Lengua común y sociedad en común

Por Nora Catelli, profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 03/07/08):

Lengua propia (catalán); bilingüismo (catalán y castellano); multilingüismo (todas las lenguas que se hablan en Catalunya, desde el urdu al quechua o al aymará); inmersión lingüística; lengua vehicular; padres que tienen derecho a pedir que sus hijos sean educados en castellano; ciudadanos que tienen derecho a ser atendidos también en castellano…

Las perspectivas recurrentes para el debate sobre el papel del castellano en Catalunya tras la llegada de la democracia son reconocibles desde hace más de treinta años. Subrayo: tras la democracia, ya que lo anterior pertenece a la historia de la dictadura franquista y no puede contar como parte de la discusión actual. Sólo un ángulo es nuevo, el del multilingüismo, de frecuente aparición estratégica en ciertos sectores académicos catalanes, que consideran que así se neutralizaría la poderosa y tal vez más realista afirmación del bilingüismo en Catalunya. Sería más fácil, se arguye en esos medios, que el catalán sobreviviese como lengua común en una sociedad que se definiese -y se viviese- como multilingüe. Esto, no obstante, no puede traducirse en el sistema educativo, porque no podría recogerse en la enseñanza pública o concertada.

Pertenezco a ese ámbito que el último manifiesto denomina lengua común, pero tal cosa no es un honor, un don especial o un mérito, sino un dato biográfico. No justifica ningún tipo de sentimiento de exclusión o de amenaza. En las diversas discusiones -en decenas de ellas, a lo largo de decenas de años- acerca de estas campañas y manifiestos, he sugerido que cuando el catalán pierde un hablante, lo pierde la totalidad de su lengua; cuando el castellano pierde un hablante, la lengua no lo pierde; lo absorbe y después lo multiplica. Por eso hay que garantizar institucionalmente la existencia del catalán, lo cual no se hará nunca sin tensiones.

No se puede vivir sin tensiones en una sociedad que tiene cosas en común, pero no las comparte todas. De allí el título de este artículo, una de cuyas secciones parece un pleonasmo (“sociedad en común”) pero no lo es. De allí la asimetría de la situación del catalán y el castellano, que es una koiné potente y demográficamente en alza en el mundo. De manera un tanto antipática, suele afirmarse que, a pesar de su abundancia, no es una lengua de primer rango, como el inglés o como el pretérito francés. Aunque, como sabemos, la supervivencia de las lenguas no se sustenta en las élites del primer rango, sino en la amplitud de sus bases.

La denostada inmersión lingüística -que es el motivo más claro de este manifiesto- ha sido el extraordinario modo de construcción de una cohesión social inesperada en la España democrática: el fantasma de dos comunidades lingüísticas enfrentadas en Catalunya desapareció desde su implantación. Por razones familiares, conozco las experiencias castellanas en la escuela en catalán; no me he encontrado nunca, ni en esa esfera privada, ni en la enseñanza universitaria que practico, a nadie que tuviese algún problema con la expresión en castellano, salvo las derivadas de su origen social, de la educación de sus padres, o del acceso o no a bibliotecas familiares.

Más aún: cuanto mejor y más variado es el dominio de la lengua familiar o materna -sea la que fuese-, mejor es la adquisición en catalán. Es la debilidad o pobreza de la lengua materna, incluso en el caso del castellano, la que después se reproduce especularmente en la incorporación del catalán. Al contrario: cuanto más rica sea la lengua materna -insisto: sea la que fuese-, más plasticidad y más prontitud en la adquisición del catalán como lengua también común, en una sociedad en común.

No poseo capacidad ninguna para sugerir maneras lógicas de acabar con la tensión: ni hacia los firmantes del manifiesto, que son muy variados, ni hacia los también muy variados ciudadanos que sugieren motivos múltiples para el enésimo acceso de preocupación infundada ante una amenaza imaginaria. Sólo abogar, en el caso de quienes estén en una situación similar a la mía, por no sumarse al contingente del manifiesto, tan poco necesitado de solidaridad y tan endeble en sus argumentos.