León, aparta de mí este Felipe

Ya lo dijo Rubén Darío, como un canto de vida y esperanza: que lo moderno siempre ha sido algo muy siglo dieciocho y muy antiguo. Pero ocurre que al moderno de hoy, que mira la realidad aumentada a través de unas gafas grandes como dos colmenas en los ojos, las cosas le parecen tan nuevas que necesita señalarlas con un dedo, porque no tiene palabras para nombrarlas, y siente que lo que ve son creaciones originales, desde la publicidad Don Draper de los años sesenta a las aventuras extrañas y ochenteras de unos niños neogoonies.

Así que, de pronto, el moderno se mete en una charla sobre León Felipe, en mitad de la bullanga institucional que han causado los cincuenta años de su muerte, y, ¡eureka!, ha descubierto el oro de Moscú. Y, con la tarasca esta de la exhumación de Franco, sus versos le suenan a leña prístina para el fuego guerracivilista de las redes sociales.

El moderno está gritando, la moderna está gritando, el moderno y la moderna con su Twitter de indignado: “La verdad es… que cuando Franco, el sapo iscariote y ladrón, con su gran escuadrón de cardenales y banqueros se atrevió a decir que la guerra de España era una ‘cruzada religiosa’ y que Dios estaba con ellos… al poeta le entraron ganas de blasfemar”. O sea, rojazo.

El tuit se hace viral y los modernos se entusiasman: #LeónFelipe. ¿Cómo no hemos sabido nada antes de este tío? La culpa, por supuesto, es del franquismo, que lo silenció en España durante años, porque fue un exiliado, y el régimen del 78 lo ha mantenido fuera de los planes de estudio —puro continuismo, puta transición—, porque dice mi colegui el filólogo que no lo ha visto nunca en la carrera. Esta explicación, sin embargo, está mecida con cuentos, y el poeta se los sabe todos.

Resulta que a León Felipe ya lo habían descubierto los modernos de antes: Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, y en ese plan, como un cubo de aguaviva que, si no fuera por los versos magníficos del poeta, sería una canción infumable: “Franco… tuya es la hacienda… / la casa, el caballo y la pistola… / Mía es la voz antigua de la tierra”.

Resulta que, antes incluso, a León Felipe lo leía hasta mi abuelo de Córdoba, que era un señor muy de la España de Franco, con su ABC en la mano. Supongo que sería por mera morriña del terruño, ya que él nació, como León Felipe, por la zona remota de la Tábara zamorana. Pero el caso es que era su poeta favorito.

Resulta, por tanto, que León Felipe ha sido célebre mucho tiempo, pero, sobre todo, en América Latina, con su busto repartido por los parques de las naciones como cabeza de profeta. Mientras, en España, hemos estado obsesionados con Lorca y con Machado. Y eso que León Felipe fue un poeta machadiano. Y eso que León Felipe le enseñó Manhattan al poeta lorquiano. Total, que Héctor Alterio va por el mundo recitando a León Felipe con una pasión argentina y una voz engolada que no le brindamos al poeta en España: “¡Qué lástima / que yo no tenga una patria!”.

Y resulta que sí, que León Felipe fue republicano, pero ¡qué republicano! Su poesía fue una insignia de la guerra. Y La insignia fue un poema suyo que llovieron los aviones como una arenga, que tiraron en panfletos los aviones sobre los campos de la guerra. León Felipe empezó a escribirlo con la caída de Málaga, horrorizado por que a los huidos, en la carretera de Almería, la República no les diera protección, y aquello fue una escabechina.

Por eso, en el congreso de intelectuales antifascistas de Valencia, le dejaron solo. Nadie habló con él, nadie se le acercó, porque su poema era una traición, un ataque feroz contra los sectarismos de la República, contra las divisiones, contra las purgas. Solo César Vallejo, que era peruano —“España, aparta de mí este cáliz”—, quiso ir a comer en ese acto con León Felipe a la cantina, para que les vieran juntos y apoyarle. Pero León Felipe tuvo que irse a Barcelona y de ahí a las Américas, para salvar la vida de las garras de sus propios amigos. “¡Oh, este llanto de España, / que ya no es más que arruga y sequedad!”.

El moderno, cuando escucha esto, se inquieta en la charla, sentado en la silla desde la que asiste a la charla, y se enfrenta al catedrático que se lo explica en la charla. Y es que el moderno prefiere al león, que es un animal noble y lleno de mitologías, y no al Felipe de verdad, que era el nombre del poeta real. León, aparta de mí este Felipe. Así que el moderno se pone a buscar sus poemas en Internet, para profundizar, como en un pozo, en la boca del león.

León Felipe llegó a la fama caminando, con paso lento, como un canto: “como tú / piedra pequeña; / como tú, / canto que ruedas / por las calzadas / y por las veredas; / como tú, / guijarro humilde de las carretas”. Quiere decirse que, cuando llega su primer libro, Versos y oraciones del caminante (1920), León Felipe es un hombre talludito, con treintaimuchos años. No obstante, contra todo pronóstico, lo petó, en el Ateneo de Madrid, saltándose a la torera lo de las generaciones, las vanguardias y toda esa coña fría y gongorina.

Para él, la poesía debía ser una cosa de calor humano y de andar por casa: “no quiero el verbo raro / ni la palabra extraña; / quiero que todas, / todas mis palabras / —fáciles siempre / a los que aman—, / vayan ungidas / con mi alma”. A Juan Ramón Jiménez, que era un tiquismiquis de la excelencia estética, aquello, claro, le pareció una atrocidad, sin pies métricos, ni cabeza retórica, si bien eran las bases visionarias de muchas cosas, desde la poesía social y comprometida, hasta la antipoesía de Nicanor Parra.

En este punto, el moderno se para, y se atusa la barba, y yo, la verdad, macho, no me entero de nada. Ni siquiera riman los versos, y escribe unos poemas larguísimos que no son para legos: que si el poeta prometeico, que si el viento es un exigente cosechero, que si Don Quijote está en un concilio ecuménico. Esto es lo mismo que el sermón de un cura, menuda chapa, soltando monsergas como parábolas, como en versículos de la Biblia, y yo no sé de qué habla. Y, encima, se marca un título en inglés, Drop a Star, que es surrealista, tío, ¡surrealista!: “El poema también es un lagarto, / y el poeta, el gran emperador de los lagartos”.

Lo cual que León Felipe fue un exiliado de todas las Españas: de los nacionales y de la zona republicana; de las generaciones y de las vanguardias. Él iba a lo suyo, por América y por África, porque era un romero: “Ser en la vida / romero, / romero que solo cruza / siempre por caminos nuevos”.

Al final, se asentó en México. Sus poemas, es verdad, eran un poco plastas, pero Octavio Paz le citaba, con admiración de Premio Nobel, y fue un hombre bueno. Libre de posibles rencores, asistió a los exiliados que iban huyendo del horror del franquismo, dándoles dinero, dándoles hogar, dándoles consuelo. Ese era León Felipe, la justicia con el verso: “¡Oh, y cómo veríamos el mundo, / la desnudez, la transparencia de la Verdad y la Belleza / si no estuviese ahí, / tumbado en el aire, / manchando la luz, / mordiendo mis ojos, / el humo, / el perro negro de la injusticia humana!”.

Guillermo Laín Corona es profesor de Literatura Española en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

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