructura estatal? La guerra sigue sin cerrarse.

La guerra de 1967 no fue un conflicto esperado, planeado ni deseado. «Naser tendría que ser irracional para invadir» Israel, comentó en ese momento el secretario de Estado estadounidense Dean Rusk al ministro de Asuntos Exteriores israelí Abba Eban.

Los estados árabes no estaban preparados para luchar contra Israel, e Israel tampoco deseaba una guerra. Naser, el paladín del panarabismo, colocó el odio a Israel en el núcleo del impulso bélico. Alentó la entrada en el conflicto del rey Husein de Jordania y de Siria. Al final, Egipto, perdió el Sinaí y la franja de Gaza; Jordania, Cisjordania y Jerusalén; y Siria, los altos del Golán. Había que remontarse a la época de la Primera Guerra Mundial, cuando se establecieron las fronteras de la zona, para encontrar un trastocamiento territorial tan importante.

En esa partida militar de póquer, Egipto, Jordania y Siria apostaron y perdieron sus tierras. Prometieron destruir a Israel; fracasaron acerbamente. Acabaron humillados. Israel dejó de controlar una pequeña cuña de tierra a lo largo del Mediterráneo, una diminuta franja de apenas 15 kilómetros de ancho. En seis días, pasó de 20.000 a 100.000 kilómetros cuadrados. A lo largo de los siguientes cuarenta años, los estados árabes y los palestinos han recurrido a la diplomacia, la guerra, el terrorismo y la coerción internacional para lograr que Israel abandone esos territorios; Israel sólo los cederá por una promesa de paz y cierto grado de seguridad.

Ese cambio de la situación territorial hizo que Estados Unidos y la comunidad internacional diseñaran un marco de referencia para las negociaciones árabe-israelíes que fue sancionado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en noviembre de 1967. La resolución 242 se convirtió en punto de inicio, marco y base para las posibles negociaciones árabe-israelíes. Pedía la «retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados durante el reciente conflicto, cese de todas las situaciones de beligerancia o alegaciones de su existencia, y respeto y reconocimiento de la soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los estados de la zona y su derecho a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas y libres de amenazas o actos de fuerza». Dado el elevado grado de desconfianza y odio entre Israel y las partes árabes, pasó mucho tiempo antes de que se utilizara esa resolución. Tras la guerra apareció al fin la expresión proceso de paz.El objetivo de las negociaciones: intercambiar tierras árabes por paz o seguridad para Israel. Estados Unidos se convirtió en el constructor de puentes, el coreógrafo, el ingeniero, el mediador y fedatario; a veces, los presidentes estadounidenses lo hicieron bien; otras, no. Egipto en 1979 y Jordania en 1994 reconocieron la existencia de Israel. Por muchas vueltas que le diera la OLP, aceptar la resolución 242 significaba aceptar a Israel; y el sueño de liberar toda Palestina no se había abandonado por completo. Algo que han puesto de manifiesto los cuarenta años de diplomacia posteriores a la guerra es que los estados árabes llegan a acuerdos con Israel para salvaguardar los intereses nacionales de sus regímenes.

La apabullante derrota de los ejércitos árabes en la guerra de los Seis Días sirvió de catalizador de la identidad nacional palestina. Sin embargo, a lo largo de los siguientes cuarenta años, los palestinos han aprendido que los dirigentes árabes tienen limitaciones en lo que respecta a la defensa de la causa palestina; ninguno de ellos ha estado dispuesto a morir por Palestina. «Hemos acabado con Palestina», dijo el general egipcio Gemasy a su homólogo israelí unos días después del final de la guerra de octubre de 1973. En casi cuatro décadas de liderazgo dominado por Yasir Arafat, se hizo caso omiso de las oportunidades de llegar a acuerdos con Israel; a eso hay que sumar el legado de su dirección autocrática, la existencia de unos personajes sedientos de poder, la esquilmación de los fondos públicos y el fracaso a la hora de construir unas instituciones políticas. La muerte de Arafat provocó una gran fragmentación en el paisaje político árabe palestino. Según cualquier parámetro objetivo, los palestinos están hoy más debilitados en términos económicos, más fragmentados en términos políticos y más divididos en términos sociológicos que hace cuarenta años. La política palestina se encuentra hoy entrelazada con una tendencia islamista extremista que hace que las hostilidades se dirijan contra los propios compatriotas en mayor medida que contra los israelíes o los regímenes vecinos.

¿Y qué ocurre con Israel y la guerra de los Seis Días? No cabe duda de la dirección política de Levi Eshkol, que intentó por todos los medios evitar la guerra de junio de 1967. El ministro de Defensa Moshe Dayan no quería abrir un frente con Jordania ni con Siria. Israel no pretendía el control de Cisjordania. Sin embargo, todo esto cambió ante la ilusión árabe de que sus ejércitos eran capaces de destruir Israel.

La ciudad de Jerusalén, dividida durante los 19 años anteriores, se reunificó. Los israelíes no supieron qué hacer con las nuevas adquisiciones territoriales; no pudieron explotar los sorprendentes éxitos militares porque los estados árabes no quisieron reconocer la legitimidad de Israel. Cuando los estados árabes se negaron a negociar, reconocer o firmar la paz, los israelíes tuvieron que tomar sus propias decisiones respecto a qué hacer con los territorios. En ausencia de negociaciones, ante los israelíes se abrió la vía de volver a colonizar la tierra de Israel; los asentamientos se iniciaron en un vacío político. De modo similar, los israelíes y sus dirigentes en el Gobierno no comprendieron que esas acciones en las tierras recién conquistadas de Cisjordania y Gaza – la construcción de asentamientos- tendrían unas consecuencias tan negativas, violentas incluso, sobre la población palestina local. Israel gastó más de 60.000 millones de dólares en los nuevos territorios, y con ello detrajo esas sumas astronómicas de las necesidades sociales y económicas existentes en lo que había sido el Israel anterior a 1967.

Por segunda vez en dos décadas, los estados árabes no habían derrotado a Israel. Israel logró crear una economía con un producto interior bruto que superaba los 100.000 millones de dólares y demostró su capacidad de resistencia; por desgracia, los palestinos no han logrado todavía un Estado propio, y ello es debido en gran parte a su propia dirección política y al desdén que los otros árabes muestran por ella. Cuarenta años después, hemos aprendido que Oriente Medio es algo mucho más complejo que el conflicto palestino-israelí; es una región erizada de sectarismos, sensibilidades étnicas exacerbadas, riquezas proporcionadas por el petróleo, renacientes identidades políticas islámicas, disputas regionales e internacionales motivadas por las fronteras, los recursos, el agua, la ideología y quién gobernará mañana. Hace cuarenta años, en vísperas de junio de 1967, los problemas eran mucho más sencillos, los adversarios se conocían y las ideologías estaban claras. Hoy no es así.