Lenguas y voluntad de cercanía

Forma parte de lo que suele llamarse “cultura general” el tener una idea, siquiera aproximada, de cómo se pronuncian ciertos nombres extranjeros, pongamos Shakespeare, Camus, Boccaccio o Leibniz, por más que no se sea capaz de expresarse con soltura en los idiomas respectivos. Con los nombres geográficos no ocurre exactamente lo mismo, pues, si bien es asimismo necesario saber cómo pronunciar sin hacer demasiado el ridículo Cambridge, Montpellier, Arezzo o Heidelberg, disponemos, en buen número de casos, de “nombres propios propios”, es decir, de nombres de lugar españoles, en español, para ciudades, ríos, países, etc. que naturalmente también lo tienen, y no igual al nuestro, en las lenguas de los territorios donde se encuentran. Y así, no habría ni que recordar que decimos Londres y no London, Burdeos y no Bordeaux, Florencia y no Firenze, Colonia y no Köln. El mismo criterio nos lleva a algunos a defender privada y públicamente, temo que sin mucho éxito, el uso de los nombres propios castellanos, cuando disponemos de ellos, para referirnos a realidades territoriales de lengua vernácula no castellana. Es decir, a preconizar la conveniencia de no empobrecer nuestro repertorio denominativo prescindiendo de Lérida y Orense en beneficio de Lleida y Ourense. Y aunque no haya diferencias de pronunciación entre Cataluña y Catalunya, por obvias razones de coherencia muchos preferimos escribir, usando el castellano, aquella forma, y no la de grafía catalana.

Pasando de los nombres propios geográficos al léxico común, no me parece mal, en cambio —y es algo mucho menos comentado—, que, hablando en castellano y en referencia a realidades —sobre todo políticas— propias de los territorios bilingües de España, se deslicen en el texto escrito o en el discurso oral castellanos palabras y expresiones pertenecientes a las otras lenguas, catalán, gallego o vascuence. Un sentimiento de especial cercanía y familiaridad para con ellas lleva a la mayoría a hablar, expresándose en la lengua común —me centraré en el caso de Cataluña por evidentes razones de actualidad, también de frecuencia—, de “el Govern”, “el Parlament”, “el President”, “el Estatut”, “el conseller” más que de “el Gobierno”, “el Parlamento”, “el Presidente”, “el Estatuto”, “el consejero”. Sería peregrina idea hoy referirse al “proceso” o a los “Mozos de Escuadra” en vez de al “procés” y a los “Mossos d’Esquadra” (y nótese que ese uso ocasional de las voces catalanas no compromete, ni mucho menos, la pervivencia de nuestras palabras “proceso” y “mozo”). Aunque en textos castellanos antiguos aparece, a casi nadie se le ocurre emplear en nuestros días “la Generalidad” en vez de “la Generalitat” —si alguien lo hace, se diría que es con alguna reticencia—. Muchas de esas palabras catalanas son relativamente fáciles de pronunciar para los ciudadanos que no hablan esa lengua, mas, aun así, han debido aprender —saludable aprendizaje— que la g de “Generalitat” y la c de “procés” no suenan como las correspondientes letras castellanas. Los más cuidadosos se esfuerzan incluso por articular /el prusés/, y por pronunciar también como /u/ la o de “Govern”, aunque tal vez sea mucho pedirles (algunos lo logran) que pronuncien la v, es decir que digan /guvérn/, con labiodental, y no /gubérn/, con bilabial. Poco a poco, esta tintura o somera familiarización con la lengua catalana habrá llevado incluso a alguno a inferir ciertas reglas de pronunciación: a la vista de /guvérn/, /móssus/, /prusés/, /kunsellé/, los más avispados habrán deducido que, cuando no es tónica sino átona, la o del catalán es en realidad una u; el siguiente paso sería que aprendieran a pronunciar /kuláu/ cuando mencionen el apellido de la actual alcaldesa de Barcelona, frente al mucho más generalizado, fuera de Cataluña, /koláu/.

Desde hace tiempo, los castellanohablantes hemos ido aprendiendo a pronunciar como es debido apellidos catalanes: Puig, Domènech o Fortuny. Con todo, algunos pueden haber derivado en apellidos ya no catalanes (así, Puch, Doménech). Y si uno dice en Madrid que va a la calle Fortuny y pronuncia /fortúñ/ corre peligro de que no lo entiendan.

Reparemos, solo de pasada, en que, por lo general, lo mismo ocurre con el gallego y el vasco. Hemos aprendido a escribir “la Xunta” y a pronunciar /la shúnta/. Aunque dudamos a la hora de escribir “lehendakari” o “lendakari” (esta última figura en el diccionario de la Academia Española), empleamos esa palabra, y casi nunca “presidente” para referirnos al jefe del ejecutivo vasco, y nos esforzamos por distinguir entre “un ertzaina” y “la Ertzaintza”, enredándonos a menudo con esas secuencias de consonantes a las que no estamos acostumbrados. Hasta los que dicen /la ercháncha/ hacen su pequeño esfuerzo.

Lo esencial que quiero señalar es que nuestro comportamiento como hablantes es muy distinto cuando nos ocupamos de países extranjeros. Hablando de Francia nos referimos a la “Asamblea Nacional” y no a la “Assemblée Nationale”, al “Presidente de la República” y no al “Président de la République”, a la “Gendarmería” y no a la “Gendarmerie”. En referencia a Reino Unido, hablamos del “Primer Ministro” y no del “Prime Minister” —es cierto que se nos ha colado el anglicismo premier, que no sabemos si pronunciar llano o agudo, pero ha devenido palabra aplicable a cualquier jefe del ejecutivo, no solo al británico—, de la “Cámara de los Comunes” y no de la “House of Commons”. Del “Senado”, y no del “Senato”, para Italia, y del “Canciller Federal”, y no del “Bundeskanzler”, para Alemania, aunque es cierto —siempre hay excepciones— que sí alternan en español, refiriéndose a este último país, “Parlamento Federal” y “Bundestag” (casi nadie se acuerda ya de “Dieta”).

¿Qué revela esta disparidad de criterios entre el tratamiento de los vocablos de lenguas de otros países y los de otras lenguas españolas? Me parece claro: es una manera de subrayar nuestra especial estima por estas últimas, de transmitir que las sentimos más cercanas que aquellas, en alguna medida como nuestras, aunque, salvo excepciones, no seamos capaces de hablarlas.

No hay reciprocidad en el fenómeno que señalamos. Cuando hablan la lengua vernácula de Cataluña, los políticos de allí emplean “el Govern espanyol”, no insertan en el enunciado catalán la palabra castellana “Gobierno”. Tan solo lo señalo, no digo que deban hacer lo contrario. La conciencia de que su lengua ha podido estar relativamente preterida acaso los lleva al prurito de no prescindir de ninguna palabra propia. La voluntad de cercanía e integración por parte de muchos castellanohablantes, ese cierto esfuerzo nuestro, tal pequeña deferencia cortés, ¿han servido de algo? Parece que no de mucho, pues también a pesar de ello quieren marcharse. No todos, desde luego, pero sí muchos, muchos más de los que muchos desearíamos. A ver si somos capaces de arreglarlo entre todos.

Pedro Álvarez de Miranda es catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia Española.

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