Lenin en la Moncloa

La víspera de Nochebuena, Iglesias se reunió con los negociadores independentistas y el día después de Navidad, Podemos filtró la noticia a los medios. Cuando les preguntaron por el contenido del encuentro, dijeron que, por respeto al PSOE, no lo desvelarían. ¿Para qué lo filtran? Para que se sepa quién manda aquí. Es lo que haría Lenin, ese gran táctico con poca base intelectual, como le definía Tony Judt, el gran historiador de la Europa soviética, y a lo que juega el líder de Podemos, una fuerza política que parecía novedosa y ha concluido en un simple conglomerado de trazabilidad comunista y anticapitalista.

En mi pueblo, cuando jugamos al mus, quien lleva mejor jugada le dice al compañero: “el volante lo llevo yo”. De la pareja Iglesias-Sánchez, hay pocas dudas sobre quién lleva el volante. Él se adelanta, en plenas negociaciones de investidura, a pactar con el PNV los presupuestos del País Vasco y el texto de reforma del Estatuto, con “derecho a decidir” incluido; él toma la iniciativa para acordar presupuestos del Ayuntamiento de Barcelona y del Govern con los independentistas de ERC; él ya se postula para gestionar las negociaciones con el “bloque de la moción de censura” y diseñar futuros tripartitos. Él, dice, será “una garantía contra el 155”. ¿Y este es el mal menor contra el independentismo?

Para facilitar la digestión de la mayor amenaza contra la Nación, tal y como la define el artículo dos de nuestra Constitución, se puso en circulación los últimos días un argumento tramposo. Los intelectuales del bloque de la moción de censura habían fabricado un relato sobre la obligación de Inés Arrimadas y Cs de votar a favor del gobierno PSOE-Podemos para evitar que Sánchez dependiera del independentismo. El propio Pablo Casado y el PP, apoyando esto, avalan el fraude. Pero, todos ignoran que, como en el futbol, es un error repetir siempre la misma jugada táctica; te pillan.

Quieren que ignoremos que Iglesias será el mejor valedor de todos los soberanistas en el Gobierno de España. Él mismo se encarga de hacerlo evidente cada día. El delincuente Junqueras, al pactar la investidura, pero nada más, convierte a Iglesias en el verdadero jefe del próximo gobierno, el interlocutor diario de los secesionistas. Se lo tradujo bien Mas Cullel a Carlos Solchaga en el Círculo de Economía de Barcelona. Necesitan cuatro años de Sánchez en Moncloa con un objetivo central para el independentismo: lograr otros cuatro años más de Sánchez. Con Iglesias dentro, obviamente. ¿Se entiende o no se entiende?

Ocho años para construir el Estado plurinacional, es decir, en la terminología de Acemoglu, un Estado nacional menguante. Pero, para ese trayecto que se abre, nuestro Lenin local es la clave de bóveda. Llevará en su cartera de vicepresidente la hoja de ruta de los soberanismos, la de la Declaración de Barcelona, la auténtica, no la réplica servil de Iceta y el PSC, la de la Triple Alianza de 1923, la de Galeuzca de 1933, la que actualizaron los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos, en julio de 1998.

Ahora, este es el discurso que han hecho suyo los comunistas y anticapitalistas que coordina Iglesias, el que practican, a la luz del día, en Barcelona, Vitoria, Valencia, Pamplona, Palma o Madrid. Ni Estado de bienestar ni política laboral, Estado plurinacional para “modificar la relación de fuerzas”. Lenin en acción, construcción de pueblo y otras zarandajas con material prestado por nacionalistas. ¿El PSOE? En el guindo, convertido en pieza de caza, con Lambán, Page, Abel Caballero, Borrel, paralizados, o haciéndose el despistado.

Ya nadie le disputa a Iglesias el patrimonio de la izquierda. Si Sánchez, Ábalos y Lastra leyeran, podrían entender en qué tela de araña han enredado al Partido Socialista. Como no estudian –a Santos Juliá, por ejemplo–, aceptan la doctrina de su socio preferente, para el que la identidad de la izquierda se fabrica con “mitos para construirte un país”, y estos “tienen que ver con la defensa del bando antifascista en la Guerra Civil, que vincula la democracia con la izquierda”. Ahí tiene Sánchez sus fuentes para entender por qué Junqueras es progresista, o por qué era urgente trasladar la momia de Franco, incluso, por qué hay que olvidar a las víctimas de ETA y rehabilitar terroristas. Simple: fascistas contra antifascistas; la izquierda colonizada por Lenin.

Fachas y traidores, no hay más variedad en el zoológico leninista. Con la autoridad de Amos Oz: “Traidor es quien cambia a ojos de aquellos que no pueden cambiar y no cambiarán, aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieren cambiarle a uno”. O fanático o traidor, para los herederos de la III Internacional que hoy pastorean al PSOE no hay más opciones, antes con Lenin –“Uuuh, qué miedo”, diría Iglesias en Fort Apache, su programa televisivo–, ahora con el leninismo de colores del camarada Slavoj Zizek –“El futuro será alguna forma de comunismo”–, al que tanto admiran.

Por su parte, Sánchez lleva al PSOE a los márgenes de la política populista de izquierda, en una ubicación similar a la de los insumisos franceses de Mélenchon, el camarada de Iglesias. En el otro margen está Le Pen, camarada de Vox.

Pero, mientras Iglesias nos da una lección de táctica leninista, con sus “haremos una política económica continuista que calme a los inversores” y “este Rey ha rectificado”, la cuestión es qué hacer para evitar que el bloque de la moción de censura destroce lo que más nos importa, nuestra identidad nacional compartida. Si los que tenían la obligación de apoyar la vía de Inés Arrimadas, en el PP y en el PSOE, no respondieron, ahora la inhibición sería aún más imperdonable.

A la portavoz del gobierno, Isabel Celaá, le preguntaron por el plan B de Sánchez si fallaba el pacto con los independentistas. Respondió a los periodistas que no había plan B, y no mentía. La vía de defensa de la Constitución, sí debe tener plan B. Perdido el PSOE para la causa, no se ve más alternativa que la que pasa por el rescate de los electores traicionados.

La encuesta de Sociométrica para EL ESPAÑOL de hace unos días dibujaba el terreno de juego para el ciclo convulso que estamos a punto de iniciar. Más del 70% de los españoles apoyaban la vía 221 de Arrimadas, entre ellos cuatro millones de votantes de Sánchez que rechazan el pacto de la moción de censura y millones de electores que se abstuvieron o confiaron en partidos que se han escondido ante el mayor desafío al Estado nacional. Ahora, esperan liderazgos a la altura de la emergencia nacional a la que nos han llevado, porque ya nadie puede ignorar que, si Sánchez pacta, Sánchez cede.

Jesús Cuadardo Bausela es geógrafo y ha sido diputado nacional del PSOE en tres legislaturas.

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